Opinión

Sin petróleo saudí, nueva guerra con los huties

Arabia Saudita es dependiente del petróleo en un 54% en su economía

Sin petróleo saudí, nueva guerra con los huties
Alicia Bonilla
  • Alicia Bonilla
  • Periodista especializada en Economía. Graduada en periodismo por la Universidad Complutense de Madrid.

Ha sorprendido a la comunidad analista de la geopolítica, la rápida caída del puerto de Dhubab, del puerto y el aeropuerto de Mokha en Yemen ante las fuerzas militares hutíes, Ansar Allah, sin una resistencia relevante, por parte de las fuerzas leales al fallido gobierno yemení, respaldado desde hace años por Arabia Saudita.

La realidad es que no hubo un verdadero combate militar porque, simplemente, no había suficientes combatientes por la parte yemení. Se ha puesto de manifiesto, que una gran parte del ejército yemení sólo existía sobre el papel con un 80% de soldados fantasma que cobraban su salario cada mes, gracias a unos oficiales locales y funcionarios corruptos que inflaban los registros, con ciudadanos que nunca fueron alistados ni entrenados, con el objetivo de desviar los cuantiosos fondos procedentes de Arabia Saudita. Algo ya repetido en otros casos con en conflictos prolongados y Estados frágiles con un peso estratégico devastador.

La ausencia de respaldo aéreo saudí el día de la ofensiva agrava el cuadro, un fracaso completo de liderazgo político sin apoyo de la supuesta coalición saudí-estadounidense, con más de un centenar de asesores. Las fuerzas emiratíes se retiraron en enero, dejando material militar, bases y cuarteles desprotegidos, sin un mando unificado ni una estrategia compartida. Se han producido centenares de incursiones aéreas de aviones F-15 y Typhoon en las provincias de Taiz, Marib, Amran, Saada, Al-Jawf y Hajjah.

El control del puerto yemení de Mocha y de la isla estratégica de Perim en medio del estrecho, además de Dhubab y las islas Hanish, Zuqar y el archipiélago de Hanish otorga a los terroristas hutíes, apoyados por Irán, un control del estrecho y la libertad de movimiento en el Mar Rojo, un corredor vital para el comercio mundial, pudiendo lanzar ataques desde nuevas posiciones.

Cae otro cuello de botella de la economía mundial que se encuentra a unos 2.058 kilómetros más al oeste. Los hutíes han avanzado tomando posiciones en torno al estrecho de Bab el-Mandeb con Yibuti, la puerta sur del Mar Rojo y el acceso al canal de Suez, que ya sufrió disrupciones hace tres años y que es clave para el suministro de Europa.

Por este punto todavía más estrecho que Ormuz, transita normalmente el 12% del comercio marítimo mundial, un 30% del tráfico de contenedores, junto con volúmenes significativos de petróleo, productos refinados, GNL, fertilizantes, aluminio y bienes manufacturados. Este más que previsible bloqueo de Bab al-Mandeb, de apenas 29 kilómetros en su punto más estrecho, combinado con la inutilización del oleoducto Este-Oeste saudí, configura un escenario geoeconómico de un doble chokepoint bloqueado, un arma de coerción económica, que tensiona de forma estructural la geoeconomía energética y comercial mundial.

El nuevo elemento disruptivo es la inutilización en ocho puntos clave y con una previsión de la duración de la reparación de entorno a cinco semanas, con drones que han despegado desde el suelo de Irak sin la participación de su gobierno, del oleoducto Este-Oeste, Petroline, de 1.200 km, construida en los años 80, que conecta los campos petroleros del este de Arabia Saudita con el terminal de Yanbu en el Mar Rojo con una capacidad nominal de 7 millones de barriles diarios (mbd). Tras la restricción de Ormuz, por el que pasaban 21 mbd de crudo y una parte importante del GNL mundial. Si las exportaciones de crudo procedentes de Yanbú se detienen antes de la reparación del oleoducto dañado, estaremos hablando de una importante pérdida de suministro.

Arabia Saudita dependiente del petróleo en un 54% en su economía y responsable del 4% de la producción mundial, 4 millones de barriles diarios, estaría ya en los datos de distribución más baja de crudo en los últimos 30 años y la principal vía de escape saudí queda temporal o parcialmente inutilizada afectando a sus compradores asiáticos, China, India, Japón y Corea del Sur, con una creciente exposición de sus bancos a esta nueva disrupción.

Ras Tanura, la mayor refinería de Arabia Saudita explotada por Aramco, con 550.000 barriles por día, se encuentra en el lado del Golfo, expuesta a Ormuz. Jazan, con 400.000 barriles por día, se encuentra en el lado del Mar Rojo, expuesta a Bab el-Mandeb. Ambos han recibido ataques repetidos desde que comenzó la guerra. La combinación de todas estas disrupciones, constituyen un choque de oferta y de la logística mundial que revela la vulnerabilidad crítica de un sistema comercial globalizado dependiente de unos pocos puntos de estrangulamiento.

En primer lugar, los precios energéticos previsiblemente volverán a subir, con un barril de Brent con picos de entre 120 y150 dólares si la disrupción se prolonga, dada la reducción de inventarios y la limitada capacidad de respuesta inmediata de otros productores.

Segundo, las primas de riesgo y los costes de transporte se disparan, dada la principal ruta alternativa que añade 19 días, que no es otra que el Cabo de Buena Esperanza y 2 millones de dólares extras en combustible por viaje de ida y vuelta, además de mayores primas de seguro por la guerra. Los barcos tardan más en completar sus ciclos, incrementando los fletes de los contenedores.

Tercero, los impactos secundarios, por ejemplo, Egipto está perdiendo ingresos importantes por el Canal de Suez, reducidos en un 60%; mayor tensión en las cadenas de suministro de fertilizantes, alimentos y componentes afectando de lleno a la inflación global en aquellas economías importadoras de energía y dependientes del comercio marítimo.

La asimetría es tanto geopolítica como geoeconómica. Los hutíes, con una capacidad militar limitada apoyada en drones y misiles de bajo coste respaldados por Irán, están imponiendo unos costes desproporcionados a Arabia Saudita y a Egipto.

Las consecuencias estructurales incluyen una mayor regionalización o diversificación de las cadenas de suministro, el incremento de las inversiones en infraestructuras tipo como oleoductos o almacenes, presión sobre la seguridad energética de Asia y Europa y reforzamiento de la lógica de la militarización de los chokepoints.

Mientras Ormuz y Bab al-Mandeb permanezcan bajo presión simultánea, los mercados energéticos y las cadenas de valor operarán con una mayor volatilidad, costes más elevados y una geoeconomía reconfigurada en torno a la seguridad de las rutas.

Las Fuerzas Armadas saudíes se sitúan entre las más poderosas del mundo árabe y ocupan aproximadamente el puesto 12 a nivel global. Con unos 257.000 efectivos militares, un presupuesto de defensa que ha superado los 80.000 millones de dólares anuales posee una flota aérea de 900 aeronaves, incluyendo cientos de cazas modernos como F-15SA y Eurofighter Typhoon, centenares de carros de combate y unos sistemas de defensa aérea Patriot PAC-3, THAAD. Riad también invierte en drones propios y capacidades de contramedidas contra amenazas de bajo coste.

Aunque dicha capacidad militar convencional es muy superior a la de los hutíes, la experiencia histórica demuestra que no se garantiza el éxito contra un adversario asimétrico y arraigado en un terreno montañoso que además tiene el apoyo de Irán. Los hutíes controlan el noroeste de Yemen, incluyendo Sanaa, poseen un arsenal de misiles balísticos, crucero y drones de alcance regional y han demostrado su capacidad tanto para atacar las infraestructuras saudíes como el tráfico marítimo.

Arabia Saudita puede degradar severamente las capacidades hutíes mediante su poder aéreo, la inteligencia militar y el apoyo a las fuerzas locales yemeníes. Sin embargo, una “victoria total” al estilo convencional es improbable sin una costosa invasión terrestre o un cambio en el apoyo de Irán.

No es sólo que Ras Tanura y Jazán representen el 28,5% de la capacidad de refinado saudí en la zona de ataque, sino que la ruta de exportación que Arabia Saudita construyó específicamente para sobrevivir al cierre de Ormuz se diseñó para que Bab el Mandeb permaneciera abierta.

Varios países árabes, islámicos y occidentales han expresado su solidaridad diplomática y el correspondiente potencial apoyo militar o logístico a Arabia Saudita frente a los hutíes, según declaraciones recientes de sus líderes.

Los Estados del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) lideran el respaldo cuyo secretario general condenó los ataques hutíes como unos actos de terrorismo, afirmando que los miembros se mantienen unidos con el Reino ante las amenazas a su soberanía.

Kuwait, Bahréin, Catar y los Emiratos Árabes Unidos han emitido comunicados oficiales rechazando las agresiones recibidas como unas claras violaciones de la soberanía saudí, ofreciendo su pleno respaldo a las medidas de defensa de Riad. Egipto declaró explícitamente que se sitúa con Arabia Saudita contra cualquier amenaza a su seguridad y soberanía.

Pakistán y Turquía destacan por sus vínculos más estructurales. El primer ministro paquistaní condenó los ataques, tildándolos como cobardes y reiteró la solidaridad inquebrantable con el rey Salmán. El ministro de Defensa saudí señaló que el Acuerdo Conjunto de Defensa de La Meca, firmado en agosto del presente año por Arabia Saudita, Pakistán y Turquía, considera un ataque a uno como ataque a todos, abriendo la puerta a posibles operaciones conjuntas de defensa del territorio saudí. Islamabad ha respondido que el acuerdo no cubre una condición pre existente como es el caso y además sólo cubre a actores estatales.

Turquía, a través de su embajada, condenó enérgicamente las agresiones y se sumó a la coalición marítima liderada por Riad pero ningún movimiento de carácter militar. En julio de 2026, Arabia Saudita anunció una coalición marítima defensiva de 14 países, incluyendo Pakistán, Turquía, Egipto, Sudán, Jordania para proteger la navegación en el Mar Rojo y Bab al-Mandeb, con sede en Riad e intercambio de datos de la inteligencia militar y operaciones conjuntas.

El Reino Unido, en el Consejo de Seguridad de la ONU, condenó firmemente los ataques hutíes, reafirmando el derecho de Arabia Saudita a defenderse.

Estados Unidos, ha ofrecido el apoyo de su inteligencia tras las peticiones saudíes, aunque ha rechazado, por ahora y hasta la celebración de las elecciones intermedias, participar en ataques directos. Este punto tiene una gran importancia geopolítica y geoeconómica, dado que si Arabia Saudita concluye que en la situación actual no puede contar de forma natural con su aliado estadounidense que tiene desplazada un impresionante poderío militar en la zona, otros socios de los EE. UU en la región sacarán la conclusión de que carecen de un esquema de disuasión creíble.

El mensaje es demoledor, EEUU está presionando a Irán, pero no puede garantizar el libre comercio afectado por los citados chokepoints elevando el coste de la energía. Además, en un momento dado, el gobierno de Arabia Saudita podía verse obligado a vender los bonos del tesoro americanos que tiene en cartera, para sostener sus gastos militares.

Ni la salida económica ni la militar son sencillas de vislumbrar a fecha de hoy, los huties no tienen que derrotar militarmente a los EEUU para disuadirlo, basta con convencerle que esa nueva guerra sería de un gran coste político.

Se trata de un cierto consenso diplomático regional con un potencial de apoyo operativo limitado, centrado en la defensa colectiva, el intercambio de inteligencia y una seguridad marítima conjunta, más que una intervención terrestre coordinada. ​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​

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José Luis Moreno, economista, profesor de la UFV. Autor de Geoeconomía Estratégica con editorial ESIC.

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