Interior alertó, tras el 23-F, que el Rey sufría «un deterioro personal y profesional» dentro del Ejército
Un documento desclasificado de Interior recomendó tras el 23-F "evitar que el Rey asuma el control permanente del ejército"

Un documento secreto del Ministerio del Interior, fechado el 12 de diciembre de 1981, diez meses después del golpe de Estado del 23 de febrero, revela el profundo malestar interno en las Fuerzas Armadas tras el intento golpista y expone una de las mayores preocupaciones del Estado en plena transición: el deterioro del liderazgo del Rey y el temor a que la Corona acabara asumiendo el control permanente del Ejército.
El informe, clasificado como SECRETO y ahora desclasificado junto a otra documentación oficial del 23-F, afecta directamente a Juan Carlos I. El documento reconoce que, tras el 23-F, «la figura del Rey sufre un deterioro personal y profesional» dentro de las propias Fuerzas Armadas.
Ese deterioro se atribuye a que el monarca habría asumido una posición sustitutoria del liderazgo militar, algo que, según Interior, estaba generando tensiones internas. De ahí que el documento marque como objetivo principal uno especialmente sensible:
«Evitar que el Rey asuma el control permanente del Ejército, elevando su liderazgo».
El documento propone reforzar el mando profesional, fomentar la obediencia al Gobierno y a la Constitución y limitar el protagonismo directo del Rey en la dirección militar cotidiana.
Además, Interior plantea impulsar un nuevo liderazgo militar basado en jefes sin afinidades políticas, con experiencia operativa, prestigio interno, respaldo internacional, formación católica y capacidad para relacionarse con los medios y con la sociedad civil.
También propone acelerar la modernización del Ejército, evaluar objetivamente a los mandos, multiplicar las actividades operativas y crear órganos específicos para responder a informaciones periodísticas que dañaran la imagen militar.
El documento reconoce que la llegada de la Monarquía fue aceptada por la mayoría de los mandos militares por considerarla «uno de los deseos de Franco, expresados en su testamento», y que esa aceptación se tradujo inicialmente en una lealtad al nuevo régimen. Sin embargo, el propio análisis señala que 1980 marcó una frontera entre la credibilidad y la desconfianza hacia el sistema político.
Tras el 23-F, ese malestar se intensifica. El informe describe cómo los hechos del golpe obligaron a muchos militares a elegir «entre la disciplina y el honor», una disyuntiva que, según Interior, fue alimentada por sectores golpistas y por el tratamiento mediático posterior.
El Ejército bajo sospecha tras el 23-F
Uno de los ejes centrales del documento es la sensación de vigilancia y desconfianza que se instala en las Fuerzas Armadas tras el fracaso del golpe. El texto habla de una «evaluación permanente de la fidelidad a la línea de mando», impulsada tanto desde el Gobierno como desde los medios de comunicación.
Así Interior sostiene que el sensacionalismo mediático fue interpretado por muchos militares como una campaña premeditada de desprestigio, proyectando ante la sociedad una imagen de afecto o desafecto hacia el Ejército en función de la ideología de cada medio.
Ahora, lejos de cerrar la crisis del 23-F, este documento demuestra que diez meses después el Estado seguía temiendo nuevas fracturas internas, desconfiaba del equilibrio entre Gobierno, Ejército y Corona y consideraba imprescindible reordenar el poder militar.