Sánchez, el chamán del amor
El papel de sustancias como el peyote en las ceremonias tradicionales amerindias es de sobra conocido. A través de la guía del chamán, los indígenas consumen el peyote en busca de experiencias trascendentales.
El sermón de Pedro Sánchez en la presentación de HODIO. Huella del Odio y la Polarización, hace pensar que hemos entrado en una nueva etapa de su “viaje” iniciático como presidente del Gobierno.
El efecto psicodélico que la intoxicación de poder está produciendo en el secretario general del PSOE no deja lugar a dudas. Sánchez se ha investido de nuevos atributos para guiarnos a todos en la última dimensión del sanchismo: un chamanismo de nuevo cuño que le permite establecer línea directa con los dioses en pos del amor y la fraternidad universales.
Esta peculiar mescalina monclovita es uno de los alcaloides cultivados por Sánchez desde los tiempos del Peugeot o, mejor dicho, del peyoto, la sustancia sintetizada en aquel laboratorio de cuatro ruedas en el que el dirigente socialista comenzó su viaje iniciático junto con sus hombres de máxima confianza: Cerdán, Ábalos y Koldo.
En aquel viaje se prefiguró el asalto fraudulento a la cúpula del PSOE, al que siguió el imparable y aún más fraudulento proceso de parasitación del Estado al que seguimos asistiendo. El éxtasis culminó con el codicioso abrazo a la caja de caudales públicos, alucinando con que nunca tendrían que rendir cuentas a nadie por descerrajarla.
Sin embargo, pasados los efectos del peyoto, los tres socios de Sánchez han terminado su viaje en la cárcel y dos de ellos están ya a la espera de juicio inminente. Algunas apuestas pronostican que al jefe de Gobierno le espera el mismo destino, razón por la cual se ha acentuado en él su deseo de liderar una nueva religión que asegure su autorredención, léase su impunidad.
Hay, sin embargo, contrapoderes que se resisten a ser iluminados por la nueva fe sanchista, de ahí que el siguiente paso sea el de la colonización de las conciencias mediante la inoculación de una nueva doctrina sagrada, en la que Sánchez aparece como el juez infalible que sentencia sobre el amor y el odio, el bien y el mal, la paz y la guerra, la justicia y la arbitrariedad… pero como si nada de lo negativo fuera con él.
Sánchez quiso imprimir desde la primera fase un tono de homilía a su discurso en la presentación de HODIO. «¿A cuántas personas han odiado ustedes en su vida?», preguntó ante sus contritos creyentes. Uno ya creía haber visto de todo, pero no esperaba ver a Sánchez convertido en cura dentro de un confesionario, inquiriendo sobre los pensamientos impuros de los presentes.
Como el cactus de las regiones desérticas amerindias, el peyoto ha demostrado su capacidad de suministrar a Sánchez y sus seguidores una gran variedad de alcaloides que permiten muy diversas experiencias iniciáticas, incluso posibilitan recurrentes alucinaciones colectivas.
Como es el señalamiento del adversario como el responsable del «arma de polarización masiva» que denunció Sánchez en su discurso del miércoles pasado, olvidando que ya desde su investidura él mismo se comprometió a erigir un “muro” frente a todo el que no piensa como él.
Alucinaciones colectivas sanchistas son también responsabilizar a la oposición de los efectos de una riada letal cuando por la desidia e incompetencia de su Gobierno nunca se encauzó el barranco mortal, o culpabilizarla del trágico accidente ferroviario de Adamuz.
Sin olvidar que desde La Moncloa se imputaron las consecuencias de la pandemia en Madrid al gobierno autonómico que se adelantó con el cierre de los colegios y los centros de mayores, mientras Sánchez y sus ministras cebaban la bomba vírica del 8M, prohibían a las comunidades comprar material sanitario e inventaban un comité de expertos inexistente.
Como es también psicodélico que el chamán Sánchez se atreva a dar lecciones de amor teniendo de socio preferente a Bildu, responsable de las decenas de homenajes que se celebran cada año a los criminales de la banda terrorista ETA, algunos de los cuales son candidatos en sus listas electorales, empezando por su líder. Homenajes en contra de cuya prohibición votó el año pasado el propio PSOE en el Congreso, junto a Sumar, PNV y Bildu, ante una propuesta de UPN apoyada por PP y Vox.
«El odio es un producto que se mercantiliza», decía Sánchez en la presentación de HODIO. Se olvidó señalar que él mismo rentabiliza el odio a España de sus socios proetarras al conceder un trato privilegiado a los presos de ETA a cambio del apoyo de Otegi. Al igual que rentabiliza el odio a España de sus socios de Junts y ERC en cada descenso de pantalones que ejecuta ante sus insostenibles reclamaciones.
El baile tribal de Sánchez en su ceremonia de la exaltación del amor universal, bajo los efluvios de todos los adanismos vaporosos que en el mundo han sido, también los de las saunas de su suegro, llegó a su paroxismo cuando acusó a las redes sociales de ser «un Estado fallido: no hay reglas, no hay leyes».
Lo dice el que ha desarticulado la Constitución de 1978 mediante una amnistía a los golpistas, el que está incumpliendo reiteradamente la presentación de presupuestos, el que lleva dos años de incomparecencia en el Senado y el que promueve negociaciones bilaterales de financiación con la élite corrupta catalana destinadas a romper la caja común.
Lo dice el supresor del delito de sedición del Código Penal, el de la rebaja de la consideración penal de la malversación y el de las excarcelaciones y reducciones de pena a centenares de violadores. Lo dice el que inmoviliza a la Abogacía del Estado para que no pueda acusar a los piratas que pasaron por la quilla de sus narcolanchas a los dos guardias civiles en Barbate.
El mordisco final del chamán Sánchez al peyoto le llevó a concluir la ceremonia de HODIO con una sentencia que es un puro destilado de aquellas jornadas de gozo trashumante con Cerdán, Ábalos y Koldo: «Hablemos más de amor y menos de odio».
Sí, por favor, diría cualquier ciudadano avisado, pero cuando lo practiquen páguenselo de su bolsillo.