CASO VÍDEO CIFUENTES

Horror en el hipermercado, terror en el periodismo

Cristina Cifuentes
Cristina Cifuentes, ex presidenta de la Comunidad de Madrid, en su comparecencia de dimisión. (Foto: EFE)

Mi amigo Julián Ruiz produjo para Alaska y los Pegamoides una divertida canción cuyo estribillo decía: “Terror en el hipermercado, horror en ultramarinos, mi chica ha desaparecido y nadie sabe cómo ha sido”. En el caso del vídeo del hurto de las cremas Olay por Cristina Cifuentes, desvelado por OKDIARIO después de varios meses de investigación periodística, el horror se produjo en la sección de cosmética. Pero el terror, como si se tratara de los efectos de un arma de destrucción masiva, se ha proyectado sobre el medio de comunicación y los periodistas que se atrevieron a divulgar el robo de la ya ex presidenta de la Comunidad de Madrid, en mayo de 2011.

La brunete mediática de la Comunidad de Madrid ha desatado una campaña mediática tan atroz y despiadada para desprestigiar a OKDIARIO y sus profesionales, algo que inhabilita a sus responsables a seguir al frente de ese departamento con el próximo presidente del gobierno madrileño. Sus embustes, bulos, mendacidades e invectivas –algunas alejadas de la lógica intelectual– sólo buscaban destruir y difamar al mensajero, nunca aclarar los parámetros políticos de un escándalo que provocó la dimisión de la presidenta Cifuentes.

Desde el edificio de la antigua Casa de Correos lograron instalar entre un grupo de comunicadores amigos la consigna de que el vídeo era antiguo y llevaba siete años en un cajón, que atentaba la privacidad de Cifuentes, que el hurto era una bagatela y que la filtración procedía de fuego amigo, refiriéndose al PP.

Nunca una exclusiva, que respondía a todos los requisitos éticos y deontológicos de la profesión periodística –investigación diligente, verificación del contenido, fuentes acreditadas, reproducción del documento en su totalidad sin manipulación o montaje sesgado, con un contenido de interés general, sobre un personaje de interés público y con la obligada llamada a Cifuentes antes de la publicación– había desatado tanta hipocresía y cinismo entre la clase política y periodística. Pero no en diarios de prestigio internacional como Washington Post, New York Times, Le Monde, Corriere della Sera o Miami Herarld.

Lo que vale para mí, no vale para otros

Tras el scoop de OKDIARIO algunos compañeros respondieron con un irascible ataque de cuernos mientras otros se mortificaban con esa envidia que define morfológicamente a los españoles. Se producía el fenómeno de siempre: lo que vale para mí no vale para los demás. Una pose disfuncional reflejada en una frase. “Yo soy dios y ellos el oprobio”. Y entre esa tipología de periodistas destacaba un grupo de especímenes atrapados y condicionados por su pasado. Uno se dedicó un lustro enfrascado en la teoría de la conspiración del 11-M. Otra difundió la conversación del ministro del Interior con el jefe Antifraude de Cataluña mientras reconocía ante el Parlamento catalán que la grabación era ilegal. Otro estaba preocupado porque su mujer trabajaba para Cifuentes y peligraba su puesto de trabajo. Otro fue jefe de prensa y portavoz de Rafael Vera durante el contubernio de la guerra sucia. Otro era un incondicional de Villarejo mientras le suministraba exclusivas. Otro llevó a su programa a un abogado para acusar de pederasta sin pruebas a un honrado fiscal anticorrupción. Otro financiaba sus reportajes con fondos de una agencia de detectives. Otro reprodujo la grabación de policías con agentes secretos del CNI, poniendo en riesgo la identidad de los espías. Otro pedía favores porque quería colocar a su jefe en la Presidencia del Colegio de Abogados de Madrid. Otro….. No sigo más porque se haría el artículo interminable.

El colmo del cinismo queda representado por un periodista de un diario progresista que, en un extenso artículo, desliza insinuaciones sobre un compañero de OKDIARIO y nos sitúa en el “submundo de la comunicación”. Sus comentarios me importarían un bledo si su mujer no fuera una de las directoras generales de la Comunidad de Madrid, de la línea Cifuentes. Todo un ejemplo de pureza periodística.

Pero, sorprendentemente, tras la exclusiva de OKDIARIO, todos ellos se convirtieron en pulcros y escrupulosos periodistas que reclamaban la guillotina para los autores de la información y el director del medio. Me recordaban a los habitantes de aquel pequeño poblado de la América profunda de la película de Fritz Lang, Furia, en la que una muchedumbre encolerizada linchaba al atormentado Joe, interpretado por Spencer Tracy. O a la peor pena en la República de Roma: la “poena cullei” (“pena del saco”), que consistía en meter al condenado desnudo en un saco de cuero con una víbora, una mona, un gallo y un perro y, una vez atado por el extremo, lanzarlo al mar. El reo no sólo se ahogaba sino que, hasta ese momento, era torturado por los animales.

Tras la publicación de la cinta de Cifuentes nos han condenado sin juicio previo, alejados de la más mínima lógica intelectual: que si las cloacas policiales, que si el fuego amigo, que si una violación de la intimidad, que si la venganza de Villarejo, que si la doble tumba de Francisco Granados, que si el rencor de Ignacio González, que si la revancha de la vieja guardia de la Comunidad….. ¡Para flipar! El ladrón cree que todos son de su condición.

‘Míster escrache’ nos tilda de sicarios

Confucio, en sus numerosas enseñanzas siempre recurrentes para apuntalar los argumentos retóricos de un artículo, afirmaba que “cuando el sabio señala a la luna el necio mira el dedo”. Con el vídeo de Cifuentes ha sucedido algo parecido. Muchos necios se han quedado prendados con el dedo índice del maestro chino en busca de las fuentes de la información. El vídeo de Cifuentes ha servido para la invención de un nuevo género periodístico: el del rastreo de las fuentes.

Ya no importa el contenido y el calado informativo de la noticia sino de dónde procede y a quién beneficia. Y en el caso de Cifuente no nos vale el quid prodest porque, en definitiva, han salido todos beneficiados. Todos menos Podemos, a quien sólo le interesaba la bulla en la Asamblea de Madrid. Tres años de legislatura de acoso y derribo contra Cifuentes y 35 días de linchamiento pidiendo su cabeza por el máster de la Rey Juan Carlos y ahora se ponen dignos: “La destrucción sin escrúpulos de un ser humano de sectores del Partido Popular vinculados a las cloacas con tabloides que están destruyendo a un ser humano es una lógica de la política y del pseudoperiodismo”. Con un par. Ahí lo tienen. Míster Escrache, el macho alfa podemita Iglesias, el mismo que callaba cuando sus huestes vilipendiaban a Cifuentes en la puerta del Hospital de la Paz, mientras la entonces delegada del Gobierno se debatía entre la vida y la muerte en el quirófano tras un accidente de moto.

Ahí lo tienen, el mismo que se permite el lujo de llamar sicarios y miembros de las cloacas a dos periodistas que se batían el cobre con la guerra sucia, el terrorismo de ETA y la corrupción, mientras él seguía jugando a la revolución bolchevique desde que usaba pantalones cortos, eso sí becado por ese Estado capitalista al que pretendía derrocar.

El mismo que cuando leía con fruición a Marx a costa del erario público y redactaba una mediocre y putrefacta tesis doctoral en la Facultad de Políticas, titulada “Multitud y acción colectiva postnacional: un estudio comparado de los desobedientes de Italia a Madrid (2000-2005)”, otros se dedicaban a combatir la corrupción desde los medios de comunicación destapando las verdaderas cloacas del poder.

El mismo que se forraba con los petrodólares de los regímenes sanguinarios y dictatoriales de Venezuela e Irán, mientras los periodistas, según él, “sicarios”, se enfrentaban a procesos judiciales por desenmascarar a corruptos como los Pujol o Trías.

El mismo que mientras alcahuetaba con insignes prohombres de la libertad de expresión como Chavez, Maduro, el imán Alí Jamenei y el ex presidente de Irán Mahmud Amahdineyad, comparaba a los muertos de ETA con los de la Guerra Civil, predicaba en las herriko tabernas de Batasuna y consideraba a Otegi un “hombre de paz”, otros se dedicaban al periodismo de verdad, denunciando las lacras de la democracia.

Treinta años de denuncias periodísticas

Tiene gracia que los dos periodistas que en los últimos 30 años han desvelado los casos periodísticos más importantes de España (papeles de Sokoa, la guerra sucia contra ETA, Escuchas del CESID, Fondos Reservados de Interior, la guerra sucia de los GAL, los papeles secretos del CESID, Informe Crillon, Papeles de Laos, Informe Veritas, el saqueo de Marbella de Jesús Gil, Roldán, Paesa, caso Pujol, Urdangarín, que llevó al banquillo al yerno del Rey y a su esposa la infanta Cristina, los SMS de Bárcenas, Matas y Munar en Mallorca, la cinta de la Camarga, la cuenta suiza Trias, el ático de González, la cuenta secreta de Granados en Suiza, etc., etc., etc.) sean ahora enlodados y despachados en un plisplas como sicarios de las cloacas y de la prensa de tabloide por alguien que se ha beneficiado con dinero negro y rojo. Lo de rojo es por el color de la sangre, no por la ideología comunista.

Ese alud de revelaciones periodísticas provocó la caída de vicepresidentes de Gobierno, ministros (Defensa e Interior), secretarios de Estado, directores generales –entre ellos el del CESID-, presidentes autonómicos y alcaldes… que, como Cifuentes, no sólo habían delinquido sino que además habían mentido a sus votantes y conciudadanos.

Mientras Eduardo y yo, nos dedicábamos a ejercer de periodistas de verdad, otros –quienes días atrás han denostado con mayor virulencia la información sobre Cifuentes– vivían instalados en cómodos despachos del poder, se dedicaban a hacer de correveidiles de políticos o reproducían lo que les llegaba. Ellos sí eran filtradores, como aquellos documentos secretos del CESID que recalaron en un diario por medio de un motorista, como en el franquismo, y que por error de sus editores aparecieron publicados con el sello de salida del Ministerio de Defensa. Y claro ese ADN genera un pedigrí que obliga a los sumisos a reaccionar cuando suena el clarín de “a mi la legión”.

Algunos compañeros le rieron la gracia a Iglesias mientras le acercaban el canuto microfónico. Ellos sabrán. Algún día podrán verse en una tesitura similar si publican algo que contradiga al sátrapa podemita. Esa alergia a la libertad de expresión suele brotar cuando uno lleva tantos años leyendo en la cama libros de los inventores de las checas y los gulags.

De toda la bazofia que ha llegado a mis ojos y oídos destaca el artículo publicado en Voz Populi y firmado por un tal Rubén Arranz, que nos llega a comparar con algo tan deleznable como es la ‘Manada’ de la violación de Pamplona. Amárrense los machos: “La manada periodística y la defenestración de Cifuentes”, se atrevió a titular el prenda sin que ningún senior de su medio lo impidiera. ¡Olé sus bemoles!. El prenda –desconozco qué ha escrito en su vida– nos acusa, entre otra lindezas, de “darle el tiro de gracia” a Cifuentes, de “derribar barreras éticas”, de  periodistas que “aguardan tras la esquina”, de “intermediario perfecto para golpear a sus víctimas”, de ser elegidos por el filtrador “para decapitar a su presa”, de “forajidos”, de “sicarios que ejecutan a los reos”, de formar parte de una “cloaca que funciona”, de manipuladores, de “acudir a las alcantarillas del Estado para nutrirse de mercancía averiada y conseguir un minuto de gloria” y así un sinfín de otros piropos.

El autor, al mismo tiempo, se pone en plan didáctico y se permite el lujo de dar clases de moral a la profesión. Según él, los periodistas debemos dedicarnos a “describir hechos, analizar ecosistemas y guiar a la opinión pública con prudencia, decencia y responsabilidad”. Porque tú lo digas. Y olvidarnos de “conseguir dimisiones en administraciones, partidos o empresas”, por una cuestión de “megalomanía”. Apañados estamos contigo, colega.

Y tiene su gracia que esa información se publique en un diario a cuyo editor tuve que salvarle el pellejo en una querella del CESID cuando éramos compañeros en El Mundo. Te censuran y torturan por un trabajo puramente periodístico pero ellos, además de darte lecciones de moral, practican la enseñanza del “todo vale”. Un horror que, desgraciadamente, va más allá del intramuros del hipermercado y de la sección de cosmética. Algo terrorífico. Nos acusan de pegarle el tiro de gracia a Cifuentes pero, al mismo tiempo, nos llevan al paredón sin juicio previo y sin cadena perpetua revisable. Eso sí es matar al mensajero.

Dos postdatas

PD 1.- Este año el departamento de Prensa de la Comunidad de Madrid, por primera vez desde hace muchos años, no me ha invitado a los actos de la Fiesta del Dos de Mayo. No me importa porque, por las circunstancias vividas, no pensaba acudir. Pero la decisión de la dircom de la Comunidad supone un ejercicio de sectarismo y desprecio hacia la libertad de comunicación. Ni en los peores tiempos de Nixon, Bush o Trump a ningún baranda de la Casa Blanca se le habría ocurrido vetar a uno de los corresponsales de prensa por criticar a la Presidencia. Pero en este país algunos servidores públicos aplican correctivos cainitas cuando son simples funcionarios mantenidos con los impuestos de todos. Te dan un cargo y un presupuesto millonario en publicidad y te crees la reina del mambo. Aún así, uno no piensa hacer uso del folio 8119 del tomo XXI. Eso sí, seguiré duchándome todos los días para neutralizar las carretillas de mierda que nos están echando entre la profesión desde el antiguo edificio de Correos.

PD 2.- Lo de Telemadrid también tiene su guasa. Vienen vetándonos –expulsados de la escaleta de la cadena y hasta de los rótulos informativos de programas como el El Círculo en La Otra– desde la llegada del nuevo equipo directivo y el día de la dimisión de Cifuentes recibo un vendaval de llamadas para que intervenga en sus programas. A qué jugamos. O todo o nada.

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