Sánchez también quiso mandar en el Vaticano

Sánchez también quiso mandar en el Vaticano
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Que el Gobierno ha convertido la pretendida exhumación de Franco en  un elemento generador de tensión y división sociales para explotar el hecho con fines meramente electorales resulta una evidencia. Que lo que buscaba Pedro Sánchez era utilizar al dictador como mera coartada propagandística es una realidad empírica, a tenor de cómo ha ido manejando un asunto en el que para lograr su objetivo no ha reparado en medios, incluso tratando de saltarse la ley.

Por decirlo de una manera muy clara, el Gobierno socialista emprendió una obscena campaña de marketing revestida de un sedicente deseo de hacer justicia, cuando en realidad lo que pretendía era atizar  viejos fantasmas para tratar de enfrentar a la sociedad. La jugada no le ha salido bien, en parte porque sus intenciones era tan burdas que quedaron pronto al descubierto. Ha intentado todo: orillar la ley y, como informa OKDIARIO, presionar a la Iglesia y al mismísimo Vaticano, que, como era previsible, no cayó en la chusca trampa del Ejecutivo socialista. La diplomacia vaticana está curtida en mil batallas como para dejarse engañar por un Gobierno que en este asunto ha demostrado, además de malas artes, una impericia supina.

La información ofrecida por este diario según la cual Moncloa pretendió que el Papa retirase el poder de los Benedictinos sobre el Valle de los Caídos para tratar de exhumar al dictador demuestra candidez y mala fe a partes iguales. Es la prueba del nueve de la obsesión patológica de Sánchez por utilizar al dictador como mera coartada electoral.

Después de amenazar, incluso, a la familia Franco con desposeerla de los  títulos nobiliarios, el Gobierno se ha plegado a la evidencia tras darse de bruces con la realidad de nuestro marco legal. El Ejecutivo socialista ya ha admitido que esa pretensión no es posible, lo que evidencia que todas sus promesas de exhumar a Franco sí o sí no eran otra cosa guiños electorales.

La Justicia se pronunciará en breve, pero con independencia de lo que diga el Supremo, está muy claro que Sánchez no se movía por un sentido de la dignidad o la justicia, sino por su propio interés.

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