Felicidad

La reflexión de Thomas Merton sobre la felicidad: «La felicidad no consiste en hacer lo que queremos, sino en querer lo que hacemos y hacerlo con amor»

Sobre la felicidad se ha ido hablando mucho a lo largo de la historia. Las reflexiones de Thomar Merton son un ejemplo.

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Felicidad
Thomas Merton sobre la felicidad.
Francisco María
  • Francisco María
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Nos pasamos media vida buscando la felicidad en el cajón equivocado, convencidos de que el bienestar depende de tachar tareas de una lista interminable o de conseguir por fin esa circunstancia perfecta que siempre parece quedar un poco más lejos. Vivimos con la mosca detrás de la oreja, esperando a que el trabajo cambie, a que las cuentas cuadren solas o a disponer de un rato libre que nunca termina de encajar en el calendario.

La búsqueda del silencio

Thomas Merton, un tipo que renunció a los destellos del mundo moderno para encerrarse a escribir en el silencio espeso de una abadía trapense, le dio una vuelta de tuerca bastante radical a este bucle. En su día dejó escrito que la dicha no se reduce a hacer estrictamente lo que nos viene en gana, sino a aprender a querer lo que hacemos y ponerle auténtica vocación a ese proceso. Dicho así, suena a frase bonita para colgar en Instagram, pero cuando uno rasca un poco en la superficie descubre un bisturí de precisión capaz de desmontar nuestra manera de relacionarnos con el día a día.Felicidad (Adobe)

La trampa contemporánea consiste en medir el valor de las horas por el margen de maniobra o la libertad de elección que acumulamos. Creemos que somos más dichosos cuantos más caprichos podemos permitirnos o cuantas menos obligaciones nos pisan los talones. Sin embargo, cualquier rutina por flexible que sea acaba convirtiéndose en una losa si falta el sentido interno. Las personas más desquiciadas que uno se cruza por la calle suelen ser precisamente aquellas que disponen de todo el tiempo del mundo pero carecen por completo de un ancla.

La forma de afrontar las tareas del día a día

Merton apuntaba a algo mucho más terrenal y a la vez exigente. El monje americano no hablaba de resignación pasiva ni de tragar con ruedas de molino aceptando trabajos grises con una sonrisa de cartón piedra. Proponía un giro copernicano en la mirada. El quid de la cuestión no radica en el escenario exterior que nos ha tocado gestionar, sino en la hondura con la que nos metemos dentro de las tareas cotidianas, por insulsas o repetitivas que parezcan a primera vista.

Escribir un texto a altas horas de la noche, podar un seto del jardín, ordenar una pila de papeles o cocinar algo rápido con lo que hay en la nevera se transforman por completo según el talante con el que los abordemos. Cuando la atención se posa de verdad en la acción, el tedio desaparece. Ya no estamos deseando que el reloj avance más de la cuenta para quitarnos el marrón de encima; asumimos el presente tal y como viene, aceptando que la vida real ocurre exactamente ahí, entre las rendijas de las obligaciones menos lustrosas.

La monotonía y la soberbia en silencio

Hay una especie de soberbia silenciosa en nuestra pretensión de controlar cada variable para sentirnos plenos. Nos rebelamos contra la monotonía como si tuviéramos derecho a un parque de atracciones permanente. Esa resistencia constante a lo ordinario es lo que nos agota de verdad. Merton intuía que la paz interior brota justo en el momento en que bajamos las armas y aceptamos las cartas que nos han repartido.

Querer lo que hacemos implica un ejercicio de reconciliación con nuestra propia biografía, dejando de vivir en el condicional de lo que podría haber sido si las cosas hubieran rodado de otra manera.

El matiz del amor en esta ecuación no tiene nada que ver con el almíbar romántico ni con grandes epifanías místicas. Se trata de una cuestión de oficio, de entrega y de atención plena. Ponerle cuidado a las cosas pequeñas, cuidar el detalle que nadie ve, no trampear el esfuerzo cuando nadie nos vigila. Esa honestidad artesanal devuelve una gratitud sorda pero muy sólida. Quien trabaja o convive desde ese lugar deja de mendigar validación externa porque el sentido de su tarea se sostiene por sí mismo.Felicidad

La plenitud está en el presente, pero hay que encontrarla

Al final, la propuesta de aquel monje de Gethsemani nos devuelve la pelota al tejado sin coartadas posibles. La plenitud no es un premio que se concede al final del recorrido tras acumular suficientes méritos o comodidades, sino una manera de habitar el presente. No se trata de cambiar de vida cada vez que la cuesta se empina, sino de cambiar la mirada con la que la caminamos, descubriendo que incluso en la tarea más gris cabe un destello de libertad si decidimos asumirla con todas las consecuencias.

Lejos de buscar recompensas externas o una vida exenta de esfuerzo, la plenitud consiste en habitar el momento con honestidad artesanal, reconciliándonos con nuestra propia biografía y asumiendo con entrega el camino que nos ha tocado transitar.

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