Sánchez, el peligro real para la infancia

Pedro Sánchez, redes sociales

Pedro Sánchez, en su enésima cortina de humo para que no hablemos de Begoña, de Koldo, de Ábalos, de Salazar, del hermanísimo que no ha ganado —injustamente— media docena de Grammys y Grammys Latinos, de Otegi, de Cerdán, de las mascarillas, de su actitud durante la DANA —poca diligencia en mandar soldados y mucha en copar el consejo de RTVE—, de las vías férreas que matan gente, del colapso ferroviario, del saqueo separatista de las arcas públicas y del apagón causado por su fanatismo climático —entre otros temas —, ha decidido «salvar» a nuestros niños.

Y para «salvar» a nuestros niños va a prohibir el acceso a las redes a los menores de dieciséis años. Va a ser una medida inoperante, porque no habrá chaval en España que deje de acceder a las redes cuando lo desee, porque no tardarán en aparecer mil y una maneras de burlar las prohibiciones gubernamentales. Pero estaremos unos cuantos meses hablando del tema, y quien discrepe de una medida que oscila entre la censura y la pura distracción —ya que Sánchez no puede bombardear cuando tiene problemas políticos, como hacía Bill Clinton, ha de buscarse la vida— será tachado de «enemigo de nuestros niños».

Pero Sánchez, además de intentar que no hablemos de Begoña y Koldo durante unos días, ya tendrá la excusa para cerrar o tapar la boca a dichas redes cuando lo desee, con la excusa de «no hacer lo suficiente» para «proteger a nuestros niños». Que es la auténtica obsesión del PSOE: acallar las voces discrepantes que se han tenido que refugiar en las redes ante la toma de buena parte de los grandes medios por parte del Gobierno, desde RTVE hasta el aluvión de medios subvencionados y concertados del sanchismo.

El auténtico peligro para los niños es Pedro Sánchez, que está destruyendo nuestro país y, por lo tanto, su futuro. El presidente del Gobierno es el que ha conseguido que el AVE, que hasta no hace tanto era un orgullo nacional, se haya convertido en un desastre. Es el que ha profundizado el tradicional mal estado de las Cercanías, que han colapsado durante los mandatos de Ábalos y Puente. Es el que apenas invierte en mantenimiento y posibilita que nuestras carreteras sean un peligro —su solución es poner cartelitos de «firme en mal estado»—. Es el que, a pesar de las buenas cifras macroeconómicas, mantiene el paro juvenil en cifras muy altas. Es el que se llena la boca de «construir viviendas», pero apoya leyes que dificultan la construcción y que aumente el parque de alquiler. Es el que ha profundizado en el terror fiscal y que usa todo tipo de artimañas recaudatorias —ahí está la no actualización de las tarifas del IRPF— para acumular el dinero que necesita para comprar los votos de sus «socios» en el Congreso.

Pero no solo es un desastre en lo «material». También lo es en lo que no se ve, en lo que es el nervio de la nación. Sánchez está dinamitando todas las instituciones, desde el Tribunal Constitucional hasta el Centro de Investigaciones Sociológicas, pasando por RTVE. Es el que destroza la igualdad de los españoles ante la ley, favoreciendo las ansias totalitarias de la tropa de partidos fanáticos y separatistas que solo buscan trocear España para mantener el clientelismo en sus taifas. Es el que ha dinamitado nuestro Estado de Derecho amnistiando a golpistas y blanqueando a ETA, esa banda que mató a más de ochocientas personas y destrozó las Vascongadas provocando el exilio de cerca de trescientas mil vascos. Por no hablar del escándalo de los menores tutelados en Cataluña, un melón por abrir que afecta a los socios más fieles del PSOE —ERC— y que los socialistas se empeñan en tapar. El sanchismo sí que es un peligro para nuestra juventud, y no las redes sociales.

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