El milagro de Ana Alonso, de un atropello a bronce olímpico: «Pasé miedo, pero confiaba en sanarme»
La flamante doble medallista en los Juegos Olímpicos de Invierno dialoga con este periódico
Reflexiona sobre su grave accidente a cuatro meses de los Juegos y su contrarreloj para poder competir
OKDIARIO entrevista a Oriol Cardona
El sueño olímpico de Ana Alonso (Granada, 1994) se desintegró en pedazos hace cuatro meses cuando entrenaba junto a María Ordoñez subida a una bicicleta por Sierra Nevada. Un conductor perdió el control y se llevó por delante a la atleta. Resultado, rotura de los ligamentos cruzado anterior y colateral interno con edema óseo en la rodilla, fisura de maléolo y luxación acromioclavicular. Y todo ello a poco más de 120 días de los Juegos Olímpicos de Invierno en los que aspiraba al oro. Comenzó una contrarreloj junto a su entrenador Javi que ha culminado con dos medallas olímpicas, ambas de bronce.
«Ha sido un camino muy duro, desde que sufrí el atropello hasta que supe realmente todas las lesiones que he tenido. Pasó una semana y cada día era una noticia peor. Cuando creía que llegaba me enteraba de otra cosa que me lo dificultaba más. Era como creer en un milagro. Tenía una ventana abierta y me aferré con todo a ello. Había días que la cuesta era muy dura y veía que era imposible. Otros que pensaba que sí y al final intentaba estar centrada en las pequeñas mejoras que iba consiguiendo. Y eso al final me hizo estar donde llegué, aunque para mí la gran victoria era estar en los Juegos Olímpicos y de forma tan competitiva, que no era fácil. Las medallas han sido la guinda del pastel», asegura a OKDIARIO mientras se dirige a la ceremonia de clausura.
La primera decisión después del atropello, y de observar el largo parte de lesiones, fue apostar por un tratamiento conservador. Pasar por quirófano habría significado renunciar a los Juegos Olímpicos y Ana no estaba dispuesta. España sólo se había colgado cinco medallas de invierno en toda su historia y Ana Alonso, en apenas 48 horas, las consiguió a pares. Se bañó en bronce tanto en el sprint y como en el relevo mixto junto a Oriol Cardona. Ana Alonso lleva toda la vida ligada a la nieve y la montaña. Su padre, Gerardo Alonso, un reconocido guía de Sierra Nevada falleció en marzo de 2010 en un desprendimiento de rocas y el esquí de montaña, que aprendió juntos a los amigos de su padre, es un lazo que les une. «Siempre he sentido que seguía su legado», cuenta Ana Alonso a este periódico.
Pregunta. ¿Cómo lleva que su nombre suene en todas las conversaciones?
Respuesta. Sí (risas). La verdad que estoy bastante abrumada con todo el aluvión de estos días. Estoy que no me creo lo que he hecho.
P. ¿Se lo cree después de unos días?
R. Bueno (risas). La verdad es que sigo que no me lo podía creer. Fue muy bonito porque teníamos mucha gente en la grada con nosotros y como que me quedé mirando, celebrando y disfrutando un momento que no creo que lo vaya a olvidar nunca.
P. Su camino ha sido especialmente sacrificado.
R. Fue muy difícil. Muy duro desde que sufrí el atropello hasta que supe realmente todas las lesiones que he tenido. Pasó una semana y cada día era una noticia peor. Cuando creía que llegaba a los Juegos me enteraba de otra cosa que me lo dificultaba más. Era como creer en un milagro. Esas primeras semanas tuve muchísimo apoyo de todo el equipo, amigos y familiares que me hacían creer que sí podía. Tenía una ventana abierta y me aferré con todo a ello.
P. ¿Se vio fuera de los Juegos Olímpicos por el atropello?
R. Había días que la cuesta era muy dura y veía que era imposible. Otros que pensaba que sí y al final intentaba estar centrada en el día a día y las pequeñas mejoras que iba consiguiendo. Y eso al final me hizo estar donde llegué, aunque para mí la gran victoria era estar en los Juegos Olímpicos y de forma tan competitiva, que no era fácil. Las medallas han sido la guinda del pastel.
P. Decidió no operarse para poder llegar a tiempo a los Juegos. ¿Pasó miedo?
R. Mucho, tenía mucho miedo. Desde el principio tuve mucha seguridad en que mi cuerpo se iba a sanar, confiaba mucho en mi cuerpo y en que se iba a sanar. Yo soy una chica fuerte que sabía que si me dolía iba a apretar los dientes y me iba a aguantar, pero a mí lo que me generaba mucha incertidumbre era que sabía que tenía que estar unas seis semanas de no actividad. Eso sí me generaba mucha incertidumbre. No solo por no seguir entrenando, sino por perder el estado físico en el momento más importante para sumar los mejores entrenamientos. Fue lo más difícil de gestionar. Con mi entrenador trazamos un camino, él tenía mucha confianza y me la devolvía a mí. Él veía claro lo que a mí me generaba miedo. Tenemos mucha complicidad.
P. Y en el mixto, más angustia hasta conocer la medalla.
R. La verdad es que lo sufrimos muchísimo. Fue peor ese momento que los de la carrera porque yo realmente no me di cuenta de qué estaba haciendo la transición fuera del área y cuando di el relevo me lo dijeron. Me sentía fatal, no sabíamos cuánto tiempo era la penalización y lo pasamos bastante mal porque veníamos a por el oro y nos teníamos que conformar con el bronce y de pronto nos vimos fuera del podio. Fue muy duro, la verdad, pero por suerte acabó bien.
P. ¿De quién te acordaste al cruzar la meta y liberarte de todo el sufrimiento?
R. Mi padre ha sido pionero del esquí en Sierra Nevada. A mí no me dio tiempo a hacer este deporte con él, pero siempre he sentido que seguía su legado. Yo quería abrir mi propio camino y hacer las cosas como las sentía, pero mi padre nos inculcó la pasión por la montaña. Siempre digo que él es mi fuerza, pero si se lo tengo que dedicar a alguien se lo dedico a las personas que están en vida conmigo y que han hecho posible que estuviera allí. Mi familia y mis amigos, que son los que día a día han creído en que era posible.