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El periodista de OKDIARIO que burló 8 controles militares para entrar en Venezuela: «Si me pillan, un año en la cárcel»

OKDIARIO logra entrar en San Cristóbal y descubre que el pueblo venezolano quiere el fin del chavismo

El periodista de OKDIARIO que burló 8 controles militares para entrar en Venezuela: «Si me pillan, un año en la cárcel»
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«Vamos a ver, hemos logrado lo que no ha logrado nadie, ningún equipo de televisión. Hay 200 periodistas de no sé cuántas nacionalidades pidiendo permiso para entrar a Venezuela», arranca el relato del reportero de OKDIARIO que consiguió la hazaña de infiltrarse en el país controlado ahora por Delcy Rodríguez.

La operación era de alto riesgo desde el principio. «Intentar entrar como el equipo mexicano y estar 17 horas retenido, o como otro equipo que estuvo siete horas y que no les dejaron pasar… Incluso intentaron entrar como turistas. Es jodido porque sabes que ya te han dicho que no, que no puedes entrar. Entonces tienes que entrar sin que te sellen el pasaporte y sin que te pillen», explica el periodista sobre los antecedentes que marcaron su misión.

El momento más tenso llegó nada más cruzar la frontera. «La sensación no era miedo, era pánico. Fíjate que la primera cara que me encontré fue la soldado que me llamó la atención en el reportaje anterior. Esa es la primera cara que vi a las 05:00 de la mañana. Pero claro, yo iba camuflado: con gafas, con el casco…», recuerda.

La transformación fue total. «A mitad del camino tuvimos que cambiar mi casco por uno que me tapara toda la cara. Y en cada una de las ocho alcabalas había que rezar para que no nos pillaran», añade el reportero sobre los controles militares que tuvo que sortear.

«Puedo acabar en una cuneta»

La desconfianza era otro enemigo. «También tengo que fiarme de la gente con la que voy, porque puedo acabar en una cuneta. Había momentos en que el conductor decía ‘voy a parar aquí’ y claro, te entra el canguelo: este se va a ir, me va a dejar tirado», confiesa.

El plan inicial contemplaba dejarlo solo en San Cristóbal. «Me dejaban en San Cristóbal, yo hacía los reportajes y me venían a buscar después. Y dije: no, yo no me quedo ahí solo haciendo reportajes. La sensación de miedo haciendo estas preguntas en San Cristóbal estaba presente en cada entrevista. Por eso hemos pixelado cada uno de los testimonios, porque ellos tienen miedo y tienen pánico de las consecuencias», justifica la precaución extrema.

Los asesinos de Diosdado, a metros de distancia

El peligro era constante y visible. «Cuando nos dicen que estamos al lado de la iglesia de San Cristóbal, cerca de un colectivo (grupos paramilitares a las órdenes del chavismo)… los del colectivo están por ahí andando. Son los que se toman la justicia por su mano y están a las órdenes de Diosdado», relata sobre los grupos paramilitares chavistas que patrullan la ciudad.

«Nos hemos colado donde no ha entrado nadie. En cada una de las alcabalas que te paran, pues te miran. El conductor saluda, conoce a alguien… tienes que ir con mucho cuidado», describe la tensión de cada control.

Silencio absoluto: ni una palabra

Las instrucciones eran claras. «Me dijeron que no hablara para que no me reconocieran por el idioma. Luego, en los sitios, el que iba conmigo pedía el café o lo que me tomara cuando estuve todo el día en San Cristóbal», explica sobre el camuflaje lingüístico.

La comparación que hace es escalofriante. «Estás como si estuvieras en el País Vasco en los años del terrorismo: todo el rato mirando a un lado y a otro porque te puede aparecer en cualquier momento alguien que te odia, que te va a delatar o que se va a poner a dar gritos para decir quién eres. Fue una sensación acojonante», resume.

Las dos últimas alcabalas: el momento más peligroso

La salida no fue menos tensa que la entrada. «Nos colamos a las 05:00 y luego había que volver, porque esa es otra. Las alcabalas están muy pendientes de que no entres y están menos pendientes de que salgas, pero luego hay que volver a pasar por las otras ocho. Las últimas dos son las más peligrosas, eso me decía el piloto», recuerda.

El improvisado plan de cobertura consistía en una excusa simple. «Yo dije que me iba a la iglesia del primer pueblito, que me iba a hacer fotos, que me había colado… Pero bueno, la sensación es muy mala porque si te pillan te dejan un año en la cárcel, como a los españoles que secuestraron después de mí, que han estado un año y medio», advierte sobre las consecuencias.

«Deportado hasta agosto de 2026»

El reportero ya tenía un precedente que hacía la operación aún más arriesgada. «Yo tengo en el pasaporte «deportado hasta agosto de 2026″, como ya me confirmaron en el primer intento que hice como turista —que me dieron un sustito de cinco horas—, pues si me hubieran pillado otra vez, imagínate…», confiesa.

Pero el riesgo valió la pena. «Lo bonito es ver cómo la gente en el pueblo, nadie respalda a Maduro. Todos están con un poquito de esperanza, lo que quieren es trabajar», describe lo encontrado en San Cristóbal.

«TVE sólo se preocupa de Julio Iglesias»

Una de las quejas recurrentes de los venezolanos sorprendió al periodista. «La sensación de decepción que tienen porque les llega la señal de Televisión Española y dicen: ‘En TVE solo se preocupan de Julio Iglesias y no se preocupan de nosotros. No se han preocupado en 26 años de nosotros’», revela sobre el hartazgo con los medios españoles.

«La sensación de contar todo esto que se cuenta fuera de Venezuela, pero desde dentro, es la leche. La sensación de denuncia social que estás haciendo, de cumplir tu trabajo, de mostrar lo que ellos quieren ocultar… es la leche. Y encima, por encima de todos los medios de comunicación, es meter un golazo», celebra el periodista.

Los únicos que llegaron a San Cristóbal

El logro es histórico en el periodismo internacional actual. «La sensación cuando nos han parado en las alcabalas y han preguntado… Te han mirado: ‘¿Dónde vas?’ ‘Voy a ver una iglesia’. ‘¿Y tú quién eres?’ ‘Un español’… Ha sido la sensación de que en cada momento nos podía pasar lo mismo que al equipo alemán que se colaron con nativos por otra frontera y les pillaron con todo el equipo yendo a San Cristóbal», compara con otros intentos fallidos.

Y concluye rotundo: «Los únicos que hemos llegado a San Cristóbal hemos sido nosotros».

Hora y media en moto y policías al acecho

El día fue agotador y peligroso. «Un viaje de hora y media en moto, otra hora y media de vuelta. Luego estar ahí grabando horas, buscando hacer testimonios sin llamar mucho la atención, con mucho cuidado…», enumera.

Un episodio estuvo a punto de acabar en tragedia. «Estábamos grabando una vez en el dibujo de Bolívar —donde yo hago la despedida final— y pasó la Policía Bolivariana y paró. Pero nos subimos en la moto y nos fuimos», narra la huida.

«Hubo muchos momentos de tensión y de acelerón. Cuando nos dicen que pares en una de las alcabalas, te arrimas a un lado y poco a poco vas acelerando y te vas. Fue una aventura muy, muy loca», resume la jornada.

Montando el reportaje bajo presión extrema

La coordinación con el equipo en Colombia añadía otra capa de estrés. «Fui enviando el material aquí a Cúcuta, donde tenía el equipo, y lo iban montando. ‘¿Te ha llegado el vídeo?’ ‘Sí, lo tienes’. ‘Si te lo envían vertical, ¡me cago en la leche!’ ‘Bueno, este no se le oye, no va bien el sonido, vuelve a grabarlo’… Tú imagínate la tensión», describe la operación técnica en paralelo.

El resultado final justifica cada segundo de pánico. «Por fin le hemos dado voz al pueblo venezolano. Eso no se lo ha dado nadie. Hemos conseguido confirmar desde dentro de Venezuela que nadie quiere a Diosdado ni a Delcy. Todos tienen una nueva esperanza y eso es bonito», concluye el reportero de OKDIARIO tras su hazaña periodística.

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