Ésta esa la sencilla (y sorprendente) razón por la que algunos niños hablan antes que otros
Un estudio revela el porqué algunos niños son capaces de hablar antes de tiempo
Ayudar al niño a hablar: errores que no se deben cometer
Si tu hijo saca malas notas, quizá debas alegrarte: puede ser más inteligente de lo normal

Las primeras palabras de un niño suelen llegar en medio de una mezcla de sorpresa, ternura y curiosidad por lo que acaba de pasar. Algunas familias las escuchan muy pronto, casi sin esperarlo, mientras que otras tienen que esperar un poco más. Y claro, ante ese abanico tan amplio de ritmos, lo habitual es que surjan dudas: ¿por qué hay niños que se lanzan a hablar antes que otros? ¿Hay algo detrás de esas diferencias o simplemente es cuestión de tiempo? Parece que la ciencia, o de hecho, un estudio, tiene la respuesta concreta.
Un trabajo internacional liderado por la psicóloga Elika Bergelson, investigadora de la Universidad de Harvard, publicado en la revista científica PNAS, intentado aclarar esa cuestión de porqué algunos niños son capaces de hablar antes de que otros. Su equipo lleva años siguiendo a niños de distintos países para entender qué factores marcan realmente el desarrollo del lenguaje y cuáles no parecen tener tanta influencia como se pensaba. El estudio se centró en algo que pasa desapercibido en el día a día: la cantidad de lenguaje que rodea al niño. El resultado ha llamado la atención porque apunta a una explicación mucho más sencilla de lo que podría esperar cualquier familia.
Más palabras a su alrededor, más intentos por hablar
El análisis, en el que participaron más de mil niños menores de cuatro años, incluyó grabaciones de audio tomadas en situaciones cotidianas. No se trataba de observar a los pequeños en un laboratorio, sino escuchar cómo era su día normal, es decir, un día con juegos en casa, paseos, conversaciones entre adultos, el bullicio que se genera en una cocina o un salón. En definitiva todo el ambiente o ruido que rodea al bebé en su vida.
Y al revisar más de 40.000 horas de audio con herramientas de aprendizaje automático, los investigadores se encontraron con un patrón muy claro. Los niños que escuchaban más conversaciones de adultos eran, precisamente, los que más vocalizaban ellos mismos. No importaba si vivían en un hogar bilingüe, si los padres tenían estudios universitarios o si llevaban una vida más o menos acomodada. Tampoco el género marcó diferencias significativas.
Lo que sí parecía influir era la exposición constante al habla adulta. Cuantas más palabras oían durante el día los bebés, más sonidos producían, más balbuceos aparecían y, en definitiva, más intentos de comunicarse con sus padres, o de hecho, con quien le rodea.
La edad también influye, pero no lo explica todo
Como ocurre con la mayoría de hitos del desarrollo, la edad tiene un papel evidente. Según el estudio, cada año añadido se traduce en unas 66 vocalizaciones más por hora. Ese crecimiento está dentro de lo esperado, ya que el cerebro del niño evoluciona muy deprisa en los primeros años.
Sin embargo, los investigadores observaron algo más. Por cada 100 vocalizaciones que escuchaba un niño por parte de un adulto, él mismo producía unas 27 vocalizaciones adicionales. Es un efecto considerable, que además se intensificaba con la edad, ya que cuanto mayor era el niño, mayor era la respuesta al lenguaje que recibía.
Un detalle llamativo que señala el estudio es que este efecto era más fuerte que el asociado a algunas dificultades del desarrollo, como la dislexia. En promedio, los niños con un desarrollo lingüístico no normativo producían 20 vocalizaciones menos por hora. Aun así, la influencia que tiene el entorno comunicativo seguía siendo mayor.
¿Quién impulsa a quién?
El estudio abre un debate que seguro muchos padres tendrán y que se basa en ¿son los niños más expresivos quienes provocan que los adultos les hablen más, o es esa exposición al lenguaje la que lleva a los pequeños a intentar comunicarse antes? Bergelson reconoce que todavía no hay una respuesta definitiva. Podrían estar ocurriendo ambas cosas a la vez.
En cualquier caso, los datos apuntan a una idea sencilla: un entorno donde se habla, se comenta y se responde a los balbuceos del niño favorece que este participe más del intercambio comunicativo, aunque aún no forme palabras claras.
Qué significa esto en la práctica
Los autores insisten en que su estudio analiza la cantidad de vocalizaciones, pero no la riqueza del vocabulario o la complejidad gramatical. Por tanto, otros factores, como pueden ser leer cuentos, jugar con lenguaje o tener conversaciones más elaboradas, pueden influir en fases posteriores del desarrollo.
Pero en los primeros años, lo que parece marcar la diferencia es algo tan básico como hablar cerca del niño. No se trata de ejercicios estructurados, ni de presiones ni comparaciones. Bastan los gestos de siempre: narrar lo que hacemos, responder a sus sonidos, contarle lo que vemos o mantener conversaciones normales en su presencia.
Y al final cada niño acabará encontrando su ritmo. Este estudio simplemente recuerda que, detrás de esos ritmos distintos, a veces hay factores muy cotidianos que pueden ayudarles a lanzarse antes.