¿El Gobierno de Rajoy comunicó mal el ‘procés’ al mundo? “No te digo yo que no”

Rajoy
El ex presidente del Gobierno Mariano Rajoy.

El Gobierno de España, aún en manos de Mariano Rajoy, «se dejó ganar por el secesionismo catalán sin ni siquiera haber dado una mínima batalla», según detalla el periodista Juan Pablo Cardenal en ‘La Telaraña’ (Editorial Ariel), un libro en el que relata cómo las élites independentistas, de dentro y fuera de la Generalitat, construían toda una trama exterior separatista con dinero público y erigían una vergonzante leyenda negra sobre España.

En el prólogo, el periodista José Ignacio Torreblanca dejó en evidencia el inmovilismo del presidente del Ejecutivo cuando le expuso que, a pesar de haber “cerrado el paso” a un posible apoyo por parte de algún país de Europa a la causa separatista catalana en las vísperas del 1-O, tendría que “reconocer que la batalla de la opinión pública internacional y de los medios de comunicación la hemos perdido por completo”. Rajoy, con su galleguismo habitual, ese que en ocasiones ha despertado iras y carcajadas, para qué engañarnos, contestó airado: “No te digo yo que no”.

Creyó, quizá, el Gobierno que sólo con tener la razón era suficiente, sin embargo, el independentismo catalán llevaba desde la ‘era Pujol urdiendo un envolvente telar envenenado que intoxicaría a gran parte de la prensa internacional, así como a juristas o a intelectuales a los que se les presupone una opinión objetiva e impermeable al mensaje separatista donde España es, como poco, un Estado opresor donde la democracia es impostada y donde, además, no hay garantías jurídicas para los ciudadanos que son juzgados por un delito de rebelión y sedición.

Resulta sonrojante reconocerlo, es cierto, pero el Palacio de la Moncloa se batió en retirada cuando estalló el fuego del ‘procés’ tras el 1-O de 2017. “Mantenerse en silencio mientras la Generalitat estaba en abierta rebelión y hacía uso de toda su artillería pesada fue nefasto. Generó una bola de nieve en la opinión pública internacional, arruinó la reputación de España y dio alas al independentismo porque quien calla otorga”, explica Cardenal.

Un detalle, desde luego, que no resulta baladí. Cardenal comenta, con los números del Informe 1.319 del Tribunal de Cuentas, que la Generalitat de Cataluña gastó en acción exterior al menos 417 millones de euros entre 2011 y 2017 para, casi de forma exclusiva, impulsar en el extranjero la secesión catalana invitando a periodistas a Cataluña o impartiendo conferencias sobre la autodeterminación aprovechando el desconocimiento real de los presentes en las citadas charlas sobre la relación de España con una de sus diecisiete comunidades autónomas.

Porque, según detalla, la mayor parte de los medios extranjeros, amén de algunos altos cargos de la Comisión Europea (CE), compraron el mensaje del separatismo catalán ante el “cortocircuito que se intuía en el Gobierno”, eso que, por otro lado, “estaba llamado a defender lo que nos querían arrebatar”. Cardenal expresa su profundo malestar por el desamparo al que el Ejecutivo de Rajoy sometió a España no actuando a tiempo mientras tras el 6 y el 7 de septiembre de 2017, el Parlament debatió y aprobó las leyes del referéndum y de transitoriedad jurídica que harían saltar por los aires el orden establecido con la colocación de urnas, apertura de colegios electorales y campañas a favor de la secesión bajo una falacia inconstitucional regada con fondos públicos.

Frente a todo, Moncloa

Mientras toda esta apisonadora separatista aplastaba la Constitución española y elevaba su mentira a verdad de tanto repetirla, Rajoy cometió el pecado del ‘esperón’. Se sentó a las puertas de Moncloa para ver el cadáver de su enemigo pasar, sin embargo, los únicos lanceados de muerte fueron el mismísimo presidente y la unidad de España. La comunicación llevada a cabo por el Gobierno con respecto al ‘procés’, según Cardenal, “fue un desastre total” y levantó las iras, no sólo de los independentistas y la prensa extranjera, sino también “de los suyos” porque consideraban que estaba “dejándose vencer porque quien calla otorga”.

Gran parte de la responsabilidad la posa el periodista sobre Carmen Martínez de Castro, secretaria de Estado de Comunicación y mano derecha de Rajoy. “Creíamos que no interesaba que el asunto tomara dimensión internacional”, en palabras de Martínez de Castro. No exponía a Rajoy a entrevistas internacionales, sobre todo tras la experiencia con ‘Bloomberg’, esa en la que el presidente contestó alegremente a preguntas sobre Luis Bárcenas y que más tarde se intentó no emitir. ‘Bloomberg’ se negó a pactar preguntas y respuestas, por lo que el Ejecutivo no se comunicaba con los medios extranjeros y “muchos corresponsables lamentaron públicamente la inoperancia comunicativa del Ejecutivo, mientras que en Cataluña llevaban años dando todas las facilidades”.

Esa “mentalidad comunicativa temerosa”, explica el autor de ‘La Telaraña’ se manifestaba también en “los viajes al extranjero” donde las entrevistas con los grandes medios “se rechazaban por sistema” perdiendo oportunidades de oro para elevar el mensaje gubernamental. Martínez de Castro, además, según Cardenal, le comentó que “ignoró la acción global de los independentistas porque eso es lo que hace un Gobierno serio. Una responsable de Comunicación, por cierto, que apenas habla cuatro palabras en inglés y cuya idea de la comunicación en la era de internet es propia del siglo pasado”.

Por ello, “mientras los ‘indepes’ hablaban idiomas e intentaban intoxicar a todo el mundo, a menudo con éxito, los de Rajoy no se movían de la silla y no le cogían el teléfono al ‘New York Times’ porque no encontraban a nadie que hablara inglés”.

Intoxicación e ignorancia, un cóctel letal

“El Gobierno estuvo a punto de abrir una grieta en la Comisión Europea”, detalla en ‘La Telaraña’ el autor. En esta línea, Cardenal relata una anécdota muy reveladora durante una conversación con una eurodiputada portuguesa con la que tenía cierta relación personal desde 2009 y sobre la que, apunta, tiene una excelente opinión. “Desayunando mano a mano, deslizó la primera perla: ‘Que mi amigo –Raul– Romeva esté en la cárcel es una vergüenza. He pedido ir a verle y las autoridades españolas no me han contestado, ¿cómo puede pasar esto en un país democrático?”.

Ante su incredulidad, relata Cardenal, apuntó hasta en dos ocasiones que se debía exonerar a Romeva de toda responsabilidad porque “es una persona de izquierdas”. Pero, además, explica el autor, acusó al PP de tumbar el Estatuto de 2006, ante lo cual le aclaró que “no fue el PP, sino el Tribunal Constitucional el que declaró inconstitucionales “un puñado” de preceptos impugnados.

“Su respuesta fue impropia de alguien de nivel intelectual que se le presupone: ‘¡Son jueces fascistas!’. Estuvo pletórica: metió en la coctelera el Valle de los Caídos, habló de negociar una solución política –ignorando que el delito de sedición y rebelión están tipificados en el Código Penal, y esto no lo dice Cardenal, lo dice la jurisdicción española– y aseguró que con dinero se arreglaría todo”.

Estaba claro, la lusa pecaba de ignorancia que, por otro lado, es muy osada, y, además, había comprado el mensaje de Artur Mas y la asfixia fiscal y económica del Gobierno central que le obligó a adelantar elecciones. –“España nos roba”, recuerden, a pesar del robo a manos llenas de Pujol–. Carles Puigdemont –que habla varios idiomas– dando a conferencias sobre su causa, a la que ha consagrado su vida y un órgano de propaganda total sufragado con el dinero de todos: TV3.

¿Polvos, lodos, Rajoy? “No te digo yo que no”.

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