Rivera no puede ni debe traicionar su palabra

Rivera no puede ni debe traicionar su palabra
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La exitosa irrupción de Ciudadanos en la vida política española puede resumirse con una palabra: regeneración. Albert Rivera supo captar la necesidad de abordar un cambio a mejor, que respetase el orden constitucional, en tres frentes distintos: en el plano ético, ante los continuos casos de corrupción, el partido naranja propuso una actitud de ejemplar firmeza, de tolerancia cero; en el plano económico, para evitar la repetición de una crisis tan intensa como la última vivida, Ciudadanos bosquejó más y mejores reformas estructurales; y en el plano nacional, frente a los virulentos ataques independentistas, Rivera realizó una defensa moderna y desacomplejada de la unidad de España.

Lo acertado de estos planteamientos no debe hacernos olvidar el gran fallo de Ciudadanos: el ‘Pacto del Abrazo’ que firmó Rivera para apoyar a Sánchez en febrero de 2016. Tras afirmar por activa y por pasiva que nunca lo haría, bastó un poco de presión mediático–financiera y la cercana posibilidad de alcanzar al poder para efectuar aquel insólito viraje. Este escenario, ahora, podría repetirse tras los próximos comicios generales del 28 de abril. Si los números sumasen para un Gobierno de PSOE y Ciudadanos –varias encuestas así lo señalan–, Rivera tendría muy sencillo repetir su argumento de 2016: en aras de la gobernabilidad, en aras de no ir a otras elecciones, en aras del bien de España…

Hay varios movimientos recientes de Ciudadanos que, pese a sus actuales negativas a Sánchez, apuntan hacia esta dirección. Dos de estos movimientos los acabamos de ver: el primero ha sido el fichaje de Soraya Rodríguez –un claro guiño a la sensibilidad socialista–; y el segundo, que Rivera sólo haya rechazado uno de los 6 decretos de Sánchez en la Diputación Permanente del Congreso. Pero no estamos en 2016. En 2019 sabemos mucho, demasiado, sobre quién es el presidente Pedro Sánchez. Su pacto con los independentistas, su deficiente formación académica, su falta de escrúpulos éticos –el caso de su falsa tesis doctoral hubiese supuesto la dimisión inmediata en cualquier país allende los Pirineos–, su desmedida ambición de poder y su gusto por la demagogia; todos estos factores llevan a una conclusión: perpetuar al señor Sánchez en el poder sería una enorme decepción, especialmente para todos los que continúan viendo en Rivera una esperanza de regeneración.

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