Jorge Luis Borges, escritor argentino: «He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer; no he sido feliz»
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Hay confesiones que sorprenden más por quién las hace que por lo que dicen. Cuando un hombre común admite no haber sido feliz, resulta apenas un comentario de sobremesa. Cuando lo hace uno de los escritores más admirados y citados del siglo XX, cuya obra suele esconderse detrás de laberintos, espejos y bibliotecas infinitas, la frase adquiere un peso distinto.
Jorge Luis Borges dejó escrita esa confesión en una de sus líneas más recordadas: «He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer; no he sido feliz». Once palabras que, lejos de ser un desahogo improvisado, nacieron de un momento muy concreto y muy doloroso de su vida.
¿Qué lleva a un hombre a confesar semejante fracaso?
La frase pertenece al soneto «El remordimiento», incluido en el libro La moneda de hierro (1976), aunque se publicó por primera vez unos meses antes, el 21 de septiembre de 1975, en el diario La Nación de Buenos Aires.
Borges lo escribió apenas cuatro días después de la muerte de su madre, Leonor Acevedo de Borges, fallecida el 8 de julio de 1975 a los noventa y nueve años, la persona que más influencia tuvo en toda su vida y su obra.
Ese dato cambia por completo la lectura del poema. No se trata de una reflexión filosófica distante, sino de una herida abierta, escrita en caliente, en uno de los pocos momentos en los que Borges se permitió abandonar su habitual distancia irónica para escribir algo tan confesional y desnudo.
De hecho, la crítica literaria coincide en que este tono autocompasivo resulta excepcional dentro de una obra que, casi siempre, prefirió esconder al autor detrás de sus propios temas.
¿Es posible fallarle a la vida que nos dieron?
El resto del soneto explica de dónde viene exactamente ese remordimiento. Borges escribe: «Mis padres me engendraron para el juego arriesgado y hermoso de la vida, para la tierra, el agua, el aire, el fuego. Los defraudé».
La idea de fondo es que sus padres lo trajeron al mundo esperando que viviera con plenitud, arriesgándose, experimentando, y que él, en cambio, dedicó su existencia a algo mucho más recogido: «Mi mente se aplicó a las simétricas porfías del arte, que entreteje naderías».
Esa contraposición entre la vida que se esperaba de él y la vida que realmente eligió, una vida de lecturas, bibliotecas y escritura, alejada de lo que él mismo llama «el juego arriesgado y hermoso», es el núcleo de la culpa que confiesa el poema.
Cabe preguntarse cuántas personas, sin ser escritores ni genios, sienten alguna versión de esa misma tensión entre lo que se esperaba de ellas y el camino que finalmente tomaron.
¿Cuánto pesa el valor que heredamos y no usamos?
Hay un verso del soneto que suele pasar más desapercibido que la frase inicial, pero que quizás resulte igual de revelador: «Me legaron valor. No fui valiente».
Y ojo, porque Borges no habla aquí de cobardía física, sino de algo más sutil: la valentía necesaria para vivir de otra manera, para tomar decisiones distintas a las que finalmente tomó, para arriesgarse en lugar de refugiarse en la certeza controlada del papel y la palabra escrita.
Esa idea invita a una pregunta incómoda que trasciende la biografía concreta de Borges: cuánto de lo que heredamos de quienes nos precedieron (coraje, ambición, curiosidad) se queda finalmente sin usar, guardado, mientras la vida transcurre por caminos más seguros y previsibles.
¿Qué hacemos con la sombra que nos persigue?
El soneto termina con una imagen que resume todo el poema: «No me abandona. Siempre está a mi lado la sombra de haber sido un desdichado». Es una sombra que no se resuelve ni se cura, simplemente se acompaña.
Curiosamente, Borges llegaría a arrepentirse más tarde no del contenido del poema, sino de haberlo publicado, ya que a partir de entonces los periodistas insistirían una y otra vez en preguntarle por qué no había sido feliz, obligándolo a repetir en público una herida que había escrito para sí mismo apenas días después de perder a su madre.
Queda, al final, una reflexión que no depende de haber leído toda la obra de Jorge Luis Borges para entenderse: incluso las vidas que a ojos ajenos parecen plenas de logros y reconocimiento pueden cargar, en privado, con la sensación de no haber vivido del todo lo que se esperaba de ellas.