Marlaska, por España, dimite

Marlaska, por España, dimite
Diego Buenosvinos

La responsabilidad política empieza precisamente donde termina la coartada de la imprevisibilidad. Un ministro del Interior no tiene la obligación de adivinar el futuro; tiene la obligación, bastante más modesta y bastante más exigente, de interpretar las señales que recibe, ponderar los riesgos y actuar antes de que la realidad convierta una advertencia en una catástrofe.

Y es que hay algo profundamente inquietante, y también revelador, en la explicación que Fernando Grande-Marlaska ha ofrecido sobre lo ocurrido en Ceuta. No es sólo que el ministro del Interior sostenga que nadie pudo prever una entrada masiva de decenas de miles de personas. Es que, al mismo tiempo, reconoce que en los días anteriores ya se había detectado un aumento de las entradas de menores y que esa circunstancia no constituía una preocupación. La cuestión, por tanto, no es si Marlaska conocía el fenómeno: lo conocía. La cuestión verdaderamente política es qué hizo con esa información: absolutamente nada.

Ahí empieza una historia mucho más incómoda que la de un simple fallo de previsión. Porque una cosa es no saber cuántas personas acabarán llegando y otra, muy distinta, no comprender que cuando una presión fronteriza aumenta de manera apreciable, conviene prepararse para que pueda aumentar todavía más. En seguridad, la prudencia no consiste en adivinar el futuro; consiste en no despreciar las señales del presente. Pero hay más, 80.000 personas cantan antes de llegar a la frontera, señor Marlaska. 

Y aquí aparece la frase que debería quedar como epitafio administrativo de esta crisis: era verano. Resulta que, antes de la entrada masiva de inmigrantes en Ceuta del pasado 30 de julio, Interior había detectado un incremento de las llegadas de menores. El propio ministro lo ha reconocido. En la semana previa habían entrado alrededor de 1.000 personas y, como estábamos de vacaciones, es normal y nos tumbamos de nuevo en la arena.

Mil personas en siete días en una ciudad que no es una frontera cualquiera, sino territorio español situado a escasos kilómetros de Marruecos y una de las puertas exteriores de la Unión Europea. Para Marlaska, sin embargo, el dato entraba dentro de lo esperable: en verano las entradas aumentan y para eso estaban preparados. El problema es que después llegaron decenas de miles.

El Gobierno ha situado en torno a 70.000 las llegadas en un solo día, mientras otras cifras manejadas públicamente han elevado el episodio hasta cerca de 80.000. El propio Marlaska reconoce ahora que aquello fue «extraordinario», «excepcional» y «difícil de imaginar», vamos, como si estuviese viendo una película de García Berlanga.

No estamos hablando de una predicción imposible. Estamos hablando de una evolución que Interior estaba siguiendo y que el propio ministro calificó de no preocupación. Y eso cambia completamente el sentido de cualquier discusión en el seno del Consejo de Ministros.

«Una preocupación». Estas palabras resultan casi enternecedoras si se las coloca al lado de lo que sucedió después. Porque cuando un fenómeno fronterizo pasa de ser una preocupación a convertirse en una emergencia nacional, la diferencia entre ambas cosas no debería descubrirse retrospectivamente.

Y ahí aparece la pregunta esencial: ¿qué significa exactamente estar preparado?

El ministro asegura que el Gobierno estaba actuando y que había incrementado el número de guardias civiles en la protección marítima y terrestre. También ha defendido la cooperación con Marruecos y ha insistido en que nadie podía prever una situación semejante.

Este ministro está acostumbrado a llegar después de los acontecimientos; así no le toca en nada, sobre todo en lo referente a posibles dimisiones.

Marlaska ha desarrollado una resistencia política poco común. La realidad puede golpear a la puerta de Interior, el Parlamento puede reprobar su gestión y los agentes pueden reclamar más medios; él, sin embargo, continúa administrando el cargo con una serenidad que a veces parece impermeable a los acontecimientos. Pasó con Melilla. Pasó con Barbate, con sus altos cargos policiales. Y ahora Ceuta vuelve a colocarle en el centro de una crisis de seguridad.

No es necesario recurrir a calificativos para medir la magnitud del desgaste político. Basta con mirar el Parlamento. En febrero de 2023, el Congreso reprobó a Marlaska por su gestión de la tragedia de la valla de Melilla, con 173 votos a favor, 160 en contra y 15 abstenciones. En febrero de 2024, el Senado volvió a reprobarlo por su gestión tras el asesinato de dos guardias civiles en Barbate; una semana después, el Congreso hizo lo mismo, con 171 votos a favor, 165 en contra y 11 abstenciones.

Y esto no es una cuestión de gustos. Las reprobaciones parlamentarias no significan que un ministro haya sido condenado ni constituyen por sí mismas una sentencia jurídica. Pero sí tienen un significado político: una mayoría parlamentaria considera que su actuación merece un reproche y, tras tantos reproches, ya por España, dimita, señor ministro.

Hay que reconocerle una cualidad que no figura en ningún currículo ministerial: un estómago político extraordinario. Otros ministros, en otras épocas (porque en este gobierno nadie se va), miren a Óscar Puente; después de una sucesión de crisis, reprobaciones parlamentarias y conflictos con los cuerpos de seguridad, habrían considerado al menos la posibilidad de marcharse. Marlaska no. Marlaska permanece.

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