Los expertos en psicología coinciden: las personas que guardan silencio durante las discusiones no lo hacen por cobardía, en realidad tienen más inteligencia emocional que el resto
Reservarse frente a una discusión se relaciona más con la inteligencia emocional que con el temor
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Seguro que muchas discusiones arrancan de forma ligera y de repente derivan en gritos y en algo acalorado que puede que nadie esperaba, especialmente cuando lo que se discute involucra a más de dos personas. Puede ser un comentario, o un grito y sin que nos de tiempo a darnos cuenta, todo el mundo comienza a elevar el tono y a decir cualquier cosa, aunque también habrá quien mantiene la calma, o eso parece y además permanece callado. ¿A qué se debe esta actitud? La psicología lo asocia con la cobardía, o el temor por si le dicen algo, sino a la inteligencia emocional.
De hecho, la psicología explica que mantener la compostura cuando lo que nos rodea es alboroto, discusión y sobre todo enfado, tiene que ver con el hecho de aplicar una estrategia que permita regular las emociones en ese momento. No es que a la persona no le afecte lo que está pasando, o lo que le dicen. Tampoco que no se haya enfadado. Sencillamente prefiere no decir nada para no aumentar la tensión y para poder controlar de alguna manera la situación que se ha creado.
Callarse durante una discusión no significa necesariamente cobardía
Responder inmediatamente es casi una tentación cuando estamos enfadados. Queremos explicar nuestra versión, desmontar lo que acaba de decir el otro y, muchas veces, tener la última palabra. El problema aparece cuando la conversación deja de centrarse en aquello que la inició. Llegan los reproches, se recuperan otras discusiones y una diferencia concreta termina convertida en una lista de todo lo que nos molesta de la otra persona.
La psicóloga Olga Albaladejo plantea otra posibilidad. Habla del silencio regulador, que aparece cuando alguien deja de intervenir durante un momento porque necesita recuperar la calma. No pretende ignorar el problema. Lo que busca es no continuar una conversación en unas condiciones en las que probablemente resulte difícil escuchar y todavía más difícil escoger bien las palabras.
Hay una diferencia evidente entre esto y desaparecer sin dar ninguna explicación. Quien necesita una pausa puede decirlo. Un simple «ahora mismo estoy demasiado enfadado, dame unos minutos y seguimos» permite que la otra persona sepa qué ocurre. La conversación queda pendiente, pero no abandonada. Ahí es donde puede entrar en juego la inteligencia emocional. Antes de controlar una reacción hay que darse cuenta de que se está produciendo. Reconocer que el enfado está ganando terreno y decidir no responder inmediatamente exige frenar un impulso que, en plena discusión, suele aparecer con bastante fuerza.
Hay silencios que esconden algo muy diferente
Ahora bien, sería un error pensar que todo aquel que se queda callado está gestionando perfectamente sus emociones. A veces ocurre exactamente lo contrario. Hay personas que no hablan porque una discusión les genera tanta incomodidad que prefieren aceptar cualquier cosa con tal de que termine cuanto antes.
El miedo al rechazo puede influir. También la dificultad para decir que no, defender una opinión o marcar límites. Quien ha aprendido a evitar los conflictos puede guardar silencio incluso cuando necesita decir algo importante. El enfado aparentemente desaparece, pero aquello que lo provocó sigue sin resolverse y puede volver más adelante.
Existe además el conocido silencio utilizado como castigo. En este caso no hablamos de cinco o diez minutos para tranquilizarse, sino de ignorar deliberadamente al otro, no responder a sus preguntas o mantener la distancia esperando que sea esa persona quien termine cediendo. El efecto es muy distinto. En vez de rebajar la tensión para hablar después, puede alimentar el resentimiento y deteriorar la relación. Por eso, fijarse únicamente en que alguien permanece callado aporta poca información. Importa el motivo, pero también lo que hace esa persona una vez que se ha calmado.
Esperar unos minutos puede cambiar por completo una conversación
Casi todos hemos terminado alguna discusión pensando que determinada frase sobraba. El problema es darse cuenta antes de pronunciarla. Cuando estamos muy enfadados no siempre intentamos explicar lo que sentimos; a veces sólo queremos responder a lo que interpretamos como un ataque. Hacer una pausa puede cambiar esa reacción ya que al bajar la intensidad, resulta más fácil distinguir el problema real de todos los reproches que han aparecido durante la pelea. También permite escuchar al otro sin estar pensando continuamente en qué contestar.
Pero el silencio tampoco resuelve por sí solo un desacuerdo. Evitar siempre las conversaciones incómodas puede acabar acumulando frustración, ya sea con la pareja, la familia, los amigos o incluso en el trabajo. Después de la pausa hay que volver al asunto, explicar qué ha molestado y escuchar también la otra versión. Por eso, callarse durante una discusión no tiene por qué ser una señal de cobardía. Si ese silencio sirve para bajar el enfado y retomar después la conversación con más calma, puede demostrar autocontrol y una buena gestión de las emociones. Otra cosa muy distinta es utilizarlo para evitar el problema o castigar al otro.
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