Descubre la Torre del oro de Sevilla
Descubre la historia de la Torre del Oro de Sevilla, su función militar, sus leyendas y su importancia en la ciudad.
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Si has paseado alguna vez por la orilla del Guadalquivir al atardecer, sabes de lo que hablamos. Esa silueta redondeada, reflejada en el agua, tiene algo especial. No es la construcción más grande de Sevilla, ni la más alta, pero tiene carácter. Mucho carácter.
Una torre nacida para defender
La Torre del Oro fue construida en los principios del siglo XIII, sobre el 1220, cuando Sevilla era muy importante dentro del mundo de Al Andalus.
El misterio del nombre
Ahora viene la pregunta que casi todo el mundo se hace: ¿por qué “del Oro”? Una de las teorías nos dice que allí se almacenaban los tesoros que llegaban de América, teniendo a la ciudad sevillana como un enorme y privilegiado puerto del comercio con el Nuevo Mundo. El oro y la plata cruzaban el Atlántico y subían por el Guadalquivir hasta la ciudad.
Pero no hay pruebas claras de que la torre fuera el gran almacén del tesoro imperial. Otra teoría apunta al brillo de la propia torre. Se cree que originalmente estaba recubierta por un mortero con cal que, bajo la luz del sol, reflejaba tonos dorados. Desde el río, debía de resplandecer. Una torre que literalmente brillaba.
Sea cual sea la razón exacta, el nombre quedó. Y ayudó a envolverla en una especie de aura de riqueza y misterio que aún hoy la acompaña.
Una estructura que fue cambiando con el tiempo
La Torre del Oro no siempre tuvo el aspecto que vemos hoy. La parte original almohade era solo el primer cuerpo, de forma dodecagonal.
Más tarde, en el siglo XIV, se le añadió un segundo nivel de la misma forma geométrica. Y ya en el siglo XVIII, tras el terremoto de Lisboa de 1755, que también llegó hasta Sevilla, se agregó el pequeño cuerpo superior con cúpula. Es curioso pensar en que aquello que entendemos hoy como “la torre de siempre” en realidad es el resultado de muchas etapas históricas. No es, pues, una pieza que ha quedado congelada en un tiempo, sino una construcción que ha ido adaptándose.
A lo largo de los siglos, su función también cambió. Fue capilla. Fue prisión. Fue almacén de pólvora. Fue oficina administrativa. Pasó de ser un elemento clave en la defensa militar a convertirse en una estructura casi residual cuando las murallas dejaron de tener sentido estratégico.
Y aquí viene un dato que sorprende: en el siglo XIX estuvo a punto de ser demolida. Sí, demolida. En un momento en que muchos edificios medievales se consideraban antiguos estorbos urbanos, hubo propuestas para derribarla. Afortunadamente, la presión ciudadana evitó esa pérdida.
A veces olvidamos lo frágil que puede ser el patrimonio.
Un icono inseparable del paisaje sevillano
Hoy esta Torre es parte de ese conjunto monumental que define la ciudad. Pero más allá del circuito turístico, la torre forma parte de la vida cotidiana. Está en fotos de bodas, en excursiones escolares, en paseos de domingo. Es ese punto de referencia que todo el mundo reconoce.
Desde 1944 alberga el Museo Naval de Sevilla. Puede parecer una función tranquila comparada con su pasado militar, pero tiene sentido. La torre nació ligada al río, al control marítimo, a la navegación. Mantener su relación con la historia naval es casi una forma de cerrar el círculo.
Subir a lo alto no requiere una hazaña épica, pero la vista compensa. El Guadalquivir se abre ante ti, Triana al otro lado, la ciudad desplegándose alrededor. Es un mirador pequeño, sí, pero cargado de historia.
Leyendas que alimentan su magia
Como todo edificio antiguo, la Torre del Oro tiene sus historias medio ciertas, medio imaginadas. Se habla de tesoros ocultos en sus muros. De prisioneros ilustres que miraban el río desde sus ventanas estrechas. De secretos guardados durante siglos. No todo está documentado, pero las leyendas forman parte del encanto.
Y aunque muchas historias no tengan respaldo histórico sólido, contribuyen a que la torre no sea solo piedra. Es memoria colectiva, imaginación compartida. Cuando cae la tarde y la luz se vuelve anaranjada, el nombre “del Oro” parece cobrar sentido. La superficie adquiere un tono cálido y el reflejo en el agua crea una imagen casi cinematográfica. En esos momentos, cuesta no pensar en todo lo que ha presenciado.
Más que un monumento
La Torre del Oro no es enorme. No compite en tamaño con otras fortalezas medievales. Pero tiene algo que la hace especial: continuidad.
Ha sobrevivido a cambios de religión, de reino, de sistema político. Ha visto partir flotas hacia América y regresar cargadas de riqueza. Ha resistido terremotos y proyectos urbanísticos poco sensibles. Ha pasado de arma defensiva a símbolo cultural.
Y, sobre todo, sigue en pie. Quizá lo más bonito de su historia es precisamente eso: su capacidad para adaptarse sin perder identidad. Ya no bloquea barcos con cadenas ni vigila invasiones, pero sigue vigilando el río, como si recordara su propósito original.
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