Lentejuelas para Navidad

Lentejuelas para Navidad
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  • Clara Zamora

“¿Cómo puede ser depresivo un hombre creyente?”. “¡No te atrevas a contradecirme!”. No debía serle fácil ser autoritario y escéptico al mismo tiempo. Aquella contradicción tuvo lugar durante el consejo familiar que iba a organizar las celebraciones navideñas de aquel año. Respetaban las tradiciones a través de una imperiosa disciplina ritual. Las fechas que organizaban eran colores, aromas, palabras y sentimientos. Eran momentos para pensar en las cosas buenas de este mundo, con la exigencia de la integridad. La celebración terrenal podía ser un potente narcótico, efímero, como casi todo lo bueno: mitad trágico, mitad feliz.

Un perro vendido como escocés, pero que resultó ser andaluz, levantaba de vez en cuando la mirada de la reunión familiar y se echaba a llorar. Sabía que el ama mayor estaba en cama, esperando la muerte. Finalmente, alguien entró en la sala y dijo las palabras: “Ha muerto”. Nadie se movió, de manera que la voz volvió a sonar: “She died”… Comenzó el ruido de sillas y todos caminaron hacia el velatorio. Llevaba siete años muerta, pero con vida; ahora seguía muerta, pero sin vida. El espíritu espartano de la abuela ya ascendía para su merecido descanso.

La sopa fría de guindas estaba caliente esa noche. La sopa caliente de pescado había estado fría el año anterior: “¿Ha habido mucho viento en la cocina?”. Cualquier motivo era bueno para jactarse del menú. La impertinencia también puede ser encantadora, si se actúa con inteligencia y cierto gusto dieciochesco por la paradoja. La conversación giraba en torno a la insólita pareja formada por Hauteclaire y el conde de Savigny. La envenenada condesa pidió en su último lecho que disculparan al marido envenenador para no cubrir de oprobio el blasón. Los ataques de tos que provocó este tema de conversación fueron como destellos por el axioma del vicio castigado y de la virtud recompensada. Cosas normales en las cenas de estos días.

El cabeza de familia dijo entonces que, por estricto orden de edad, dijeran alguna frase con espíritu navideño. También añadió que podían mentir, lo cual desahogó a más de uno. Y concluyó iniciando él el carrusel de ideas: “La vida es bella, aunque perdiéramos Cuba”. Uno de los nietos le cogió la mano: “Suelta, no me estoy muriendo”.

En los postres, la euforia llegó a su esplendor, todos los sentidos estaban agudizados, hervían las almas entre el calor familiar, los goces sensoriales y la celebración religiosa. Era el momento de ir a misa. La firmeza de la perseverancia es la que descubre las principales virtudes de una familia tradicional. La “Sonata de invierno” de Vallé Inclán era el libro que reposaba sobre la mesita. Paradojas de argucia asociativa, que tienen algo de maravilloso. Los excesos verbales y los excesos en la presentación de ambientes y personajes protagonizaban la escena; sin novedad, pues ¿acaso no es el exceso la extravagancia de nuestra era?

Entremeses cómicos velados por la tragedia más sombría, lugares encantadores bajo tenues  tristezas, jóvenes afeminados y jovencitas que se les parecen como dos gotas de agua, pero eso sí: niños felices. La economía del discurso conforme al ideal de estilo conciso con el que di comienzo a estas lentejuelas me sirve de estratagema para concluir. La piel, la sangre, los músculos y las venas experimentan un brillo de pureza en Navidad, aunque sea, como dijo el abuelo, en invernaderos de artificialidad.

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