La terca grosería de un camandulero

La terca grosería de un camandulero
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Un plantón Real. Ya van tres veces, tres. Por tercera vez otro plantón. Sánchez perpetró la semana pasada una recurrente grosería contra el Rey de España. Es fácil  -en este país todo termina sabiéndose- que Don  Felipe se haya tragado este tercer sapo sin descomponer la figura, ni tampoco, claro, la forzada sonrisa de bienvenida al tardón. Contrastó su porte impecable añadido a un  traje de sastre clásico, con las maneras y sobre todo la birriosa chaqueta del candidato en funciones, un zamarro escuchimizado que apenas cubría el tafanario de su amo.

El episodio ha quedado ya como una prueba más del escaso, nulo mejor, respeto que este presidente en el alero guarda a las instituciones. El Rey no ha transmitido públicamente malestar alguno por el retraso absolutamente programado de su visitante; no es su forma de estar. Al respecto, me decía un antiguo periodista destacado estos días en Mallorca: “El Rey debe haber pensado algo como esto: “Ya que estamos aquí…”, lo que traducido directamente puede interpretarse así: “Somos los anfitriones y ya estamos acostumbrados a estas formas”. Pero en democracia las formas son imprescindibles y quien las agrieta resulta por lo menos un mal educado. Más aún si él, o el séquito que le rodea, ni siquiera se molesta en mentir, sólo sugiere que ha tenido una reunión anterior y que el Rey por tanto se aguante.

Sorprende (y mucho) que esta tercera desfachatez haya abonado tan pocos comentarios y, desde luego, ninguna consecuencia. ¡A buenas horas a la tía de Felipe VI, Isabel de Inglaterra, cualquier Johnson de turno le haría un feo de este calibre! Tan pocas consecuencias ha acarreado el desmán que los palmeros de Sánchez –el gurucillo Redondo incluido- ni se han fajado en el justificar el brutal retraso. Con una máxima jeta universal dijeron: “Es que estábamos reunidos con la Industria”. Así, como si los inútiles devaneos del presidente en funciones, fueran más importantes que un despacho oficial con el jefe del Estado.  Bueno, y a propósito: dejen ya lo voceros de pasar la mano por el lomo a una sociedad civil, la española que no existe, ¿o es que si existiera no se habría levantado civilmente contra este camandulero?

Naturalmente que no sabemos de qué le fue a hablar al Rey en Marivent. Quizá podamos imaginarlo. La conversación no duró ni tres cuartos de hora, quizá porque el gazpacho del almuerzo se estaba enfriando y corría el riesgo de ponerse lacio. No es un chascarrillo, es la broma que se puede aplicar a  una reunión que Sánchez se ocupó de barrenar desde el principio, quizá para no dar pie a que el Rey le dijera en privado lo que ya había indicado en público: que esto no hay quien lo aguante. No sabemos, no, lo que le dijo, aunque, conociendo el percal sanchista, no se puede descartar que o bien tratara de engañar al Rey para que éste le volviera a endosar otra investidura, o bien le refrendara lo que ya han filtrado la simpar Calvo y la demás camada gubernamental en funciones: o sea que, cuando llegue septiembre, y una vez que él, presidente aún en funciones, se haya tostado a nuestra costa en Las Marismillas, procederá a engatusar con  mil concesiones a los independentistas y a entrampar a los comunistas para que, unos y otros le coloquen de nuevo en La  Moncloa.

La pregunta que me formulo de mi estricta cosecha y responsabilidad es si el Rey que últimamente no se calla por nada, ni ante nadie, no dio respuesta a las sucesivas informalidades de Sánchez. Dado el rigor con que este Rey se toma su papel de patriota irreprochable, es muy probable que sí. ¿No le diría que el Rey es él y no Sánchez y que por tanto el que tiene que esperar es el presidente?  Y vamos a ver: ¿se concibe además que a nuestro Monarca le agrade una Navarra 2 en toda España como la que pretende Sánchez? ¿Puede soportar el Rey que Sánchez le comunique su intención se soportar el Gobierno de España sobre la base de quienes quieren barrenarla? De ningún modo. Don Felipe -ya lo he escrito- no sufre los ataques de indiscreción de su predecesor pero tiene demostrado que no disimula las fechorías institucionales, porque, pregunta final: ¿hay quien crea que a nuestro Rey le peta hacer el Tancredo o el pasmarote? El único que no se ha enterado de esto es el jefe socialista en funciones. Que lo medite en Doñana mientras espanta a los mosquitos. De su invasión, eso sí, que vuelva incólume.

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