Eva Quirós: «Un consumo elevado de ultraprocesados en niños es preocupante»
“A los niños hay que ofrecerles una alimentación que no sólo cubra calorías, sino que eduque”
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La presencia de alimentos ultraprocesados en la dieta diaria, especialmente en edades tempranas, es una de las principales preocupaciones actuales en salud pública. Estos productos, caracterizados por una elevada manipulación industrial y una baja calidad nutricional, se han asociado en numerosos estudios con un mayor riesgo de obesidad, diabetes tipo 2 y enfermedades cardiovasculares. En este contexto, la decisión de restringir su consumo en centros educativos busca reducir su impacto y fomentar una alimentación basada en alimentos frescos y de calidad.
A raíz de esta medida, OKSALUD ha hablado con Eva Quirós, nutricionista, para profundizar en las diferencias entre ultraprocesados y otros alimentos procesados, analizar la evidencia científica sobre sus efectos en adultos y niños, y valorar los retos de aplicar estas políticas en centros públicos.
PREGUNTA.- ¿Qué se considera exactamente un alimento ultra procesado y qué los diferencia de otros productos procesados que sí pueden formar parte de una dieta saludable?
RESPUESTA.- Cuando hablamos de ultraprocesados nos referimos a productos que han pasado por múltiples procesos industriales y que, en muchos casos, poco tienen que ver con el alimento original. Suelen contener listas largas de ingredientes, con azúcares añadidos, grasas de baja calidad, sal en exceso y aditivos como colorantes, potenciadores del sabor o edulcorantes.
Esto los diferencia de otros alimentos procesados más simples, como unas legumbres cocidas, un yogur natural o un pan de calidad, que han sido transformados pero siguen manteniendo una base nutricional adecuada y pueden encajar perfectamente en una dieta saludable.
P.- ¿Qué evidencia existe actualmente sobre el impacto del consumo habitual de ultraprocesados en la salud, tanto en población adulta como infantil?
R.- La evidencia científica es cada vez más clara. Un consumo elevado y habitual de ultraprocesados se asocia con mayor riesgo de obesidad, diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares e incluso problemas de salud mental. En población infantil es especialmente preocupante, porque no sólo afecta al peso, sino también a la formación de hábitos alimentarios que se arrastran durante toda la vida. Además, desplazan el consumo de alimentos frescos y nutritivos en etapas clave del crecimiento.
P.- ¿Le parece acertada la decisión del Ministerio de limitar los ultraprocesados a un máximo de dos por semana en adultos y eliminarlos por completo en los menús infantiles de centros públicos?
R.- Sinceramente, creo que ya era hora. Los adultos, con mayor o menor acierto, somos conscientes de nuestras elecciones y tenemos cierto margen de decisión. Pero los niños no eligen lo que comen en un comedor escolar: se lo damos hecho en un menú. Lo mínimo es ofrecerles una alimentación que no solo cubra calorías, sino que eduque, que les enseñe a comer mejor desde pequeños. Los centros públicos deberían ser un ejemplo en este sentido.
P.- ¿Puede esta medida tener un efecto real en la prevención de enfermedades como la obesidad, la diabetes tipo 2 o los problemas cardiovasculares?
R.- Sí, sin duda puede tener un impacto positivo, sobre todo a medio y largo plazo. No es una solución mágica, pero reducir la exposición habitual a ultraprocesados y fomentar alimentos frescos y de calidad ayuda a mejorar el perfil nutricional global de la dieta. En el caso de los niños, además, estamos invirtiendo en prevención futura, que es donde realmente se gana la batalla a estas enfermedades.
P.- El Real Decreto también contempla la realización de cribados nutricionales en centros residenciales. ¿Por qué es importante detectar de forma precoz situaciones de desnutrición en estos entornos?
R.- En residencias, especialmente de personas mayores, la desnutrición muchas veces pasa desapercibida. No siempre se trata de comer poco, sino de no cubrir bien las necesidades de proteínas, vitaminas o energía. Detectarlo a tiempo permite intervenir antes de que aparezcan complicaciones como pérdida de masa muscular, caídas, infecciones o un deterioro general de la calidad de vida.
P.- Desde su experiencia académica, ¿cuáles son los principales retos a la hora de implementar este tipo de medidas nutricionales en centros públicos?
R.- Uno de los principales retos es la logística: adaptar menús, proveedores, presupuestos y formación del personal. También hay resistencia al cambio, tanto por parte de algunas instituciones como de usuarios acostumbrados a ciertos productos. Y, por supuesto, es clave que haya un seguimiento real y profesionales de la nutrición implicados, no solo una normativa escrita.
P.- Más allá de la normativa, ¿qué papel juegan la educación nutricional y la concienciación social para reducir el consumo de ultraprocesados en la población general?
R.- Son fundamentales. La normativa marca un marco, pero si no hay educación, el impacto se queda corto. Necesitamos que la población entienda por qué se toman estas decisiones, que sepa leer etiquetas, cocinar sencillo y valorar la comida real. Cuando hay conciencia, las elecciones mejoran de forma natural. Y si empezamos educando bien a los niños, el cambio es mucho más profundo y duradero.
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