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Bajo los adoquines de Madrid: el fascinante hallazgo de los túneles secretos que conectaban los antiguos conventos de la Corte

¿Sabías que debajo de Madrid hay túneles secretos que en la antigüedad conectaban conventos y edificios oficiales?

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Túneles en Madrid
Bajo los adoquines de Madrid: el fascinante hallazgo de los túneles.
Francisco María
  • Francisco María
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Si te adentras en el Madrid de los Austrias un martes cualquiera a primera hora, el paisaje parece engañosamente claro. Cuesta imaginar que bajo esas calles estrechas, flanqueadas por edificios de fachada sobria y balcones de hierro forjado, haya existido jamás otra cosa que tierra firme. Pero la realidad es tozuda.

Túneles reales

No hablamos de leyendas piadosas ni de las ficciones folletinescas que tanto gustaban a los novelistas del siglo XIX . Hablamos de ladrillo cocido, arcos de medio punto y zanjas reales. La arqueología de gestión que acompaña a cualquier zanja en el distrito Centro lo deja claro de tanto en tanto: el subsuelo del Madrid barroco fue un verdadero queso de bola perforado por las necesidades del poder, la fe y la pura supervivencia cotidiana.

Galerías abovedadas en el subsuelo madrileño

Hay un factor determinante que casi nadie menciona al hablar de este fenómeno: el suelo. Madrid se levanta sobre una llanura de arenas, arcillas compactas y bancos de yeso. Para un cantero del siglo XVI, esto era casi una bendición. Se podía picoletar sin peligro inmediato de derrumbe catastrófico y, al mismo tiempo, la tierra resultaba lo bastante maleable como para no exigir la logística minera que requeriría la roca dura.

El antecedente técnico, de todos modos, venía de lejos. Antes de que los Austrias soñaran siquiera con instalar aquí su imperio, los fundadores musulmanes ya habían trazado los mayrat o viajes de agua durante el siglo IX. Se trataba de una intrincada malla de galerías filtrantes de captación que traía el agua desde la sierra o los acuíferos locales hasta el alcazaba.Madrid

La villa en tiempos de Felipe II

Cuando Felipe II mudó la Corte a Madrid en 1561, la villa sufrió un empujón demográfico brutal. Los grandes complejos religiosos, como San Felipe el Real, las Descalzas Reales, la Encarnación o San Francisco el Grande, terminaron adueñándose de manzanas enteras. Eran verdaderas fortalezas autárquicas con moneda propia, almacenes y redes de influencia. Y, como es lógico, necesitaban comunicarse entre sí o con la propia Corona sin que el populacho se enterase de cada movimiento.

Entre la clausura y la comunicación discreta

Hay algo fascinante en el modo en que la política y la religión resolvían sus servidumbres espaciales. El caso más claro y mejor estudiado es el pasadizo subterráneo que enlazaba el Monasterio de la Encarnación con el antiguo Alcázar Real, en el espacio que hoy ocupa la Plaza de Oriente.

Lope de Vega o el propio Conde-Duque de Olivares conocían bien de lo que hablaban al referirse a estos corredores. La idea no era crear un refugio de película, sino algo mucho más práctico: permitir que los reyes y su séquito asistieran a los oficios o visitas a las monjas de clausura sin mezclarse con el barro de las calles, la intemperie o las miradas de los curiosos. Bastaba bajar unos peldaños desde las dependencias reales para cruzar al convento en un par de minutos, a cubierto y en seco.

Cruzar por debajo permitía sortear la rígida normativa de clausura sin romper el aislamiento ante la vista pública. Una trampa legal hecha con cal y canto, si se quiere ver así.

El agua, los bienes y la evacuación

Por mucho que nos atraiga el relato de los espías y los pasillos secretos, la gran mayoría de estas galerías cumplía funciones bastante más prosaicas. La vida en un convento del barroco exigía resolver tres cosas básicas:

  1. Agua constante: Las minas subterráneas privadas garantizaban el riego de las huertas interiores y alimentaban los pilones del claustro.
  2. Despensa y frescura: El calor estival de la meseta destruía las provisiones. Guardar el aceite, el grano y el vino en galerías subterráneas a catorce grados constantes era una cuestión de supervivencia económica.
  3. Saneamiento: Antes de la red moderna de alcantarillado, estas galerías servían para evacuar aguas residuales hacia los cauces naturales lejos del casco urbano.

Llega la desamortización

Con la Desamortización de Mendizábal en 1836, la piqueta entró a saco. Se demolieron conventos enteros, se abrieron vías amplias como la calle Sevilla o las plazas de Callao y el Carmen, y la red de galerías perdió su razón de ser. Bastantes tramos acabaron cegados con escombros; otros se vinieron abajo por el peso de los nuevos edificios decimonónicos y no pocos quedaron cortados para siempre al trazarse las primeras líneas del Metro a comienzos del siglo XX.Convento

Un patrimonio fragmentado que reaparece

En la actualidad, topárselos es una mezcla de azar y arqueología preventiva. Cada vez que una constructora abre una zanja en la Latina, junto a la calle del Reloj o en la Costanilla de los Ángeles, aparece el tramo de una bóveda o la boca de un pozo olvidado.

Caminar hoy por esas calles del centro cobra otro peso cuando recuerdas lo que hay a solo tres metros bajo las suelas de tus zapatos: los restos de una ciudad en la sombra que prefirió resolver en la penumbra lo que en la superficie resultaba demasiado aparatoso o prohibido.

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