La Europa de los pueblos no es la Europa que necesitamos

La Europa de los pueblos no es la Europa que necesitamos

En poco menos de dos meses tendrá lugar las elecciones al Parlamento Europeo; las más importantes de cuantas ha celebrado esta institución, pues pondrán a prueba la robustez del proyecto europeo, amenazado como está por una panoplia de populismos, a izquierda y derecha, que se caracterizan por el identitarismo y la desmemoria. El largo periodo de paz, libertad y prosperidad del que disfrutamos los ciudadanos de la UE es un remanso de excepción en una historia escrita con sangre, en que los enfrentamientos entre países y bloques rompían cíclicamente en guerras devastadoras.

Contra la querencia autodestructiva que imponían los nacionalismos, se alzaron un puñado de pioneros que vieron en la integración una posibilidad de concordia duradera. Fueron los Adenauer, Churchill, Fontaine, Monnet, Schuman, Spinelli, Veil

El discurso antieuropeo que blanden los Orban, Salvini, Melenchon, Le Pen, Puigdemont o Iglesias se cierne, además, sobre asuntos como la inmigración, los nuevos acuerdos comerciales o el cambio climático, que requieren, más que nunca, de puntadas sutiles y políticas informadas. (Nota al margen: el foro que promuevo en el PE, Euromind, tendrá como invitado el próximo XX de abril al ambientalista danés Bjørn Lomborg, conocido por su crítica a los acuerdos de París, que considera un dispendio ineficaz en la lucha contra el cambio climático).

El Parlamento que surja de los comicios del 26 de mayo deberá, además, aunar los criterios de la libre circulación de personas en territorio comunitario, y no sólo en lo que concierne a las peticiones de asilo de quienes provienen de otros continentes, a la necesidad, en suma, de dotarse de una política migratoria común, sino también en lo que respecta a los ciudadanos de la UE que, como Puigdemont, huyen de la justicia de un país miembro. Ello, sin desatender la prioridad de forjar una moneda sólida, que permita articular soluciones frente a posibles crisis bancarias y fiscales. El avance en ambos capítulos es crucial para no ceder un palmo de terreno ante un nacional-populismo que, en su afán de comprometer la viabilidad de la UE, explota ambas flaquezas hasta la demagogia.

La batalla que se plantea en Europa no enfrenta a conservadores y progresistas, sino a dos mundos radicalmente opuestos: uno se asienta en los valores de ciudadanía y progreso, en la Ilustración y el imperio del Derecho, en la cesión de soberanía para superar las diferencias nacionales. En el triunfo de la política. El otro invoca la lengua, la etnia, la tribu, cualquier particularismo, en suma, que aliente la fragmentación, la vuelta al medievo. Se revuelve contra las élites, la casta, los mercaderes, a los que achaca toda clase de latrocinios, y aun proyecta sobre ellos la sombra de la extranjería, de la otredad, pues es sabido que siempre, siempre sirven a intereses ajenos. A diferencia, claro está, de ellos, que son el pueblo mismo, carne de su carne. La gente. Y en la consecución de sus objetivos, no hace falta decirlo, la hidra populista no se para en barras: no es sólo la mentira, sino el hecho de que la verdad no importe, la forja de una realidad ilusoria que imposibilita la conversación pública.

Y a todo ello (esa fragmentación) no son ajenas ciertas inercias de las propias instituciones europeas que, fundamentadas en principio en la mejor de las intenciones, empujan en sentidos que deberíamos revisar. Quizá sea el momento de empezar a reconsiderar determinados supuestos como “la promoción de las lenguas minoritarias” y el apoyo a costumbres e instituciones semiolvidadas que hacen más por establecer nuevas barreras entre vecinos que por lograr un espíritu de identidad compartida. ¿A quién le sirve que se impulse el bable? ¿Es en el interés de la ciudadanía que se vuelva a hablar siciliano en las escuelas? Hay que plantearse muy seriamente si las sensacionales cifras de gasto dedicadas a minorías, identidades, lenguas etc. se compadecen siempre con el tipo de Europa por el que estamos trabajando. No será tarea fácil.

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