Ciclismo

Federico Martín Bahamontes, ciclista toledano campeón del Tour de Francia: «Ahora un ciclista levanta la mano y tiene agua; en mi época cogíamos el agua de donde bebían las mulas»

Federico Martín Bahamontes
Bahamontes en el Tour de Francia 1960. Foto: Harry Pot para Anefo.
Alejo Lucarás
  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Federico Martín Bahamontes (Val de Santo Domingo, Toledo, 1928-2023) pasó a la historia en 1959 como el primer ciclista español que ganaba el Tour de Francia. Su palmarés incluye seis títulos de la montaña en la carrera francesa, pero el Águila de Toledo también dejó huella fuera de la bicicleta por su manera directa, a veces descarnada, de contar cómo se corría en su tiempo.

Una de sus frases más citadas compara el pelotón actual con el de los años cincuenta y habla de agua, de mulas y de una forma de competir que hoy resultaría impensable. Para entenderla, hay que saber dónde la pronunció, a qué se refería exactamente y de qué infancia venía el hombre que la dijo.

¿Qué quiso decir Federico Martín Bahamontes con el agua de las mulas?

La frase procede de una entrevista que la periodista Laura Meseguer hizo al ciclista en 2014, cuando tenía 88 años, para la revista estadounidense Peloton, especializada en ciclismo.

Preguntado por cómo había evolucionado su deporte desde que él se retiró, Bahamontes fue tajante: «El ciclismo ha cambiado para bien de los ciclistas, pero para mal del espectáculo».

Y lo ilustró con un contraste que se ha repetido desde entonces: «Ahora tienen sed, levantan la mano y tienen agua. Nosotros cogíamos el agua de donde bebían las mulas».

¿Podría ser entonces que se quejaba por mera nostalgia? Pues nada de eso. El toledano lamentaba que se hubiera perdido la imagen del corredor que arreglaba él solo una avería en mitad de un puerto, sin un coche de equipo al lado que le resolviera el problema.

Recordemos que en su época, cada ciclista se buscaba la vida para beber, comer y seguir en carrera. Las fuentes de los pueblos y los abrevaderos del ganado hacían las veces de avituallamiento improvisado, y esa pelea constante contra la sed, el calor y las averías formaba parte del espectáculo que el público veía desde la cuneta.

Para Bahamontes, el ciclismo moderno había ganado en comodidad lo que había perdido en épica.

Avituallamientos de boda y sillines a martillazos: así eran las cosas antes

En aquella misma conversación, que aún se encuentra en línea, el campeón repasó cómo era el día a día del pelotón en los años cincuenta.

Recordaba que se echaban agua en las zapatillas para combatir el calor y que arreglaban el sillín a martillazos. Los avituallamientos, según su descripción, «se ponían en un tablero como si fuese una boda, con bolsas con uvas pasas, higos, pollo frío».

Entre tanto, los desplazamientos tampoco se parecían a los de ahora. De su primer Tour, en 1954, guardaba el recuerdo de un largo viaje en tren hasta París en un vagón de tercera categoría.

Ese mismo año, según contó en 2019 en el programa La Resistencia, llegó a ir desde Madrid hasta Asturias en bicicleta para disputar la Vuelta a Asturias, una anécdota que se hizo viral en redes.

Aquel primer Tour dejó además su episodio más famoso. Con la rueda trasera averiada tras coronar el puerto de la Romeyère, en los Alpes, Bahamontes se detuvo en la cima a esperar al coche de asistencia y aprovechó para tomarse un helado de vainilla.

En su versión, el pelotón tardó catorce minutos en aparecer; y parte de la prensa lo interpretó como un gesto de arrogancia.

Sobre la dura infancia de hambre que forjó a Federico Martín Bahamontes

Aquella capacidad de sufrimiento tenía raíces profundas. Hijo de un peón caminero, Bahamontes vivió la Guerra Civil de niño y, durante la posguerra, trabajó descargando bultos en los mercados de Toledo.

También hacía viajes de estraperlo en bicicleta, cargado con entre 30 y 40 kilos de alimentos que después revendía su madre, y empujaba una carretilla de hasta 100 kilos por las cuestas de la ciudad.

Y como dato curioso, sus comienzos en la competición llegaron casi por casualidad. En una de sus primeras carreras, con ropa de baloncesto prestada y después de comerse «un plátano y un limón» con cáscara por el hambre que tenía, se escapó nada más bajar la bandera y ganó con más de doce minutos de ventaja.

«Nunca tuve afición por el ciclismo, pero cuando pasas fatigas, es la necesidad la que te obliga», confesó años después.

El Tour de 1959 y el legado que le dejó al ciclismo el Águila de Toledo

El consejo que cambió su carrera se lo dio Fausto Coppi durante una cacería de liebres: el italiano le convenció de que podía aspirar a algo más que al premio de la montaña. En 1959, Bahamontes ganó la clasificación general del Tour y se convirtió en el primer español en lograrlo, un hito que ningún compatriota repetiría hasta Luis Ocaña en 1973.

Bahamotes se retiró en 1965, abrió una tienda de bicicletas y motos en Toledo y organizó durante medio siglo la Vuelta a Toledo. En 2002 entró en el Salón de la Fama de la UCI, y el Tour le reconoció oficialmente como el mejor escalador de su historia.

Escultura de Federico Martín Bahamontes en Toledo
Escultura de Federico Martín Bahamontes en Toledo. Foto: Eduardoasb en Wikimedia Commons.

Murió en agosto de 2023, a los 95 años, y según contaba él mismo, no volvió a subirse a una bicicleta desde el día en que la colgó.

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