La fuerza de Vox

La fuerza de Vox
  • Clara Zamora

El presidente del Partido Popular, en su discurso para defender su negativa a la moción de censura presentada por Vox, aludió a la “política adulta” como contrapunto a la proyectada por el partido verde. Esta afirmación encierra un mensaje subliminal que el líder azul agudizó aún más al hablar de la “cruzada de Vox” y de su espíritu medieval. Casado desveló en todas estas afirmaciones dónde se esconde el verdadero secreto del éxito de los que presentaron la que él bautizó como “moción trampa”. Es elogiable el tono del discurso del presidente del PP que, por fin, demostró algo de gallardía, aunque fuera para decir: “Oye, por favor, que la oposición somos nosotros. No vengáis ahora de listillos para quitarnos el sitio, pandilla de novatos”.

¿Cuál es la verdadera fuerza de Vox? La relevancia de las emociones, la pasión y el deseo en el ejercicio político como instrumentos para la construcción de las competencias ciudadanas. La identificación clara y ardiente con una ideología que es reivindicada con valentía, cuyos símbolos están perfectamente definidos y son reconocibles por todos. El conocimiento y la utilización de la cultura emocional como requerimiento,  siendo conscientes de la importancia que tiene en la esfera pública, hasta el punto de que las turbaciones del ánimo como la vergüenza o el asco puedan tenerse en cuenta para fomentar posturas políticas.

El verdadero fervor de este partido, tal como puso Casado sobre su atril, se desarrolla entre la juventud que se identifica con él a través de esa pasión propia de su edad. Se podría hablar entonces, efectivamente, de una “política adolescente”. Gran parte de sus votantes son jóvenes españoles que han heredado de sus padres unos valores que ven reflejados en los líderes de Vox con una claridad, una sencillez y una gallardía que les convence. En este sentido, ciertamente es todo muy “medieval”, pudiendo llegar a hablar de “cruzada” contra el Gobierno. Si en una reunión de jóvenes firmemente afines a la ideología que rige a la derecha política subiera alguno a un estrado y gritara “¡PP!” habría algún aplauso calmado; si gritara “¡Vox!” la euforia llegaría hasta la misma puerta de la Moncloa e, incluso, de la de Galapagar. Un campo de batalla muy afín a la barbarie de la Edad Media y muy poco adulto, pero las pasiones ya están indiscutiblemente involucradas en las dinámicas cotidianas.

Para estos jóvenes, el hecho de decir que su partido es Vox es sinónimo de decir que valoran una familia estructurada, una vida jerarquizada con referentes claros, que no ocultan su fe, que aprecian el orden, la disciplina y la limpieza en todos los ámbitos de su vida y que aman profundamente a su país. Si bien para una sociedad que presuma de ser democrática es imperativo cuestionar permanentemente sus principios tradicionales, este grupo tiene claro que aquellas costumbres que, pasadas por el filtro de la razón, han dado buen resultado deben resistir a los principios normativos de las voces que quieran eliminarlas. Los referentes tienen priorización en el cultivo y el reconocimiento de las emociones para proporcionar bases efectivas y constructivas en el fervor de los seguidores de este partido.

Concluía Casado que todo terminaba en la división de los adversarios. En este sentido, ha sido él el que ha empezado una cruzada tan medieval como incomprensible, alejándose a tierra de nadie. E insisto en que la dinámica de su discurso fue encomiable, parece que esa furia que desata Vox también le sirvió a él para, por una vez, demostrar algo de verdadera pasión política. Convenció más que nunca, aunque fuera mostrando su digno miedo a ser suplantado. En que no era el momento oportuno, estamos todos de acuerdo; sin embargo, lo que ha quedado realmente claro ha sido quién es el líder que habla y quién el que actúa.

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