Adiós a la tradición que sólo se conoce en España: los médicos apuestan por un cambio radical
Durante la digestión, aumenta el flujo sanguíneo hacia el aparato digestivo
Después de comer, la glucemia aumenta de manera fisiológica
Desde el punto de vista cardiovascular, esta práctica también contribuye a evitar largos periodos sentados
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Después de una comida copiosa, el cuerpo parece pedir tregua. La clásica modorra de sobremesa invita a tumbarse en el sofá y cerrar los ojos durante unos minutos. Sin embargo, cada vez más especialistas en salud metabólica recomiendan justo lo contrario: no hacer siesta, levantarse y dar un paseo ligero. La escena es cotidiana, pero detrás de esa sensación de somnolencia hay procesos fisiológicos complejos que tienen que ver con la digestión, la regulación de la glucosa y el equilibrio hormonal. Así que diremos adiós a esta tradición tan nuestra. Entenderlos ayuda a tomar decisiones más conscientes sobre cómo gestionar ese momento del día.
La llamada “siesta postprandial” forma parte de la cultura mediterránea, pero no siempre es la mejor opción desde el punto de vista metabólico. Tras ingerir alimentos, especialmente si contienen una cantidad elevada de hidratos de carbono, los niveles de glucosa en sangre aumentan y el páncreas libera insulina para facilitar su entrada en las células. Este mecanismo es normal y necesario, pero puede generar oscilaciones energéticas que se traducen en cansancio. Diversos estudios en el ámbito de la fisiología del ejercicio, como explica una publicación de @reportemedico, han mostrado que una actividad física suave después de comer contribuye a estabilizar esos aumentos, favoreciendo una digestión más eficiente y un mayor bienestar general.
Un estudio destierra la tradición que sólo se conoce en España
La sensación de sueño tras la comida no se debe únicamente a “haber comido mucho”. Intervienen factores hormonales y neurológicos. Durante la digestión, aumenta el flujo sanguíneo hacia el aparato digestivo y se liberan sustancias como la serotonina, asociada a la relajación. Además, si la comida ha sido rica en azúcares simples, el ascenso rápido de glucosa puede ir seguido de una bajada relativamente brusca, lo que intensifica la fatiga.
La Organización Mundial de la Salud, en sus recomendaciones sobre actividad física y salud publicadas en su portal oficial, recuerda que el sedentarismo sostenido se asocia a un mayor riesgo de alteraciones metabólicas. Permanecer inmóvil justo después de una ingesta abundante no ayuda a que el organismo gestione de forma óptima esa carga energética.
El papel de la glucosa en el bajón energético
Cuando hablamos de siesta, o la tradición que sólo se conoce en España, la glucosa ocupa un lugar central. Después de comer, la glucemia aumenta de manera fisiológica. Si la respuesta insulínica es eficaz, los niveles vuelven a la normalidad en un plazo razonable. Sin embargo, en personas con resistencia a la insulina o con hábitos sedentarios, ese proceso puede ser más lento.
Investigaciones difundidas por la Universidad de Cambridge, a través de su departamento de Medicina Clínica, han señalado que pequeños periodos de actividad tras las comidas mejoran el control glucémico, incluso en quienes no tienen diabetes. Caminar durante diez o quince minutos activa la musculatura de las piernas, que actúa como un “sumidero” de glucosa, utilizando parte de ese exceso como fuente de energía inmediata. El resultado suele ser una curva más estable y menos propensa a altibajos bruscos.
Beneficios metabólicos del paseo ligero
Ahora bien, no se trata de hacer deporte intenso nada más terminar el postre. Un paseo a ritmo cómodo es suficiente para obtener efectos positivos. Al mover el cuerpo, aumenta la sensibilidad a la insulina y se facilita el transporte de glucosa hacia las células musculares. Además, se estimula la motilidad intestinal, lo que puede reducir la sensación de pesadez.
Desde el punto de vista cardiovascular, esta práctica también contribuye a evitar largos periodos sentados, un factor de riesgo reconocido. Caminar después de comer ayuda a mantener un gasto energético más equilibrado a lo largo del día y puede influir favorablemente en el control del peso corporal cuando se convierte en hábito.
¿Y sobre la tradición que sólo se conoce en España?
La siesta breve, de entre diez y veinte minutos, no es perjudicial en sí misma y puede mejorar la concentración si se realiza en el contexto adecuado. El problema aparece cuando se prolonga demasiado o sustituye sistemáticamente a la actividad física. Dormir inmediatamente después de comer no favorece el uso activo de la glucosa circulante y puede reforzar la sensación de letargo.
En personas con dificultades para regular el azúcar en sangre, como quienes presentan prediabetes, optar por el movimiento suave en lugar del descanso inmediato puede ser importante tenerlo en cuenta. La clave está en escuchar al cuerpo, pero también en comprender qué necesita a nivel fisiológico.
Así que quizás el cuerpo es sabio y si uno está muy cansado tras una comilona, especialmente en fin de semana, una siesta de 30 minutos no le hace daño a nadie. Lo importante es no hacerlo a diario.
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