Venezuela y algo más
Analizar desde una perspectiva geopolítica -y desde otros factores concurrentes- la captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos es una tarea extensa y compleja. Intentaré, desde mi punto de vista, determinar las circunstancias más relevantes que explican la intervención estadounidense en Venezuela. Para ello, es imprescindible partir de la realidad, no de lo que nos gustaría que fuera.
Ya señalé en una publicación anterior que la geopolítica mundial ha cambiado de manera profunda: hemos entrado en una dinámica de bloques perfectamente definidos y abiertamente antagonistas. En este nuevo escenario, la ingenuidad moral y el purismo jurídico han dejado de ser herramientas útiles para comprender la acción internacional de las grandes potencias.
La intervención estadounidense ha liberado a Venezuela de un dictador sanguinario y por ello es legítimo felicitarse. Reconocer este hecho no implica sostener que todo lo que hace Donald Trump sea correcto. En este caso concreto, es evidente que se ha producido una vulneración de la Carta de las Naciones Unidas y del Derecho Internacional. Ahora bien, conviene hacerse una pregunta incómoda pero necesaria:
¿Cuándo ha actuado la ONU con eficacia contra dictadores que violan de forma sistemática la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la propia Carta de la ONU?
El purismo legislativo se derrumba cuando observamos que un número significativo de Estados incumple de forma reiterada esos mismos principios sin consecuencia alguna. La realidad del poder internacional no se rige por la retórica normativa, sino por los intereses estratégicos.
Y aquí reside el núcleo de la intervención estadounidense. No se trata únicamente de eliminar a un dictador y narcoterrorista -que también-, ni exclusivamente del petróleo -que también-. Lo verdaderamente determinante es que Estados Unidos no podía permitir que en su patio trasero la incrustación de Rusia, China e Irán siguiera profundizándose. Esa presencia suponía tener al enemigo demasiado cerca, no solo en el plano económico, sino, sobre todo, en el ámbito de la seguridad nacional.
Esta decisión estadounidense no se circunscribe únicamente a Venezuela. Afecta -y afectará- a otros países con características similares: Cuba, Nicaragua y, con matices distintos, Colombia. En paralelo, Trump ha declarado una guerra frontal al narcotráfico, elevando esta actividad a la categoría de terrorismo dentro de su marco legislativo nacional. No es una cuestión menor: los cárteles de la droga son responsables de cientos de miles de muertes en suelo estadounidense y este argumento ha servido de soporte jurídico para actuaciones que, de otro modo, habrían sido políticamente más difíciles de justificar.
En este contexto, México ocupa un lugar central. Su papel en la introducción de drogas en Estados Unidos es determinante y el devenir de esta relación bilateral se presenta, hoy por hoy, cargado de incertidumbre.
Resulta igualmente revelador el papel de la Unión Europea, prácticamente inexistente. Europa, atrapada en su retórica normativa y en su irrelevancia estratégica, ha sido incapaz de influir de forma decisiva en Venezuela o en su entorno regional. Una vez más, la realidad demuestra que el poder internacional no se decide en comunicados ni en declaraciones solemnes, sino en la capacidad efectiva de actuar.
Ha causado sorpresa -por fijar un adjetivo- que Trump haya pactado con Delcy Rodríguez la continuidad del Gobierno venezolano durante una fase transitoria. La tutela estadounidense de un proceso que desemboque en una democracia real es extremadamente compleja. Gran parte de la oposición venezolana está en el exilio o encarcelada y, aunque no tengo dudas sobre el advenimiento de elecciones libres, la Administración estadounidense no ve otra alternativa viable para evitar el colapso institucional del Estado.
Además, será imprescindible una catarsis profunda en las Fuerzas Armadas chavistas, que deberán asumir el final del chavismo, su sometimiento al orden constitucional y democrático, y un giro de 180 grados en su alineación internacional, alejándose de Rusia, China e Irán.
Dicho todo esto, conviene no perder de vista una verdad elemental: en geopolítica, el devenir de los acontecimientos siempre es incierto, especialmente en un contexto internacional tan volátil como el actual. Habrá que esperar para comprobar si las intenciones de Estados Unidos se materializan en su justa medida o si, como tantas veces en la historia, los equilibrios de poder acaban imponiendo un resultado distinto al inicialmente previsto.
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