La masacre biológica que casi extingue a los albatros: ratas comiéndose vivas a las crías
Un paraíso natural en mitad del Pacífico estuvo a punto de convertirse en la tumba silenciosa de millones de albatros
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En pleno océano Pacífico Norte, a miles de kilómetros de cualquier gran ciudad y lejos de cualquier ruta turística convencional, el atolón Midway ha parecido durante décadas un refugio natural inexpugnable. Tres pequeñas islas, Sand, Eastern y Spit, rodeadas de aguas abiertas y protegidas por su aislamiento extremo, se convirtieron en uno de los enclaves más importantes del planeta para la reproducción de aves marinas. Y entre estas, los albatros que sin embargo, casi vieron amenazada su permanencia debido a las ratas.
En el atolón de Midway anidan cada año más de tres millones de aves, entre ellas algunas de las colonias más grandes del mundo de albatros de Laysan y albatros de patas negras. Durante miles de años, la distancia con el continente y la ausencia de depredadores terrestres habían permitido que estas especies evolucionaran sin amenazas externas. Pero esa misma desconexión acabó convirtiéndose en su mayor debilidad. Bastó la llegada silenciosa de una especie invasora para desencadenar una de las crisis ecológicas más brutales documentadas en islas oceánicas: una auténtica masacre biológica que estuvo a punto de llevar a los albatros al colapso poblacional.
La masacre biológica que casi extingue a los albatros
Midway no contaba con mamíferos depredadores. Las aves anidaban en el suelo, sin miedo, sin defensas y sin necesidad de esconder a sus crías. Ese equilibrio, estable durante siglos, se rompió en el siglo XX con la presencia humana.
Durante los años en los que el atolón fue utilizado como base militar estadounidense, los barcos introdujeron accidentalmente ratas y ratones. Lo que en otros lugares habría sido una molestia menor, en Midway se convirtió en una amenaza letal. Las ratas encontraron un territorio sin enemigos naturales, con alimento abundante y con millones de polluelos completamente indefensos.
Lo que ocurrió después sorprendió incluso a los investigadores más veteranos. Las ratas no se limitaron a alimentarse de restos o huevos abandonados. Comenzaron a atacar a polluelos vivos.
Crías devoradas lentamente en sus propios nidos
Los informes del Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos documentaron escenas difíciles de asimilar. Polluelos de albatros con heridas abiertas, picos roídos, alas mutiladas. Muchos no morían de inmediato. La mayoría fallecía horas o días después, por infecciones, hemorragias o agotamiento extremo.
Los albatros jóvenes permanecen en el nido durante meses antes de poder volar. Esa inmovilidad los convirtió en presas perfectas. En algunas zonas del atolón, la mortalidad de polluelos alcanzó cifras alarmantes: hasta el 70% moría antes de completar su desarrollo. A ese ritmo, los científicos advirtieron que no se trataba de un problema puntual, sino de una amenaza existencial. Bastaban unas pocas décadas para provocar un colapso irreversible de las colonias.
Por qué los albatros fueron los más afectados
El impacto fue especialmente devastador en los albatros por una razón clave: su lentísimo ciclo reproductivo. Estas aves ponen un solo huevo al año, tardan entre cinco y nueve años en alcanzar la madurez sexual y forman parejas estables que regresan siempre al mismo lugar para reproducirse.
Eso significa que cada polluelo cuenta. Y cuando la mayoría no sobrevive, la población no tiene margen de recuperación. En Midway se llegó a una situación paradójica: millones de aves adultas seguían presentes, pero las nuevas generaciones simplemente no llegaban. Algunas colonias entraron en lo que los expertos llaman desaparición funcional.por lo que aunque estaban ahí, también estaban condenadas a extinguirse lentamente.
La decisión de eliminar todas las ratas
Ante el riesgo real de perder uno de los mayores santuarios de aves marinas del planeta, las autoridades ambientales optaron por una medida extrema. No había soluciones intermedias. No intervenir significaba asumir la extinción progresiva de los albatros.
El Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos autorizó entonces la mayor operación de erradicación aérea de ratas jamás realizada en islas oceánicas. Un proyecto sin precedentes, diseñado como último recurso.
La estrategia fue clara y técnicamente compleja. Se distribuyeron cebos rodenticidas desde helicópteros equipados con sistemas de dispersión de alta precisión. Cada metro del atolón fue mapeado con detalle para asegurar una cobertura total y minimizar el impacto sobre especies no objetivo. No podía quedar ningún foco activo. Un sólo grupo de ratas supervivientes habría bastado para reiniciar el problema.
Por qué no había otra alternativa viable
En un entorno como Midway, los métodos tradicionales resultaban inútiles. Trampas, controles manuales o capturas selectivas habrían sido lentos, incompletos y fácilmente reversibles. Las ratas se reproducen con rapidez, se ocultan bajo tierra y aprovechan cualquier descuido.
Los estudios científicos lo respaldaban. Las erradicaciones parciales no solo fracasan, sino que suelen empeorar la situación. Por eso, la dispersión aérea fue considerada la única vía capaz de garantizar el éxito.
Lo que ocurrió después sorprendió incluso a los científicos
Una vez finalizada la operación, los efectos no tardaron en aparecer. La mortalidad de polluelos cayó de forma abrupta. Las aves retomaron comportamientos de anidación normales. Las especies más sensibles comenzaron a recuperarse.
El seguimiento a largo plazo confirmó lo que antes parecía imposible. Las colonias que llevaban años en declive mostraron un crecimiento sostenido. Algo que, según los expertos, no habría ocurrido sin la eliminación completa de las ratas. Al final, Midway había evitado la catástrofe por muy poco.
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