El Salmo 23 y el versículo sobre el miedo para recitar antes de dormir: «Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo porque tú vas conmigo»
Es buena costumbre para las personas creyentes rezar antes de dormir. Es conocido el salmo 23 y el versículo sobre el miedo.
¿Cómo aprender a rezar u orar?
Oración de noche cómo rezar antes de dormir
La oración de las mañanas

La casa entera se apaga poco a poco. Queda el zumbido lejano de una tubería, la luz naranja de la calle colándose a través de la persiana mal cerrada y ese silencio espeso de la medianoche donde los pensamientos, libres de la tiranía del trabajo y las urgencias diurnas, deciden montar su propia fiesta de sobresaltos. Es el momento exacto en el que el insomnio se disfraza de contabilidad mental y repasa facturas pendientes, conversaciones torcidas y futuros improbables. Para millones de personas a lo largo de los siglos, el ritual de la oración nocturna no ha respondido a una obligación litúrgica rígida, sino a un mecanismo íntimo de desarme. Se trata de soltar las armas acumuladas durante la jornada y entregar el control a algo más vasto.
La importancia del Salmo 23
Dentro de esa geografía nocturna de la plegaria, el Salmo 23 ocupa un lugar singular. No posee la grandilocuencia bélica de otros pasajes testamentarios ni la densidad teológica de las cartas paulinas; es, más bien, una pieza de pastoreo que huele a hierba seca, a piedra caliza y a agua corriente.
Cuando alguien recita aquello de que el Señor es su pastor y nada le falta, no está invocando una metáfora bucólica para niños, sino aceptando una dependencia radical. Transportada al dormitorio, la imagen del pastor que conduce a los animales hacia remansos de paz adquiere una densidad muy concreta para quien lleva doce horas bregando con un entorno hostil, competitivo y saturado de ruido.
Hacia el interior de las sombras humanas
El texto bíblico avanza con naturalidad hacia una de las zonas más delicadas de la psique humana cuando menciona el paso por cañadas oscuras. La traducción tradicional suele hablar de la «sombra de muerte», pero el término hebreo original apunta más bien a la oscuridad profunda, a esos desfiladeros cerrados donde el sol no penetra y el miedo deja de ser una hipótesis para convertirse en un sudor frío.
En plena noche, cualquier habitación puede transformarse en esa cañada. Las preocupaciones económicas, la enfermedad de un familiar o la simple fatiga crónica actúan como murallas que ciegan el horizonte. Recordar el versículo que asegura «no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo» funciona dentro de la estructura de la oración como un punto de apoyo sísmico.
El enemigo está cerca
Ese no temer no nace de una valentía heroica ni de un optimismo ingenuo que niegue los datos de la realidad. El propio salmista reconoce el peligro, nombra la oscuridad y admite la presencia de adversarios acechando muy cerca, justo antes de invocar la mesa servida en medio de la hostilidad.
La oración antes de dormir no borra los problemas del día siguiente; los recoloca. Convierte la cama en un territorio protegido donde la vulnerabilidad deja de ser una amenaza para transformarse en descanso. Quien reza de este modo acepta que sus propias fuerzas se han agotado y cede el testigo a una presencia invisible pero experimentada como real.
Resulta interesante observar cómo este hábito nocturno ha sobrevivido a los cambios tecnológicos y a la secularización de las costumbres. Las pantallas de los teléfonos móviles iluminan hoy los rostros de quienes buscan el sueño, sustituyendo a los antiguos devocionarios de pasta dura, pero la urgencia antropológica sigue intacta.
Emociones antes de dormir
El ser humano contemporáneo, hiperconectado y a la vez profundamente aislado, sigue necesitando articular palabras antes de cerrar los ojos para convencer a su propio miedo de que la noche no lo ha devorado todo.
En esa penumbra silenciosa, la figura de la vara y el cayado adquieren un sentido táctil. No son instrumentos de castigo, sino herramientas de guía y defensa utilizadas por los pastores nómadas para apartar los matorrales peligrosos o guiar al animal descarriado de vuelta al rebaño.
Al repetir estas palabras en voz baja, casi en un susurro que roza la almohada, el creyente efectúa un gesto de despojamiento. Se quita la coraza de la suficiencia, reconoce su fragilidad ante el insomnio y confía el timón de su propia conciencia a un relato milenario que ha sabido acompañar las horas más vulnerables de la especie humana.
Compañía en el camino
La oración nocturna no promete una vida sin sobresaltos ni una almohada exenta de espinas. Lo que ofrece es la compañía en el trayecto, la vara y el cayado que infunden aliento cuando el pulso se acelera en la oscuridad. Esa mezcla de crudeza y consuelo es precisamente lo que dota de vigencia a estas palabras tras siglos de lectura continuada.
Al final, cerrar los ojos con una oración en los labios es un ejercicio de sencillez radical. Es reconocer la propia fragilidad sin caer en el desamparo. Quien repite el versículo nocturno no lo hace desde una fortaleza inexpugnable, sino desde la conciencia de que la jornada ha terminado y que las fuerzas humanas se han agotado.
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- Religión católica