En el número 36 de la calle Aragón de Palma, una de las vías más conocidas, transitadas y visibles de la capital balear, se esconde una escena desgarradora. Tras la puerta metálica de un garaje, entre coches y columnas de hormigón, duerme un hombre de más de 70 años que es propietario de dos viviendas y hoy vive en su propia plaza de parking.