Viajar, el último pecado en el catecismo progre

En Baleares los veinteañeros alemanes no esperan al Apocalipsis: se lanzan antes por los balcones de los hoteles con un litro de sangría en la mano, como si la resurrección estuviera reservada en el Todo Incluido… He visto españoles bajitos, barrigudos e hirsutos invitar a quinceañeras cubanas a una TuKola -la Coca-Cola criolla- con la misma solemnidad con la que otros pagan un visado. Venecia entera se hunde en chanclas de plástico….
No soy muy de vacaciones, pero menos aplaudo a los nuevos beatos del puritanismo ecológico. Me irritan las distintas formas de castración social (detrás de la superioridad moral siempre hay un cínico o un imbécil), una de las más ridículas nos amonesta hoy si viajamos, eso sí, lo hace desde un despacho con aire acondicionado, y luego cruza el Atlántico en Falcon para dar una charla sobre feminismo verde.
La izquierda necesita renovar dramas sociales para seguir viviendo como ricos y famosos: ayer fue la lucha obrera, hoy es la turistificación. Ellos y sus chiringuitos. La peor de las gentrificaciones: la tecnocrática y pseudointelectual, reírse a la cara de las gentes y sacarles los cuartos…¡ay!
No soy muy de vacaciones, lo repito. Pero mis razones son sinceras, existenciales. No tienen nada que ver con la moda de presentarse como ciudadano ejemplar porque no viajas (los virtuosos, de nuevo). Esa flygskam, (vergüenza de volar), importada de Suecia, el turista como pecador climático.
Yo no soy muy viajera, pero no por neurosis nórdicas sino porque detesto el calor (los lugares cálidos atraen inevitablemente al hortera y llaman a la desinhibición del tonto), porque viajé mucho de niña (padre español y madre mexicana) porque tengo hijos, perros, porque soy autónoma; ¿la mejor definición de autónomo? El que no sabe cómo se pone el out of office.
Y luego que las vacaciones me parecen un pelín para inmaduros, para aquellos cuya vida no les gusta ni les satisface e ingenuamente idealizan una estancia en Tailandia como si en ese escenario se fuera a obrar el milagro y fuese a suceder ese algo maravilloso que les falta y que, por supuesto, nunca ocurre.
Bien. Ahora se acusa al turismo de destruir los barrios. Lo que antes se llamaba revalorizar ahora es vicio, perversidad… ¡fascismo! Que por culpa del viajero suben los precios de los alquileres, sí, pero a los propietarios les beneficia, ¿te jode? Mudarse de barrio ha sido el sino de la humanidad entera: todos querríamos nuestra Zarzuela particular.
¿La masificación? Existe, sí. Venecia, Dubrovnik, Barcelona… Pero la respuesta no es criminalizar al viajero, sino regular con inteligencia: cupos, tasas, límites. Demonizar el turismo es como prohibir la medicina porque hay médicos malos.
Se nos repite que no podemos vivir del turismo, que es dependencia, que es un monocultivo. Como si fuera preferible vivir del aire o de un observatorio de observatorios. Claro que diversificar la economía es sensato, pero el turismo da empleo a casi tres millones de personas, sostiene el 15 % del PIB y entra en la caja del Estado como dinero fresco desde fuera. Lo llaman precariedad; yo lo llamo la dignidad de millones de familias que comen gracias a un sector que, en lugar de subvenciones, trae divisas.
Y no son solo números. Este verano he estado en cuevas de gitanos bailaores en Granada y he disfrutado yo, los australianos y ellos, que gracias al dineral que nos cobran conservan trajes, tradiciones y componen nueva música. Eso también es turismo: mestizaje intelectual y físico, conservación cultural, curiosidad que mueve economías, salva patrimonios y remueve conciencias. Demonizar el turismo es el último capricho de los zurdos manipuladores que, disfrazados de virtuosos, se pegan las vacaciones más fancy en cuanto sus feligreses se echan la siesta de vino peleón.
A mí el descaro y la jeta me pueden hacer mucha gracia. ¿eh? Pero el colmo es escuchar a Irene Montero desaconsejar las Baleares como destino turístico y verla después de vacaciones con sus amiguis en Mallorca. Ese es el verdadero depredador: el político que viaja a costa de la inmadurez de sus votantes: Maquiavelo decía que los pueblos son tan simples, que cuando un gobernante, por mediocre que resulte, desea mentir, ya saben….
«¡Machistas, fascistas!» Irene vive de repetir estas dos palabras, ella y su corte de demagogos de cuarta provincial desde que su novio la metió a dedo, desplegando el movimiento más heteruzopatriarcal que ha salido del Congreso ever.
En cuanto a su procedimiento de ascenso social, no lo critico, un discurso elemental pero constante (implacable) destinado a alebrestar y al tiempo satisfacer la sensibilidad del ciudadano descontento y el envidioso…. ¡Bien! Igual que hacen todas las empresas en el entorno del lifestyle, por supuesto.
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