Los científicos lo confirman: la leche materna lleva microbios cruciales para el desarrollo del bebé
La leche materna no solo alimenta: también lleva microbios que moldean el intestino del bebé
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Durante años se ha hablado de la leche materna casi siempre en los mismos términos, relacionados con la nutrición, defensas, vínculo emocional. Y aunque todo eso es cierto, faltaba una cuestión de suma importancia y que tiene que ver con las bacterias que viven en la leche, un tema al que apenas se prestaba atención, y que por lo visto podrían estar jugando un papel mucho más profundo en los primeros meses de vida de un bebé. De hecho, un estudio reciente acaba de revelar algo de suma importancia ya que la leche materna cuenta con unos microbios cruciales para el desarrollo del bebé
El trabajo científico que se puede leer al completo en el portal scitechdaily.com, ha contado con el trabajo de varios equipos universitarios quienes han analizado con mucho más detalle qué microbios viajan en la leche y qué ocurre con ellos después. La investigación apunta a algo que hasta hace poco no se sabía y es que parte del microbioma del bebé puede estar formándose directamente a partir de esas bacterias que llegan durante la lactancia, algo que podría influir en cómo digiere, cómo absorbe nutrientes e incluso cómo madura su sistema inmunitario. Lo interesante es que este análisis ha sido mucho más preciso que los anteriores. Ya no se trata de identificar qué especies aparecen, sino de seguir cepas concretas y ver si terminan en el intestino infantil. Y lo que encontraron, tras estudiar cientos de muestras, abre un camino nuevo para entender qué ocurre exactamente en esos primeros meses de vida.
Los científicos lo confirman: la leche materna lleva microbios cruciales
Hasta ahora, estudiar las bacterias de la leche materna era un reto. La leche tiene mucha grasa, muy poco ADN microbiano y un comportamiento bastante impredecible en el laboratorio. Por eso, la mayoría de trabajos previos utilizaban métodos rápidos para obtener una fotografía general, pero sin capacidad para distinguir qué cepas eran realmente relevantes. En este estudio, sin embargo, los investigadores optaron por una estrategia más lenta y compleja: análisis metagenómicos, capaces de leer casi todo el material genético disponible.
El equipo trabajó con 507 muestras de leche y heces procedentes de 195 parejas madre-bebé. Al analizarlas, vieron que la leche contenía una mezcla relativamente estable de bacterias, con una presencia destacada de bifidobacterias. Entre ellas, aparecía con especial frecuencia Bifidobacterium longum, una especie considerada clave para la digestión temprana y que también dominaba en el intestino de casi todos los bebés del estudio. Esta coincidencia tan marcada sorprendió incluso a los investigadores, que esperaban encontrar más variedad de géneros como Staphylococcus o Streptococcus, habituales en trabajos anteriores.
La hipótesis de los científicos es que la tecnología anterior no era lo bastante precisa para captar estas bifidobacterias en la leche. Con análisis más detallados, el panorama cambia y lo que parecía una presencia anecdótica ahora se revela como una posible pieza central del rompecabezas.
De la leche al intestino
La clave del estudio no está sólo en qué microbios encontraron, sino en cómo rastrearon su recorrido. Con las herramientas actuales pudieron comprobar 12 coincidencias exactas de cepas entre leche materna y el intestino del bebé. No hablamos de la misma especie, sino de la misma cepa, genéticamente idéntica. Ese nivel de coincidencia sugiere claramente que parte del microbioma del niño llega a través de la lactancia.
Entre esas cepas compartidas había especies conocidas por sus efectos beneficiosos, como B. longum o B. bifidum, encargadas de ayudar al bebé a digerir ciertos azúcares propios de la leche humana. Pero también aparecieron otras más delicadas, como E. coli o Klebsiella pneumoniae. Esto no implica un riesgo en sí mismo: todas las madres y bebés estaban sanos, lo que indica que estas bacterias forman parte de la diversidad normal y que su presencia no es sinónimo de infección.
Lo que más llamó la atención del equipo fue encontrar en la leche algunas bacterias que, en teoría, deberían estar sólo en la boca del bebé, como Streptococcus salivarius. No es algo que aparezca en todos los análisis, pero cuando surge deja una pista bastante clara ya que durante la toma, parte de la saliva del bebé podría volver al pecho y colarse por los conductos. Ese viaje de vuelta, del que apenas se había hablado hasta ahora, abriría la puerta a entender por qué la composición microbiana de la leche cambia con el tiempo y cómo esa interacción continua entre madre e hijo modifica el ecosistema de la propia leche.
Una visión más completa de la salud en los primeros meses de vida
Uno de los puntos fuertes de este trabajo es la cantidad de datos generados. Según sus autores, prácticamente duplicaron el número de muestras metagenómicas de leche materna disponibles para la comunidad científica. Esto significa que, más allá de los resultados actuales, el estudio abre la puerta a investigaciones futuras mucho más detalladas.
La siguiente fase irá más allá del propio microbioma. Los investigadores quieren combinar estos datos con análisis de metabolitos, como los oligosacáridos de la leche humana, fundamentales para algunas bacterias beneficiosas, y con factores ambientales, desde contaminantes hasta marcadores de resistencia antimicrobiana. La idea es seguir la pista de todo lo que influye en la formación del intestino infantil y ver si esas diferencias tempranas se reflejan más adelante en la salud.
En resumen, esta nueva visión de la leche materna plantea algo que podría transformar la forma en que entendemos la nutrición infantil: la leche no sólo alimenta, también enseña al organismo del bebé cómo convivir con sus primeros microbios. Y ese aprendizaje temprano podría acompañarle mucho más tiempo del que imaginamos.