Apuntes Incorrectos

Sin tregua: más inflación, menos crecimiento

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Hay pocos fenómenos tan nocivos como la inflación, que es el resultado del crecimiento de los precios por encima del nivel de equilibrio. La inflación corrompe el valor de la moneda y provoca una redistribución injusta, castigando el ahorro y favoreciendo al que debe, con el resultado de expulsar la inversión, que es la fuente de prosperidad de las naciones. A veces los gobiernos suelen estar encantados con esta circunstancia porque al aumentar las bases imponibles se genera más recaudación fiscal y durante un tiempo se forran. Pero si el sistema de precios, el que envía la información precisa para que la oferta y la demanda se ajusten, es inestable la economía se va al garete. Y si hablamos de economías globalizadas como es el caso, una inflación superior a la de los vecinos es letal para competir con éxito en los mercados internacionales. Se ha dicho desde siempre que la inflación es el impuesto de los pobres, porque al drenar la capacidad adquisitiva perjudica sobre todo a los financieramente más débiles. Y así es.

El pasado mes, el índice de precios de consumo de España ha rebasado todos los registros disponibles desde principios de los noventa y las principales casas de análisis descuentan una inflación del 5% para finales de año. Se trata de cifras notables, a las que se debería prestar la debida importancia.
La inflación es además como una serpiente venenosa, que se cuela por todos los huecos posibles. Estos son los llamados efectos de segunda ronda, que dicen los economistas. Los trabajadores del sector privado intentan por todos los medios recuperar el poder adquisitivo y pujan por salarios más elevados, los funcionarios presionan en la misma dirección y en cuanto a los pensionistas, grupo electoral de enorme importancia, ya se encarga el Gobierno de tenerlos satisfechos con una revalorización de las jubilaciones que es completamente inoportuna en este momento.

El resultado de esta combinación es que todo conspira para realimentar la inflación, que lejos de detenerse, crece sin sosiego. Esta tendencia parece imparable actualmente porque al aumento de los precios del gas y del petróleo, que inciden directamente en el coste de la electricidad y del transporte, así como del resto de materias primas se ha unido el colapso de las cadenas de suministro tras la pandemia, que está perjudicando la producción de bienes intermedios y de consumo. Como la demanda sigue siendo robusta, las empresas de todo signo ya han anunciado que trasladarán sus mayores costes a los precios en una espiral perversa.
Tradicionalmente, la receta para combatir la inflación a cargo de los bancos centrales ha sido subir los tipos de interés, pero aunque esto es lo que puede suceder más pronto que tarde el problema original del momento es que la contracción de la oferta va a provocar inevitablemente una desaceleración de la economía.

Esta atraviesa una coyuntura muy pujante. Aunque todo indica que el PIB español va a aumentar mucho menos de lo previsto, todavía puede alcanzar niveles del 5% en 2021, que son históricamente exuberantes, sobre todo si no tuviéramos en cuenta que el año pasado caímos un 11%, más que nadie.
Pero a medio plazo, todos los indicadores apuntan a una reducción de los ritmos de crecimiento. La transición ecológica acelerada es inflacionista (por el aumento de los precios de los derechos de emisión y la apuesta por las energías más caras), y el proteccionismo de nueva generación que ha provocado la pandemia y que ha resucitado la inclinación a producir en Europa lo que podría fabricarse en  sitios más baratos, también empujará al alza la inflación.

El escenario novedoso que podría ocasionar esta combinación de factores es que coincidan un aumento explosivo de los precios (quién sabe si estructural) con un crecimiento económico en declive. Es decir, que se asome por la ventana el fantasma de la ‘estanflación’. Nada de lo que está ocurriendo es inocuo. Los inversores y consumidores reaccionan a las señales informativas que reciben, y cuando el coste de la vida aumenta tienden a acaparar bienes restringiendo la oferta, o exigen una remuneración mayor por su ahorro empujando al alza los tipos de interés.
De momento, la hipótesis de unos precios elevados al tiempo que un crecimiento a la baja es una posibilidad que la mayoría de expertos descartan, pero que de fraguar sería temible. Porque contra este escenario, bajo crecimiento y alta inflación, la eficacia de la política monetaria es mínima. Las subidas de tipos de interés apenas son fructíferas. Por eso este sería el momento ideal para tener un Gobierno capaz y decente que no contribuyera a agravar los problemas potenciales que puede afrontar España a corto plazo, que dejara funcionar la reforma laboral tal y como está, que no añadiera presiones inflacionistas en los Presupuestos, que tratara de reducir el gasto improductivo y que aliviara la presión fiscal que soportan los ciudadanos. Pero todo esto es completamente ilusorio dada la tropa irresponsable que dirige el país.

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