Reflexión

Julio Cortázar, escritor argentino, sobre la resiliencia: «Nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo»

Julio Cortázar
Julio Cortázar en 1968. Foto: Domino público.
Alejo Lucarás
  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Julio Cortázar dejó una obra llena de juegos, cronopios y rayuelas, pero también de ideas que siguen interpelando a quien las lee décadas después. Una de sus frases más citadas plantea una paradoja: la esperanza solo aparece cuando se admite, sin trampas, que todo se ha perdido.

Lamentablemente, esta idea se comparte a diario como consejo de superación personal, casi siempre sin nombrar su origen. Lamentable porque, leída de forma aislada, la cita parece un mensaje motivador más, de los que abundan en la red. Sin embargo, es hora de entender que el escritor argentino la pensó dentro de un proyecto que pretendía romper con casi todo lo establecido.

¿Qué quería decir Julio Cortázar al proclamar que todo está perdido?

La frase procede de Rayuela, la novela que Cortázar publicó en 1963 en Buenos Aires con la editorial Sudamericana (bastante recomendada, por cierto).

En concreto, aparece en el capítulo 71, uno de los que el autor agrupó bajo el epígrafe De otros lados (Capítulos prescindibles). Su versión original dice así: «Nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo».

Ese «por fin», que suele desaparecer en las versiones que circulan por internet, no es un detalle menor. Sugiere que admitir el fracaso cuesta y que se trata de una conclusión a la que se llega después de mucho resistirse.

El pasaje forma parte de las reflexiones ligadas a Morelli, el viejo escritor cuyas notas sobre la literatura y la vida recorren la novela y en quien la crítica ve un alter ego del autor.

Además, el contexto ayuda a entender el tono. En ese capítulo se plantea que el ser humano no busca tanto entrar en un paraíso como cerrar la puerta a su espalda y dejar atrás el sufrimiento. La idea de empezar de nuevo no nace, por tanto, del optimismo, sino de la lucidez: solo quien reconoce que el camino estaba mal trazado puede corregirlo.

Y Cortázar remata la frase con una comparación muy suya, a medio camino entre el humor y el absurdo. Habla de unos obreros que, una mañana de agosto de 1907, descubren que el túnel que excavan está mal orientado y que acabará a más de quince metros del que se perfora desde el otro lado. Ante semejante error, la única salida razonable es admitirlo y volver a empezar.

¿Puede la derrota convertirse en el primer paso para levantarse?

Aunque Cortázar no usó esa palabra, la frase encaja con lo que hoy se entiende por resiliencia. La Real Academia Española la define como la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o una situación adversa.

Por su parte, la Asociación Estadounidense de Psicología (APA) la describe, a su vez, como el proceso de adaptarse con éxito a experiencias vitales difíciles.

En este sentido, la clave está en el orden de los factores. La resiliencia no consiste en negar el golpe, sino en reconocer el daño y reorganizarse a partir de él.

Justo eso propone el escritor: primero proclamar la pérdida (en voz alta, sin eufemismos ni excusas) y después, con esa certeza ya asumida, levantar algo nuevo sobre lo que queda en pie.

Ahí reside también el contraste con buena parte del discurso motivacional actual. Frente al «todo va a salir bien», la frase de Cortázar parte de la aceptación de que algo ha salido mal. No promete un final feliz, solo abre la posibilidad de un comienzo.

Esa honestidad explica, en buena medida, que la cita haya resistido más de seis décadas sin perder vigencia entre lectores de todas las edades.

El ejemplo de la vida de Julio Cortázar: ¿Cuántas veces hace falta empezar de cero?

El escritor conoció de cerca lo que significa volver a empezar. Nació el 26 de agosto de 1914 en Ixelles (Bruselas), hijo de padres argentinos, y no llegó a Argentina hasta el final de la Primera Guerra Mundial. Creció en Banfield, lo que se conoce como el conurbano bonaerense, y durante años trabajó como profesor en localidades del interior como Bolívar y Chivilcoy.

En 1951, con 37 años, tomó la decisión que cambió su vida: se instaló en París. Ese mismo año se publicó en Buenos Aires Bestiario, su primer libro de cuentos. En la capital francesa empezó prácticamente de cero, con encargos como traductor para la UNESCO, y allí escribió buena parte de la obra que lo situó entre los grandes autores del boom latinoamericano.

Así, París fue su casa durante más de tres décadas. En 1981 obtuvo la nacionalidad francesa, sin romper nunca su vínculo con Argentina, y murió en esa ciudad el 12 de febrero de 1984.

Está enterrado en el cementerio de Montparnasse, donde su tumba sigue recibiendo la visita de lectores que dejan notas, flores y mensajes escritos a mano.

¿Por qué esta frase de Julio Cortázar sigue encontrando lectores?

Parte de la respuesta está en la estructura de la propia Rayuela. El libro se abre con un Tablero de dirección que propone dos lecturas: una lineal, del capítulo uno al 56, y otra que salta de un capítulo a otro según un orden marcado por el autor, que arranca en el 73. En esa segunda ruta, el capítulo 71 aparece muy pronto, entre el cuarto y el quinto.

La novela misma invita, por tanto, a no dar nada por definitivo. Quien la lee puede empezar de nuevo, elegir otro camino y encontrar sentidos distintos en las mismas páginas.

Esa libertad conecta con la frase: el fracaso de una lectura, igual que el de un proyecto vital, no cierra el libro, sino que abre otra forma de recorrerlo.

En 2019, la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española incorporaron Rayuela a su colección de ediciones conmemorativas, junto a títulos como el Quijote o Cien años de soledad.

Más de medio siglo después de su publicación, el capítulo 71 sigue en el mismo sitio, a la espera de quien decida volver a empezar.

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