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La frase de Fulton Sheen sobre el sufrimiento que miles comparten en sus momentos más difíciles: «La cruz es la única escalera lo suficientemente alta como para tocar el cielo»

A lo largo de las diferentes reflexiones en la historia se ha escrito mucho sobre el sufrimiento. Aquí te dejamos una frase de Fulton Sheen.

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Sufrimiento
Frase sobre el sufrimiento.
Francisco María
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Hay momentos en los que el dolor físico o el quiebre anímico despojan a la existencia de cualquier atisbo de artificio. En medio de esa intemperie, cuando los discursos optimistas de sobremesa o los consejos bienintencionados se estrellan contra la cruda realidad del sufrimiento, las palabras del arzobispo Fulton Sheen adquieren una densidad inusual. Decía el prelado norteamericano que la cruz es la única escalera lo suficientemente alta como para tocar el cielo. Una sentencia contundente, incómoda a primera vista, que aleja por completo la piadosa sensiblería con la que a menudo se intenta maquillar el calvario humano.

Sufrimiento y transformación

Aceptar el sufrimiento como un elemento con capacidad de transformación choca frontalmente contra las coordenadas de la cultura contemporánea. Vivimos hiperconectados a la comodidad, obsesionados con anestesiar cualquier atisbo de malestar, ya sea mediante fármacos, distracciones digitales o la promesa perpetua del bienestar emocional.

Por eso, escuchar que el dolor posee una dimensión vertical, que conecta al individuo con lo trascendente de una forma que la alegría jamás alcanza, suena casi a provocación. Sheen no romantizaba la tragedia ni celebraba el suplicio por puro masoquismo espiritual; entendía la cruz como el único punto de contacto real entre la finura de la carne y la eternidad divina.Juan Manuel Ceballos, neurólogo, sobre la migraña: “Cuidado con ciertos alimentos como los quesos curados o el chocolate”

La metáfora de una escalera que se mueve

La metáfora de la escalera implica movimiento, esfuerzo y una dirección vertical. No se trata de un adorno pasivo que se cuelga en el pecho ni de un recordatorio lúgubre de la muerte. Es un madero áspero sobre el que hay que sostenerse cuando el suelo cede bajo los pies.

Quien ha atravesado una enfermedad larga, la pérdida irreparable de un ser querido o la traición profunda sabe perfectamente que la felicidad llana y desatada no enseña gran cosa. La dicha entretiene, ensancha los pulmones y relaja el pulso, pero rara vez obliga a mirar hacia arriba. Es el abismo, con su silencio espeso y su frío de invierno, el que desata el temblor necesario para buscar una respuesta más allá de las paredes de la propia habitación.

Buenas reflexiones sobre el dolor, aplicables al día a día de cualquier persona

Fulton Sheen poseía una habilidad dialéctica formidable, pulida en los platós de la televisión estadounidense de mediados del siglo XX, pero sus reflexiones sobre el dolor no nacían del cálculo publicitario. Comprendía la psicología del quebranto porque el cristianismo, en su núcleo más íntimo, es una religión que se niega a eludir la llaga.

Un Dios que muere clavado en un madero rompe los esquemas de cualquier teología de la autoayuda. Al colocar la cruz en el centro de la experiencia humana, la tradición cristiana subvierte el sentido del fracaso. Lo que el mundo juzga como un desastre definitivo, una derrota vergonzante en una colina a las afueras de Jerusalén, se convierte, bajo la mirada de la fe, en el umbral de la redención.

El dolor corta la marcha

Esa altura de la que hablaba Sheen no se mide en metros, sino en densidad de alma. Cuando la vida marcha según lo previsto, el ser humano tiende a la horizontalidad; expande sus dominios, acumula proyectos, persigue metas tangibles y confunde el bienestar material con la plenitud. El dolor corta esa carrera en seco. Obliga a detener la marcha, a doblar las rodillas de grado o por la fuerza, y a mirar la realidad desde el suelo.

Es en esa postura de total indefensión donde el cielo deja de ser una abstracción teológica para convertirse en la única referencia válida. La escalera del sufrimiento resulta áspera, astilla las manos y fatiga los músculos, pero su recorrido vertical no deja espacio para las distracciones superficiales.Un hombre aplicando hielo en una zona de dolor. Foto: Freepik

La soledad enseña muchas cosas

Miles de personas que atraviesan circunstancias límite redescubren esta verdad sin necesidad de grandes tratados filosóficos. Lo comprueban en la soledad de una sala de hospital, en la madrugada en vela o en la aceptación silenciosa de una cruz cotidiana que nadie más ve. No buscan el aplauso ni pretenden dar lecciones de resistencia; simplemente caminan sobre los peldaños que les han tocado en suerte, comprobando que el peso del madero, por extraño que parezca, estabiliza el paso.

A modo de conclusión

Al final, la frase de Sheen trasciende el ámbito estrictamente devoto para instalarse en una antropología profunda del dolor. Nos recuerda que el sufrimiento, por más que duela y desgarre, no carece de sentido si se sabe transitar.

No hay atajos para tocar el cielo, ni rampas diseñadas para evitar el desnivel de la existencia. Solo queda la madera vertical, la misma que soportó el peso de la historia y que continúa ofreciendo, a quienes se atreven a subir por ella, la insólita certeza de que incluso en la caída más honda late una promesa de altura.

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