¿Por qué los convergentes se pasan a Aliança?

El pasado sábado entendí a los convergentes que se están pasando en masa a Aliança. El partido de la alcaldesa de Ripoll celebró en la localidad de Viladordis, al lado de Manresa, la tercera escuela de formación.
Puesto que me invitaron a cubrir la jornada, pensé que era una ocasión idónea para captar el ambiente. Se están preparando concienzudamente para las municipales del año que viene. Esperan que sean un salto adelante para las autonómicas del 2028. Sí, Illa no tiene que convocarlas antes.
De hecho, entre los conferenciantes, había nivel: un máster por el IESE, una jurista, un politólogo, un historiador, una abogada, un experto en policías locales. Ninguno de ellos hacía la pinta de peligrosos fascistas.
Tengo la teoría personal de que -a diferencia de lo que predican en TV3 u otros medios progres-, los de Aliança no tienen cuernos ni rabo de demonio. Al contrario, son gente normal y corriente. Desde luego, todos de firmes convicciones independentistas. No hablan español ni que les maten. Pero incluso en este caso el factor inmigración tiene mucho peso.
Tuve suerte. Entablé conversación con el señor Miquel Pericàs, de 71 años, de Molins de Rei. El típico votante de CiU desencantado que, con el procés. Jubilado. La mayor parte de su vida laboral fue empleado por cuenta ajena. Clase media, en definitiva. Un currante, un pencaire que decimos en catalán. Además, en plena forma física y mental. No en vano todavía practica la bicicleta de montaña.
«Yo fui convergente», me confesó. Creyó que Puigdemont, Junqueras, Rull, Turull y compañía iban en serio. Estuvo en una mesa electoral el 1-O. Fue a actos y convocatorias. ¡Incluso dio dinero para la caja de solidaridad. «Hacíamos todo lo que nos ordenaban. Tengo amigos en los Comunes y ya me decían: Miquel, que te están engañando. Pero no los creímos».
«Luego vino el juicio del Supremo y te das cuenta de que todo era comedia, de que no tenían nada preparado». «La mare que els va parir», se le escapó. A continuación vino la frustración, el desengaño, el alejamiento. «No quise saber nada de los políticos hasta que en el 2024 fui a un mitin de Sílvia Orriols». «Ella dice lo que muchos pensamos», añade.
Sobre todo en inmigración. El asunto ha irrumpido en la agenda política y mediática. Entre otras razones, porque no se ha hecho nada en la materia durante los últimos veinte años. Lo único que querían los indepes era atraer inmigrantes a la causa. Y lo único que querían los inmigrantes eran papeles. Les daba igual que fueran del Reino de España o de una hipotética República catalana.
Además, conozco la localidad. Yo había vivido allí. Cuando me casé a mediados de los 90, fuimos la típica pareja expulsada de Barcelona por el precio de la vivienda. Recalamos en un piso delante de la estación. Bien comunicados. A menos de media hora del centro de la capital catalana. E incluso tenían piscina. Un lujo. Nos costó menos de veinte millones de pesetas de la época. No había aún el euro.
En esa época no era un municipio pijo como Sant Cugat, pero tampoco estaba castigado por un urbanismo desenfrenado. Tenía su encanto. Tampoco había inmigración. O muy poca. En cambio, la última vez que estuve, me sorprendió el número de velos que vi por la calle.
Oficialmente, cuenta ahora casi un 9% de población extranjera, que es bastante. Es decir, unos 2.500 inmigrantes de 27.000. Pero todo el mundo sabe que es más porque las cifras oficiales están por debajo de las reales.
La prueba es que Martorell, unos kilómetros más allá en dirección a Tarragona, tiene un 16,74%: 5.000 de 29.000 habitantes. Pero el otro entrevistó al alcalde por Rac1 y reveló que en realidad supera el 35%, casi más del doble. Claro, los sin papeles, los nacionalizados —tras sólo diez años de residencia legal— y los hijos de familias inmigrantes no salen en las estadísticas. Ése es el problema.
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