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Así es la antigua casa de Carmina Ordóñez en Marrakech: alfombras naranjas, muebles artesanales e inspiración árabe

Carmina Ordóñez encontró en Marrakech un refugio perfecto

Conocida como 'La divina', fue una de las grandes musas de la crónica social

Carmen Ordóñez y Julián Contreras disfrutaron mucho de Marrakech durante los años 90

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Carmen Ordóñez en 'Con otro aire'. (Foto: YouTube)

La vida de Carmina Ordóñez estuvo marcada por una personalidad arrolladora, una trayectoria familiar excepcional y una estrecha relación con algunos de los lugares que formaron parte de su historia. Entre ellos estuvo Marrakech, ciudad en la que encontró durante una etapa de su vida un refugio muy particular.

Carmina nació el 2 de mayo de 1955, fruto de la unión de dos de las sagas más importantes de la historia del toreo español. Su padre, Antonio Ordóñez, pertenecía a la célebre dinastía de los Ordóñez, mientras que su madre, Carmen Dominguín, estaba vinculada a los Dominguín.

Una casa con el sello de Marrakech

Las fotografías publicadas en aquella época permiten conocer cómo era la casa que Carmina disfrutó en Marrakech. Lejos de los interiores minimalistas que dominan buena parte de las tendencias actuales,  apostaba por una decoración abundante, colorista y profundamente vinculada a la tradición local.

Esta vivienda constituye también un retrato de una determinada época. Frente a la uniformidad que muchas veces caracteriza los interiores contemporáneos, aquella casa tenía una personalidad muy marcada y reunía elementos de procedencias diferentes. Cada estancia parecía construida alrededor de los materiales, los colores y las formas características de Marrakech.

El salón, protagonista de la casa

El salón es probablemente la estancia que mejor permite apreciar aquella filosofía decorativa. Los sofás tapizados en tonos claros ocupaban buena parte del espacio y creaban una base neutra sobre la que destacaban las alfombras en tonos naranjas y rojizos que cubrían el suelo.

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Carmen Ordóñez en televisión. (Foto: EP)

Los textiles tenían también un peso importante. Los cojines aportaban diferentes colores y estampados, mientras que las mesas bajas incorporaban estructuras y detalles dorados que contribuían a reforzar el carácter ornamental de la estancia.

En una de las paredes destacaba un gran tapiz protagonizado por la figura de un elefante, acompañado por cuadros y otros elementos decorativos. Sobre las mesas se distribuían jarrones, flores y pequeños objetos, siguiendo una composición en la que prácticamente cada rincón tenía algún detalle.

Las ventanas permitían la entrada de luz natural, aunque esta quedaba matizada por cortinas blancas que suavizaban el ambiente. El resultado era una estancia luminosa, pero al mismo tiempo cálida y cargada de referencias a la cultura marroquí.

Entre los elementos que más llamaban la atención también se encontraba un retrato del rey Hassan II, una presencia especialmente significativa dentro de aquella decoración.

Otra de las imágenes conservadas de la vivienda permite observar el salón desde una perspectiva diferente. Los sofás aparecen enfrentados alrededor de una mesa de centro acristalada, mientras que las lámparas, los jarrones y las piezas decorativas completan una estancia donde predominan los colores cálidos y los materiales naturales.

Muebles con mucha personalidad

El carácter artesanal de la vivienda no era casual. Según se explicó en aquella época, buena parte del mobiliario había sido diseñado por Julián Contreras y realizado en colaboración con artesanos locales.

La madera, las telas y las pinturas se escogieron teniendo en cuenta las características del inmueble y la intención de crear un espacio que se integrara en el entorno. La decoración incorporaba así elementos hechos expresamente para la casa junto a otros objetos adquiridos en establecimientos y talleres de Marrakech.

Esa combinación explica buena parte de la personalidad de los interiores. No se trataba simplemente de reproducir una decoración árabe, sino de mezclarla con muebles y soluciones más occidentales para conseguir un hogar cómodo y habitable.

Un recibidor lleno de color

El recibidor era otra de las zonas más llamativas. En el centro aparecía una cómoda de madera decorada con motivos florales y geométricos, pintados en diferentes colores. Sobre ella se colocaban varios objetos y pequeños faroles que reforzaban la estética artesanal.

Por encima, un gran espejo de marco trabajado ocupaba buena parte de la pared. A ambos lados aparecían plantas y arreglos florales, mientras que una alfombra rojiza cubría el suelo.

La madera volvía a convertirse en uno de los materiales protagonistas. Frente a ella, las paredes blancas proporcionaban un fondo más neutro que permitía que los muebles y complementos adquirieran todo el protagonismo.

Un refugio alejado de la ostentación

La estética de la casa se extendía también al exterior. El color, los textiles y los elementos artesanales estaban presentes más allá de las habitaciones principales, en una continuidad decorativa que convertía la vivienda en un espacio muy reconocible.

La familia incorporaba objetos encontrados en tiendas y talleres de Marrakech, siguiendo un criterio que, según se explicó entonces, no pretendía convertir la casa en una exhibición de lujo. Al contrario, la intención era crear un lugar con personalidad y vinculado a la ciudad.

Aquellas imágenes permiten recuperar hoy una pequeña parte de la vida de Carmina Ordóñez en Marrakech. Más allá de los muebles, las alfombras o los objetos decorativos, la vivienda refleja una manera de entender el hogar en la que viajar, conocer otras culturas y rodearse de piezas con historia formaban parte de la propia identidad de sus habitantes.