No es planeta para ‘gentlemen’: Venezuela y Groenlandia

No es planeta para ‘gentlemen’: Venezuela y Groenlandia
  • Teresa Giménez Barbat
  • Escritora y política. Miembro fundador de Ciutadans de Catalunya, asociación cívica que dio origen al partido político Ciudadanos. Ex eurodiputada por UPyD. Escribo sobre política nacional e internacional.

La captura de Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026 por las fuerzas estadounidenses ha debilitado el eje estratégico de Rusia, China e Irán, regímenes dictatoriales que habían penetrado profundamente en el hemisferio occidental. Análisis como el de Emanuele Ottolenghi  en Quillette (Iran’s Forward-Operating Base in the West, del 6 de enero de 2026) y el de J.M. Fábregas en su newsletter destacan cómo Venezuela se convirtió en un tinglado que perjudicaba nuestras democracias, no sólo en la cuestión del petróleo, sino en otras mucho más preocupantes. Ottolenghi , por ejemplo, detalla la alianza de casi 27 años entre el chavismo e Irán, lo que permitió a Hezbolá operar con intolerable libertad: evasión de sanciones, planificación de atentados contra EE.UU. e Israel, negocios ilícitos, narcotráfico o blanqueo. Más de 10.000 pasaportes venezolanos se otorgaron a personas de oriente medio, facilitando los movimientos de los agentes iraníes. Los casos que cita incluyen planes para asesinar a diplomáticos israelíes elaborados por la clerecía iraní.

Insiste en esta línea J.M. Fábregas, que sugiere que la intervención de Trump no sigue el esquema de «guerras por petróleo», sino que tiene que ver con un cálculo de seguridad. Venezuela, bajo Chávez y Maduro, destruyó su industria petrolera: de 3,5 millones de barriles diarios en 1998 -con PDVSA como una de las más eficientes del mundo-  a menos de 400.000 en 2020, tras purgar a 18.000 técnicos, imponer el control político y elevar participación estatal al 60%. Hoy, con 800.000-900.000 barriles, el crudo se vende rebajado por la deuda a China, Rusia e Irán, ofreciéndoles una gran ventaja. Pero aún es más peligrosa la presencia coordinada: China controla el Arco Minero del Orinoco (tierras raras esenciales para tecnología), Irán fabrica drones de alcance regional y Rusia aporta defensa e inteligencia. Cuando China restringió las exportaciones de minerales críticos, consolidando su control de los yacimientos venezolanos, estando este país a solo 2.000 km de Florida, Washington consideró que se cruzaba una línea roja. Cierto que Trump con este estilo tan personal que le caracteriza declaró brutalmente: «Nos quedaremos con el petróleo», cosa que Bush no hizo en Irak. Fábregas desmiente también ese mito de Irak: tras el 2003, los campos petrolíferos siguieron siendo estatales y las licitaciones beneficiaron principalmente a China (más del 40% actual) y a Rusia, no a EE.UU., que gastó billones sin obtener concesiones. Para Fábregas estos exabruptos de Trump son mensajes puramente políticos: el objetivo real es desmantelar esta alianza hostil y asegurar materias primas estratégicas para el poder militar y tecnológico estadounidense. Y es reconstruir la infraestructura petrolífera venezolana con inversión estadounidense reteniendo esta vez los beneficios para compensar los costes.

La pujanza de China y Rusia -con Irán como delegada (proxy)-  amenaza nuestras sociedades occidentales abiertas. Han tomado posiciones en Sudamérica y merodean por un Ártico que no puede dejarse desamparado. Trump actuó toscamente, sin mucha consulta a Europa, y sobresaltando a los aliados. Sin embargo, en un planeta donde el derecho internacional parece que se erosiona, no olvidemos que la democracia americana ha ofrecido hasta ahora un método de relevo pacífico a diferencia de los sistemas autoritarios cerrados del otro bloque. Y, en este mundo que ha perdido las formas, nos sigue saliendo más a cuenta aliarnos con EE.UU., país imperfecto pero democrático.

La operación americana no sigue las reglas (que, por cierto, regían sólo para unos), pero interrumpe muchas dinámicas tóxicas. Para millones de venezolanos, ahora existe una esperanza; para el eje autoritario, un revés. Europa debe fortalecerse pero, mientras tanto, la alianza atlántica sigue siendo un antídoto esencial para defendernos de las potencias realmente enemigas.

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