Tenis: Open de Australia 2026

Alcaraz asciende al Olimpo: somete a Djokovic y conquista su primer Open de Australia

El murciano realiza un ejercicio de solidez y determinación para rendir al rey de Australia

Hace historia al convertirse en el tenista más joven en ganar todos los Grand Slams

Alcaraz

El deporte en general y el tenis en particular escriben una fecha con pincel de oro en los libros de la historia. 1 de febrero de 2026, el día que Carlos Alcaraz rindió (2-6, 6-2, 6-3, 7-5) a Novak Djokovic en su jardín —diez entorchados suma en Australia— y ascendió a otra dimensión. Una en la que solo se encuentra él. Nadie ha ganado los cuatro Grand Slams siendo tan joven. El rey Novak ha caído, viva el rey Carlos. Se eleva en Melbourne por primera vez su puño, que rompió el techo oceánico como solo él sabe hacer, aunque nunca antes hubiera reinado en las Antípodas. Carlos obligó a Novak, guerrero perenne, a sacar la bandera blanca de la rendición el día que completó su corona. El día que se elevó a otra dimensión para disfrute de un Nadal presente en la grada.

El murciano se enfrentaba a más que un tenista. Lo hacía ante todo el aura que rodea al mito de casi 39 años, empeñado en llevar la contraria al tiempo, ese que da caza de manera inexorable a todos, pero del que escapa Djokovic como si fuera Houdini. Con más magia en la muñeca que vida en sus piernas y más sabiduría que cualquier otro tenista del circuito. La experiencia es un grado y el serbio hace años que superó con nota la universidad del tenis. Se conoce y conoce el entorno, simbiosis vigorosa donde las haya.

Nadie confía en Djokovic más que el propio Djokovic, el hombre de las mil vidas y los mil trucos. También para recuperarse de la paliza, de más cuatro horas, en semifinales ante Sinner, el otro jerarca del tenis actual. Aunque claro, su rival en la final no venía de pasar la tarde en el sofá. Hasta las cinco horas y media se alargó su semifinal contra Zverev con vómitos y calambres incluidos. Barra libre de sufrimiento. Dos cuerpos machacados para disputar una final que comenzaba a jugarse en las camillas antes que la pista.

La experiencia dio el primer golpe

Con raqueta en mano, Djokovic, tiró del manual tenístico que ha ido estudiando durante más de 20 años en la élite. Inteligente al saque y funcional con la derecha. El primer juego del partido que se apuntó fue una lección de lo que es ser práctico. A su edad le ha menguado el físico e incluso la fuerza, pero no la muñeca. No necesita potencia, simplemente poner la raqueta. La tiene conectada su cerebro. ‘Ahora la pongo aquí, luego allí’, pensaba y dirigía. Saque abierto y derecha, saque abierto y derecha, saque abierto y derecha… Fue un martillo.

«No sé que hacer con su derecha», le decía Alcaraz a su equipo. «Sigue centrado en lo tuyo», le respondía Samu López. El murciano comenzó con excesivo respeto. Entendible. Tenía delante al hombre de los 24 Grand Slams, que a la primera oportunidad que gozó le resquebrajó la coraza. Incluso la red parecía que tenía pasaporte serbio al negarle el avance al golpeo de Carlitos y permitir a Djokovic abrocharse el primer set. Dudas para el español, convicciones para el balcánico que fluía en la pista como si no se hubiera machacado hace dos días con Sinner.

La de Novak es una oda a la resiliencia, veteranía y saber evolucionar a lo largo de dos décadas. Había anestesiado a Alcaraz y llevado el partido hacia la dirección que le interesaba. Parece que no siente, su rostro no se inmuta, pero tiene un volcán tenístico en su interior. Carlitos, derivado a una situación incómoda, fue ganando confianza en el segundo set hasta destapar el tarro de las esencias. Cada intercambio largo era una bombona de oxígeno en su juego y una espina que se le clavaba a Djokovic. Fue ganando terreno y cuando vio la puerta entreabierta, la derribó sin preguntar. Break y sensaciones reencontradas. ‘Aquí estoy yo’, pareció decir.

Alcaraz se agrandó

Comenzó a sonreír, él y su tenis. Lo segundo no sucede sin lo primero. Dejada por aquí, derecha ganadora por allá y set al bolsillo. Mientras la mayoría de sus compañeros de generación se deshacen en los instantes críticos, él da un paso al frente. Le gustan las curvas. Bienvenido sea el rock and roll. Lo abraza Carlos rápido de piernas como si fuera un boxeador y con la raqueta ya liberada. Nadie le puede parar en ese escenario, tampoco Djokovic, que fue claudicando entre puntos imposibles y sutiles dejadas. Qué dejadica tiene el murciano. Nuevo break y set para encarrilar la final y escapar de la encerrona inicial del balcánico.

Ni siquiera las tretas made in Djokovic pudieron frenar el ímpetu murciano. En plena ebullición de Alcaraz se fue al vestuario para cortar el ritmo y el techo comenzó a cerrarse. «¿Por qué se cubre la pista?», preguntaba Carlitos al juez de silla. La respuesta no le convenció y las compuertas se activaron. «Energía», le decía Samu en ese instante. Concentración en lo que dependía de él. Vuelta a la pista, a devolver siempre una bola más. Y otra y otra. Djokovic salvó hasta seis bolas de break para retener su saque en un juego eterno.

Melbourne patas arriba. Gritos a favor de Novak. Se ha coronado diez veces sobre esa pista y la nostalgia siempre estará a su favor. Convenía no fiarse de él, ni de sus artimañas ni de su lenguaje corporal. No lo hizo Carlos, que supo mantener la tranquilidad cuando Djokovic niveló y exhibir determinación para tocar la gloria. Set, partido y Grand Slam. Ese túnel que conecta los vestuarios con la pista, del que brotan de sus paredes los nombres de los campeones, añade una nueva firma. Carlos Alcaraz Garfia. Escrito con pincel de oro el 1 de febrero de 2026 en los libros de historia del deportes en general y el tenis en particular.

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