Por una sociedad plural y sin dragones

Por una sociedad plural y sin dragones
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Conocerán la leyenda: un dragón llega a una pequeña ciudad medieval y se instala en una cueva cercana. Sus habitantes, atemorizados, le suministran todo tipo de alimentos para saciar su apetito. Nunca es suficiente, por lo que se ven obligados a sacrificar a sus hijos y jóvenes. La última doncella que queda por entregar al dragón es la hija del Rey, pero antes de que ocurra, se opta por llamar a San Jorge, el héroe que clava una espada en el corazón del dragón y salva a la joven. Y de la sangre brotan rosas. El dragón puede entenderse como el nacionalismo insaciable que siempre pide más: pide más privilegios, más financiación, gestionar más instituciones —y siempre sacrificando aquello que nos une—. Por mucho que obtengan, nunca es suficiente. En vez de pedir más, el dragón ha querido incluso apropiárselo todo de golpe —de Estado—. El nacionalismo ha enseñado sus fauces monstruosas, ha conseguido resquebrajar la convivencia, y que más de 3.000 empresas huyan despavoridas.

Como el proceso ha salido tan mal, el nacionalismo regresa donde solía. En lugar de doncellas, reclama que se revise el «encaje» de Cataluña para que se sienta cómoda. Y si hemos aprendido algo es que cuanto más se le da de comer, más crece el monstruo. Y seguirá con sus reclamaciones y engordará hasta no caber en su cueva. Pero en lugar de alimentar al monstruo, ¿no podríamos reclamar las rosas? Con los estatutos de Autonomía, se cristalizaron sueños idílicos basados en la idea de nación. Según reputados juristas (como Ruiz Soroa), pueden considerarse «de parte». Es decir, inclinados a satisfacer las reclamaciones de una parte de la población en cuestiones relativas a una supuesta identidad del territorio. También se basan en la idea de hegemonía, la forma de concebir que impone una élite en el poder al resto de la sociedad. Es una cierta concepción de las cosas que aparece como natural, y ello conlleva que se acepte como normal u obligado algo que no lo es.

Lo propio en una sociedad moderna es la heterogeneidad y la pluralidad de opiniones, en vez de esa homogeneización artificial impuesta por unas determinadas élites. ¿No es más urgente modificar el Estatuto para encajar esa diversidad que existe en la sociedad? En Cataluña queremos un Estatuto que promueva el bilingüismo, el derecho a que la historia y los vínculos con España del 75% de la población —los que tienen uno o más abuelos nacidos fuera de Cataluña— sean reconocidos, donde se diga que los medios públicos catalanes deben dar representación a la mayoría no nacionalista de Cataluña. Cataluña, además, posee una población particularmente heterogénea.

Si queremos acabar con el dragón de la exigencia, de la ventaja y del abuso, si queremos restaurar la convivencia y asegurar un futuro viable para las próximas generaciones de catalanes, es indispensable desarrollar en nuestro Estatuto el principio constitucional que proclama la neutralidad política que debe presidir el Gobierno y la Administración. Hay que crear los incentivos y las barreras necesarias para que los grupos que circunstancialmente detentan el poder no desequilibren la balanza de la neutralidad política de la administración educativa, institucional y de los medios de comunicación para intentar alterar a su favor el equilibrio social. No es fácil, lo sabemos, al fin y al cabo los partidos políticos se eligen para llevar adelante un programa necesariamente partidista. Pero la delimitación estatutaria precisa de dónde finaliza la legitima acción política y comienza el abuso y la desviación del poder concedido a los partidos, sería tal vez nuestra rosa. Quizás sería la mejor obra de nuestra generación.

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