San Francisco de Asís y la frase sobre lo imposible que sigue siendo la más citada de su vida: «Empieza haciendo lo necesario, después lo posible y acabarás haciendo lo imposible»
Entre los grandes nombres de la Iglesia Católica se encuentra San Francisco de Asís. Aquí vemos pensamientos suyos sobre la vida.
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Hay frases que flotan en el ambiente colectivo con una persistencia asombrosa. Las ves impresas en tazas de oficina, colgadas en corchos de despachos o adornando las primeras páginas de libretas en cualquier rincón del planeta. Entre todas ellas, una máxima destaca con luz propia por su capacidad de atravesar los siglos sin perder ni un ápice de pegada: «Empieza haciendo lo necesario, después lo posible y acabarás haciendo lo imposible». La cultura popular, los manuales de liderazgo y un sinfín de recopilaciones motivacionales se la atribuyen de manera casi automática a Francisco de Asís, aquel joven rico de la Umbría medieval que un día decidió despojarse de sus lujosas ropas en plena plaza pública para abrazar los caminos polvorientos de la sencillez radical.
Lo que descubrimos en los archivos y en los manuscritos
Indagar en los archivos originales y en las biografías primitivas escritas por compañeros contemporáneos como Tomás de Celano desata a veces debates ásperos entre historiadores y hagiógrafos rigurosos. Quienes investigan los manuscritos antiguos descubren con frecuencia que los textos más tempranos no recogen la cita con esa perfección gramatical de eslogan publicitario que hoy manejamos con tanta soltura en internet.
Aun así, la atmósfera moral que destila encaja como un guante con la biografía real de un hombre que empezó remangándose los hábitos para acarrear piedras y reparar con argamasa barata una ermita medio derruida, la humilde capilla de San Damián, sin sospechar en absoluto que su locura mística acabaría dinamitando los cimientos de la rígida jerarquía eclesiástica de su época.
La teología y el realismo psicológico de San Francisco
El verdadero imán de esta sentencia milenaria reside en su descarnado realismo psicológico, muy alejado de la grandilocuencia estéril. Vivimos permanentemente atascados entre metas descomunales que nos petrifican de miedo antes siquiera de ponernos los zapatos por la mañana.
Los discursos de productividad contemporáneos suelen obsesionarse con la planificación milimétrica, los cuadros de mandos y los golpes de efecto inmediatos, olvidando por completo que las mudanzas vitales profundas nacen siempre de limpiar el polvo del suelo que pisamos. El fraile de Asís, fiel a una intuición vital irreductible, proponía una escalera de peldaños muy sensata y terrenal. Primero hay que apagar los fuegos de lo urgente, resolver aquello que sangra en el metro cuadrado que nos ha tocado gestionar y que no tolera la más mínima demora.
Entramos poco a poco en lo que se considera posible
Superado el bache de lo estrictamente necesario, el campo de visión se ensancha de forma natural hacia el terreno de lo posible. Aquí es donde toca medir las fuerzas con honestidad brutal, evaluando de qué herramientas rudimentarias disponemos hoy, cuántas energías reales nos quedan en las piernas y qué podemos abarcar sin inventar castillos en el aire.
No sirve absolutamente de nada diseñar estrategias faraónicas si luego nos falta el pan de cada día o si flaquean los ánimos a la primera curva complicada. Se trata de exprimir el presente con rigor, doblando la espalda ante la tarea rutinaria, aceptando las propias limitaciones físicas y emocionales sin caer en el lamento constante, sabiendo que cada paso cuenta aunque parezca invisible ante los ojos ajenos.
Llega el salto final hacia lo imposible
Lo verdaderamente hermoso del proceso descrito por la frase es el salto final hacia lo imposible. Esa mutación no ocurre nunca por arte de magia tras firmar un plan estratégico en un despacho elegante con aire acondicionado, sino como una consecuencia imprevista, casi silenciosa, de la constancia terca.
Cuando uno encaja una pequeña pieza tras otra durante meses, o incluso durante años de trabajo gris y monótono, los límites de lo que considerábamos factible se desplazan solos sin pedir permiso a nadie. Lo que ayer parecía una muralla infranqueable se convierte de repente en un trámite superado con naturalidad, confirmando con creces que las grandes gestas de la historia humana rara vez nacen de planes geniales, sino de empezar barriendo el suelo sin mirar demasiado lejos y confiando en el valor del esfuerzo diario.
Conclusión
Atribuida habitualmente a San Francisco de Asís, la célebre frase «Empieza haciendo lo necesario, después lo posible y acabarás haciendo lo imposible» encierra una profunda lección de realismo y constancia. Aunque los hagiógrafos debaten su origen documental exacto, su espíritu refleja fielmente la trayectoria del santo: alguien que comenzó reparando una modesta ermita con sus propias manos antes de transformar los cimientos de su época.
Lejos de la grandilocuencia o de la planificación estéril, la máxima propone una escala de peldaños muy sensata para combatir la parálisis ante las grandes metas. Primero se atienden las urgencias cotidianas; después, con los recursos disponibles, se aborda lo posible mediante el esfuerzo diario. La transformación hacia lo imposible surge de forma natural como consecuencia de esa constancia terca, demostrando que los grandes logros nacen siempre de la suma silenciosa de pequeños gestos cotidianos y humildes.
Temas:
- Religión católica