El placer de no pensar
Hay dos cosas que escasean en España más que los pisos de alquiler: la tolerancia y el criterio.
La intolerancia se ve a simple vista; no se trata de una simple discrepancia política; es el desprecio, el desamor absoluto y, en última instancia, el odio hacia quien no piensa igual. Es la trinchera emocional que convierte al vecino, al compañero y a veces al hermano en un enemigo ilegítimo al que hay que destruir.
La falta de criterio se ve menos y me preocupa más. El acriticismo voluntario que incapacita al individuo para someter a su propio partido a un examen mínimo de coherencia o valores universales. Se vota a unas siglas como quien hereda un equipo de fútbol, independientemente de sus méritos, sus faltas o sus delitos.
¿Cómo es posible que haya un solo ser humano dispuesto a votar a Pedro Sánchez después de lo descubierto por el juez Peinado y la jueza Biedma? Sólo eso… Solo los Rochos. Le exigimos más ética al frutero para que no nos cuele un aguacate pocho que al candidato para gobernar el BOE.
El ambiente huele a crispación seca, pero lo verdaderamente alarmante no es el ruido, sino la anestesia moral: el voto endogámico, muscular. Ocurre a la izquierda y ocurre a la derecha, pero alcanza cotas incomprensibles ante el poder actual. ¿Cómo se explica que los escándalos judiciales, el desfile de condenas, las cloacas ministeriales, las contradicciones flagrantes o las sombras familiares se evaporen en el aire sin alterar la fidelidad de tantos? La respuesta no está en la ideología, sino en la servidumbre.
Cuando la corrupción o el engaño los comete «el mío», el cerebro militante no juzga: justifica, amortigua o calla. Es la renuncia explícita a la inteligencia individual en favor del parapeto del rebaño.
Ser socialista me parece tan respetable como ser liberal: eso es tolerancia. No podemos escribir una defensa del criterio que consista en llamar imbécil a quien no vote como yo. Hay personas informadas que ponderan de otra manera los riesgos, los intereses y las alternativas.
Tener criterio no garantiza coincidir conmigo. La tolerancia empieza precisamente cuando esa diferencia me incomoda; antes solo estábamos pasando una tarde agradable.
Con todo, no entiendo al votante al que nada le mueve la papeleta. Ni un hermano del presidente condenado, en primera instancia, por un puesto hecho a medida. Ni una esposa en camino del jurado. Ni dos secretarios de organización seguidos, uno condenado a veinticuatro años y otro imputado.
Ni que la UCO dé crédito a la testigo según la cual un exjuez socialista quería «eliminar» a Biedma, la jueza del hermano. Ni el abolicionismo de un presidente que, preguntado por las saunas de su difunto suegro, se refugió en la jurisprudencia. Quien vota sin mirar todo eso no es leal: es cómplice del desguace nacional, contorsionista mental. Si mañana su líder propone expropiarles el salón para montar un bingo, saldrán a aplaudir diciendo que es una medida audaz contra el sedentarismo.
Si votamos por inercia biológica o por pánico al qué dirán en la cena de Navidad, la política deja de ser un contrato de exigencia para convertirse en fundamentalismo. El verdadero peligro de nuestra democracia no está solo en quienes gozan del poder abusando de él, sino en la masa de convencidos que renuncian a pensar para no tener que cuestionarse.
Entonces alguien grita: «¡Que viene la derecha!» y adiós. El «¡que viene el lobo!» funcionaba en los cuentos; en la vida real dejamos que nos devore el lobo, siempre y cuando lleve el pin de nuestro partido en la solapa. Hay estómagos electorales capaces de digerir uranio empobrecido, siempre que el isótopo venga envuelto en la papeleta correcta.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Marco Aurelio recomendaba ser tolerante con los demás y exigente con uno mismo. En España lo practicamos exactamente al revés: cuando conviertes unas siglas en parte de tu identidad, cualquier crítica parece una agresión personal. Por eso puedes ser tan indulgente con sus dirigentes y tan cruel con tu cuñada. Ella te lleva la contraria; ellos, aunque traicionen sus promesas, te permiten seguir sintiéndote del lado correcto.
Debería ser una prioridad absoluta enseñar criterio y tolerancia en los colegios. Sistemas como el Lycée francés o nuestra histórica Institución Libre de Enseñanza demostraron que se puede educar en la duda y en la exigencia moral: contrastar fuentes, defender un argumento contrario, reconocer una prueba desfavorable, cambiar de opinión sin sentirse humillado. Nos urgen escuelas que no formen a feligreses, sino a ciudadanos, capaces de ser compasivos con el adversario y fieles a su cabeza.
Quedan pocas semanas, pero antes de votar deberíamos poder responder a una pregunta: ¿qué tendría que hacer nuestro partido para perder nuestro apoyo? Si la respuesta es «nada», las elecciones nos encuentran intelectualmente castrados.