Religión Católica

Santo Tomás de Aquino sobre la fe: «Para quien tiene fe, ninguna explicación es necesaria. Para quien no la tiene, ninguna explicación es suficiente»

Son conocidas las frases y pensamientos de Santo Tomás de Aquino. Aquí hablamos de algunas reflexiones sobre la fe.

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Tomás de Aquino
Santo Tomás de Aquino.
Francisco María
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Hay frases que atraviesan los siglos con una precisión quirúrgica, desafiando las cómodas certezas desde las que solemos contemplar la realidad cotidiana. La célebre sentencia atribuida a Tomás de Aquino, esa que afirma con rotundidad que para quien posee fe las pruebas sobran, mientras que para el escéptico cualquier argumento resulta estéril encierra mucho más que un simple juego retórico de vocación medieval. Pone el dedo en la llaga de uno de los debates más complejos y persistentes de la condición humana: el límite exacto donde la razón pura agota sus recursos conceptuales y cede el testigo a otra forma de conocimiento mucho más íntima, arraigada en las capas profundas de la conciencia.

El análisis minucioso de cada concepto

Examinar los tratados del Doctor Angélico con detenimiento revela a un pensador obsesionado por desmenuzar cada concepto hasta encontrarle las costuras y los cimientos más ocultos. Lejos de la caricatura simplista del dogmático que rechaza el pensamiento crítico por miedo a la disidencia, este gigante escoltó su propia existencia convencido de que el intelecto humano es un instrumento demasiado valioso como para dejarlo aparcado a la entrada de los grandes interrogantes.Pensadores religiosos

Sostenía con firmeza que silenciar al adversario mediante la simple imposición de la autoridad no sirve absolutamente de nada si no se es capaz de desmontar sus dudas desde la raíz misma de la lógica. Esa honestidad intelectual convierte su legado en un territorio fascinante, completamente libre de los tópicos rancios que reducen aquella época a un mero paréntesis de oscurantismo cultural.

La dimensión existencial y religiosa de las vivencias de cada día

Sin embargo, el núcleo visceral de su planteamiento sobrepasa con creces la mera discusión dialéctica de aula universitaria. Cuando alguien experimenta en su fuero interno la certeza de lo trascendente, los silogismos formales y las demostraciones académicas pierden de repente su urgencia primera. No significa esto que el creyente repudie el raciocinio o la inteligencia; sencillamente habita una dimensión existencial donde la vivencia interna precede, desborda y fundamenta al concepto abstracto. La convicción de la fe funciona como una brújula que ya ha encontrado el norte magnético, volviendo innecesaria la fatiga constante de tener que justificar cada paso ante el tribunal severo de la duda metódica.

En la orilla diametralmente opuesta se sitúa la mirada estrictamente empirista o racionalista. Quien observa el entramado del mundo exigiendo pruebas de laboratorio, datos contrastables y fórmulas exactas para cada destello de sentido encontrará inevitablemente vacíos legítimos en cualquier discurso que hable de aquello que no se deja pesar, medir ni disecar en una probeta.

Desde esa perspectiva metodológica, la explicación nunca alcanza a cerrar el círculo porque parte de presupuestos epistemológicos radicalmente distintos. No nos hallamos ante un problema de inteligencia superior o inferior, sino ante herramientas conceptuales que sintonizan en frecuencias diferentes. Pretender resolver un dilema de calado estrictamente existencial mediante una simple ecuación lógica equivale a intentar atrapar el viento con las manos vacías.

Las vivencias, su análisis y el método empírico

Esta tensión permanente entre lo demostrable empíricamente y lo vivencialmente inaprehensible define gran parte de nuestra intemperie intelectual contemporánea. Con frecuencia exigimos a la ciencia oficial respuestas absolutas sobre el sentido último de la existencia, olvidando que su terreno legítimo es el de los mecanismos físicos, las causas secundarias y la utilidad técnica, no el de los propósitos esenciales ni el de la belleza del ser.santos 28 enero

Del mismo modo, pretendemos a veces disolver el misterio íntimo de la creencia mediante debates dialécticos encendidos y polémicas de trinchera, como si la convicción profunda se pudiera inocular artificialmente a base de gritos o de argumentos de autoridad. El pensador medieval supo ver con una claridad meridiana que cada ámbito de la experiencia reclama su propio lenguaje específico y su propia y honesta actitud de escucha.

Conclusión

Asumir con madurez los límites estructurales de nuestra propia comprensión no empobrece en absoluto la mirada, sino que la afina y la vuelve mucho más receptiva. Nos entrena para transitar por la intemperie de la duda sin caer en el nihilismo cínico y a sostener la convicción sin necesidad de resbalar por la pendiente peligrosa del fanatismo dogmático.

Al final de cuentas, la gran lección que sobrevive al paso de los siglos y al polvo de los tratados polvorientos es la aceptación humilde de que existen parcelas enteras de la experiencia humana donde el rigor analítico y la apertura al misterio no se excluyen mutuamente, sino que se necesitan de manera vital para mantener encendida la profundidad de nuestra mirada sobre las cosas.

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