La frase del Evangelio de Juan sobre la libertad que dos mil años después sigue siendo la más poderosa: «Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres»
Sobre el concepto de libertad han hablado todo tipo de personajes, también los personajes religiosos. Es el caso de San Juan y su evangelio.
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Hay frases impresas en la memoria colectiva que repetimos casi por inercia, vaciándolas poco a poco de filo y aspereza. La promesa recogida en el octavo capítulo del Evangelio de Juan, «conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» sufre a menudo ese desgaste. Queda reducida a un eslogan esculpido en piedra, a una cita socorrida para conferencias sobre ética o a un lema universitario grabado en escudos de antiguas facultades.
Sin embargo, al rascar la superficie de esa sentencia, emerge un desafío radical que incomoda tanto al creyente como al escéptico.
El peso incómodo del autoconocimiento
Pensar en la libertad suele activar reflejos modernos vinculados a la ausencia de ataduras, al poder de elegir un itinerario vital sin interferencias externas o a la simple transgresión de normas establecidas. El texto joánico subvierte esa comodidad desde el primer segundo. Sitúa el origen de la emancipación no en el deseo, sino en un proceso cognitivo y existencial muy preciso: el contacto frontal con la verdad.
Ese choque no resulta precisamente agradable. Aceptar una realidad incómoda sobre uno mismo, sobre las estructuras de poder que habitamos o sobre los mecanismos de autoengaño que alimentamos cada mañana exige una dosis de valentía poco común. Preferimos la comodidad de los relatos protectores que justifican nuestros errores antes que la intemperie de un diagnóstico honesto.
El sabio antiguo ya intuía que el esclavo más tenaz es aquel que adorna sus propias cadenas con flores imaginarias. Despojar a la mente de esas ficciones duele, y de ahí que la liberación propuesta por el texto sagrado no se regale como un derecho adquirido, sino que se alcance como un fruto amargo pero nutritivo.
El contexto del laberinto
Para entender el calibre de estas palabras conviene recordar el lodazal dialéctico donde se pronunciaron. Jesús discute en el templo con un grupo de interlocutores que se escudan inmediatamente en su linaje identitario: «Somos descendientes de Abraham y jamás hemos sido esclavos de nadie». La frase denota una ceguera histórica notable, por aquel entonces las legiones romanas patrullaban Jerusalén y el yugo imperial pesaba sobre cada adoquín, pero apunta sobre todo a una servidumbre de orden íntimo.
Los oyentes confundían la libertad política con la autonomía espiritual. Argüían que bastaba con no tener las manos atadas a la espalda para ser dueños de los propios actos. La réplica evangélica dinamita esa coartada al sugerir que todo aquel que comete pecado queda atrapado en una maquinaria invisible de automatismos y dependencias.
Ese mecanismo opera todavía hoy con idéntica precisión. Las adicciones cotidianas, los automatismos del consumo, el miedo crónico a la opinión ajena o la sumisión silenciosa a las modas digitales constituyen formas contemporáneas de servidumbre voluntaria. Nadie pone grilletes físicos en las muñecas, pero la capacidad de elegir con criterio propio se debilita bajo el peso de los hábitos inconscientes.
Despertar del letargo
Conocer la verdad, en este registro concreto, se aleja de la fría adquisición de datos académicos o de la acumulación de certezas científicas. El término griego original (aletheia) evoca más bien un desvelamiento, un correr el telón para ver qué hay detrás del decorado.
Ese desvelamiento transforma al individuo porque extirpa las coartadas. Quien descubre la verdad sobre una situación personal conflictiva pierde el derecho a seguir fingiendo ignorancia. Y ahí reside el auténtico vértigo: la libertad no es un refugio cálido, sino una responsabilidad intransferible. Una vez que sabes cómo funcionan tus miedos o tus inercias destructivas, ya no puedes culpar ciegamente a la fortuna o a los demás de tus fracasos.
La vigencia de un axioma milenario
Han pasado dos milenios desde que esas líneas se fijaron por escrito, y el paisaje humano ha mutado de forma irreconocible. Cambiaron los imperios, los mapas políticos, las tecnologías de comunicación y las formas de entender el cosmos.
A pesar de esa vertiginosa aceleración histórica, el diagnóstico sigue intacto. Vivimos rodeados de flujos masivos de información, pero paradójicamente nos cuesta horrores distinguir el grano de la paja, atrapados en burbujas de certidumbres cómodas que evitan el contacto con los hechos ásperos.
La advertencia original mantiene intacta su vigencia afilada. No hay emancipación real sin lucidez, ni autogobierno personal sin la incomodidad de asumir la propia realidad sin filtros ni paliativos. Al final, la promesa de aquel texto antiguo no habla de dogmas abstractos, sino de la liberación profunda que solo experimenta quien se atreve a mirar de frente al espejo sin apartar la vista.
Conclusión
Dos mil años después, la sentencia joánica trasciende su origen religioso para recordarnos que la verdadera emancipación nace de la lucidez y el coraje. Lejos de ser una mera abstracción filosófica, la libertad exige la valentía diaria de despojarnos de autoengaños, desafiar nuestras inercias y asumir la responsabilidad inquebrantable de afrontar la realidad sin filtros.
Temas:
- Religión católica