Psicología

Un psicólogo pasó 30 años observando a niños que nunca fueron regañados: los resultados no son los que imaginas

Un psicólogo
Janire Manzanas
  • Janire Manzanas
  • Graduada en Marketing y experta en Marketing Digital. Redactora en OK Diario. Experta en curiosidades, mascotas, consumo y Lotería de Navidad.

Durante décadas, la educación sin castigos ni límites se presentó como la alternativa perfecta al modelo autoritario tradicional bajo consignas como «el niño sabe lo que necesita» o «déjale ser libre y aprenderá por sí mismo». Sobre esta premisa se construyó una generación de padres que apostaron por una crianza completamente centrada en el bienestar emocional inmediato de los hijos. En este contexto, un psicólogo dedicó 30 años a observar el desarrollo de niños educados sin prohibiciones y restricciones.

Cuando estos jóvenes llegaron a la vida adulta, lo que descubrió fue sorprendente y, en algunos casos, muy preocupante. «Creí que la ausencia total de límites haría a los niños más felices. Pero los hizo más frágiles», resume. ¿El motivo? Muchos enfrentaban una realidad muy distinta a la esperada: vivían con sus padres, carecían de estabilidad laboral, sentían que «la vida era demasiado difícil», tenían dificultades para organizarse, concentrarse o tomar decisiones y sufrían ansiedad ante la mínima responsabilidad. Según el psicólogo, esto se debe a que «se les privó del entrenamiento emocional que toda persona necesita para enfrentarse al mundo».

Una infancia en la que todo está permitido

La filosofía de este grupo de padres partía de una premisa muy clara: permitir a los niños explorar el mundo sin restricciones. Creían que la autonomía total equivalía a libertad, y que la libertad absoluta formaría adultos seguros, creativos y emocionalmente equilibrados. Durante su infancia, nunca se les levantó la voz, no se les impuso ninguna norma, no tenían horarios estrictos, no conocían el concepto de prohibición, sus deseos eran considerados necesidades innegociables y cualquier signo de frustración era tratado como algo que debía evitarse a toda costa.

La intención era buena: criar personas libres. Pero la libertad mal entendida puede convertirse en abandono emocional encubierto. Tal como señaló el psicólogo tras años de observación, «un niño que nunca se encuentra con un límite crece creyendo que el mundo funciona como él quiere».

La adolescencia

Hasta la adolescencia, muchos de estos niños habían vivido en entornos controlados, adaptados a sus necesidades. Pero el instituto, los profesores, los compañeros y las primeras responsabilidades externas no podían moldearse en función de sus deseos. Y entonces apareció la primera reacción inesperada: la agresividad ante el «no».

«Carecían de frenos internos. La palabra «no» les provocaba agresividad. Cualquier negativa les provocaba histeria. No sabían cómo resistir un golpe. Cuando llegaba el dolor, no buscaban una solución, sino a alguien a quien culpar. Un cerebro que nunca había conocido límites demostró ser incapaz de soportar ni siquiera el más mínimo estrés».

La vida adulta

Al llegar a la adultez, la mayoría de estos jóvenes se enfrentó al mundo real por primera vez. Tenían libertad, sí, pero también obligaciones para las que no estaban preparados.

Una negativa (por más razonable que fuera) desencadenaba crisis emocionales y cualquier conflicto se interpretaba como traición. Asimismo, el estrés les provocaba bloqueos, huidas o reacciones impulsivas. Algunos abandonaron sus primeros trabajos simplemente porque se les pidió cumplir un horario o entregar un informe.

«El trabajo se convirtió en una tortura para ellos. Porque el trabajo significa disciplina, plazos, responsabilidad. Y les enseñaron: «Haz solo lo que disfrutas». Su primer jefe les exigió un informe, y simplemente renunciaron. No por protesta, sino por incapacidad. Un mundo al que tenían que adaptarse les parecía hostil».

Por otro lado, «su vida personal era aún peor. Si su pareja decía «no», se desmoronaban. El conflicto se sentía como una traición. El compromiso como violencia. Exigían amor incondicional, pero ellos mismos no sabían cómo darlo. Porque su infancia transcurrió bajo un único lema: «eres especial». Y cuando la realidad no coincidía con esto, su psique no podía soportarlo».

El hallazgo principal de la observación fue contundente: la ausencia total de límites perjudica la formación de la resiliencia.

«Pensé que la ausencia de castigo hacía felices a los niños. Pero crecieron indefensos. Porque no saben vivir en un mundo donde las cosas no salen como ellos quieren Límites, prohibiciones, la palabra «no»: eso no es violencia. Es entrenamiento mental. Sin ellos, la psique no madura, sino que permanece tan frágil como la de un niño. A los 30 años, muchos de los participantes vivían con sus padres. Sin familia, sin carrera, sin apoyo. No porque fueran estúpidos. Porque se les privó del dolor. Y el dolor es lo único que hace a una persona resiliente».

El mensaje central que se desprende de esta experiencia no es que haya que castigar ni volver a modelos autoritarios, sino entender que que una crianza equilibrada se sostiene sobre tres pilares fundamentales. El primero es el amor incondicional: los niños necesitan sentirse queridos, valorados y seguros para poder explorar el mundo con confianza. El segundo son los límites claros y coherentes, establecidos con calma y aplicados con constancia, porque las normas no son una forma de control, sino un marco que da seguridad. El tercero es permitir una frustración adecuada a la edad, evitando la sobreprotección y dejando que los pequeños enfrenten pequeñas decepciones que fortalecen su resiliencia.

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