Y qué si sube la luz, ¡yo estoy bien!
El precio de los carburantes está subiendo con más velocidad de lo que tardas en pronunciar lo que cuesta el litro, y parar en una gasolinera es como entrar en una flagship store de las marcas de lujo en la calle Serrano. Hay que asumir, además, que el impacto va a ser peor para los españoles porque coincidirá con importantes subidas en los recibos de la luz de los próximos meses.
La guerra en Irán deja al descubierto la vulnerabilidad de la matriz de generación eléctrica y la creciente dependencia del gas como la fuente energética que, a través de las centrales de ciclo combinado y de cogeneración, se utiliza para estabilizar dicha matriz y dar seguridad al suministro. Y resulta que esa es la fuente (gas fósil) que tenemos la necesidad de importar y transportar desde los países o regiones más expuestos a riesgos geopolíticos. Entre otras cosas porque, gracias al histérico antitrumpismo de Pedro Sánchez, para España se ha disparado (muchísimo más que para cualquier otra nación de Occidente) el riesgo-país de los EEUU.
Debido a la guerra en Ucrania y al inexplicado alineamiento promarroquí en el conflicto saharaui, se habían reducido las importaciones de gas desde Rusia y Argelia; en sustitución se incrementó la adquisición de gas natural licuado (GNL) de los EEUU, lo que suponía no sólo una normalización del suministro y una conveniente estabilización, sino también un importante negocio para las plantas de regasificación españolas que suministran a toda Europa.
Hay otra muy desafortunada decisión política que contribuye a la desestabilización y el encarecimiento de la matriz eléctrica, que fue el acelerado plan de cierre de las centrales nucleares y la renuncia a esa fuente de energía en el medio plazo. Maldita la gana que tenemos, pero en estos momentos es inevitable acordarnos, otra vez por lo malo, de Teresa Ribera y de su ideologizada gestión en el Ministerio de Transición Ecológica. No se puede entender que quien ahora impulsa desde la Comisión Europea los pequeños reactores para asegurar la eficiencia y la autonomía energética, y el desarrollo de la nueva tecnología nuclear, fuera la ministra que se opuso a la prórroga de la vida útil de nuestras centrales y a la precipitada reducción del peso de esa energía.
Además, y aunque no viene a cuento, en estos últimos días hemos tenido otros dos desagradables motivos para acordarnos de la infausta comisaria. En el caso Forestalia ya hay varios detenidos, tanto en la empresa como en el Ministerio, y resulta insólito que no se hable más de la responsabilidad política de la otrora superpoderosa vicepresidenta que, cuando menos, no se enteró de las flagrantes irregularidades. También se está yendo de rositas por su gestión (o, mejor dicho, por su falta de gestión) en la DANA de Valencia. Ya no es únicamente que la no ejecución de las obras proyectadas y la falta de mantenimiento de los cauces (consecuencia, ambos, de su dogmatismo ecológico) sirvieran de multiplicador de los efectos de la riada, sino que, a pesar de la juez de Catarroja, se ha verificado que la Confederación Hidrográfica no manifestó, ni en el CECOPI ni en ningún sitio, su preocupación por el barranco del Poyo hasta después de que éste alcanzara su mortífero nivel de desbordamiento.
Pero la vuelta a la rabiosa actualidad nos permite prever que los considerables perjuicios que tendrá la guerra para los bolsillos de los españoles se habrán agravado, tanto por la errónea política energética que impulsó Ribera durante sus casi siete años como ministra, como por la interesada instrumentación que, como nos tiene acostumbrados, hace el presidente Sánchez. Su burdo exhibicionismo pacifista empieza a producir efectos eméticos, y, aunque haga salir en tromba al progresismo con la pancarta del «No a la Guerra», las melenas de los 70 ya están ralas y se las ve el cartón. Fue el Dalai Lama quien dijo que «el mantenimiento de la paz comienza con la autosatisfacción de cada uno», y así lo ha entendido Sánchez con su gestión onanista del conflicto.
Pero casi nada en la política es inocuo, y menos cuando, desviando el uso del poder en beneficio propio, se están perjudicando los intereses económicos, el bienestar y la seguridad de los ciudadanos. Las consecuencias de la paralización operativa, del amiguismo y la intervención política de la administración, de la falta de presupuestos y, en definitiva, de la degradación que trae el mantenimiento del sanchismo, ya las sufrimos con los acrecentados efectos de la DANA, con el apagón del año pasado o con el accidente en Adamuz. Y ahora las sufriremos con el agravamiento de los impactos económicos y comerciales de la guerra. Pero, como dijo después de lo de Paiporta, «¡yo estoy bien!».