Raúl del Pozo, el hombre que no olvidó su condición mortal

Palomo Del Pozo
  • Graciano Palomo
  • Periodista y escritor con más de 40 años de experiencia. Especializado en la Transición y el centro derecha español. Fui jefe de Información Política en la agencia EFE. Escribo sobre política nacional

No me gusta oficiar en «el día de las alabanzas». Tampoco me gustan los obituarios, ni aquellos que utilizan a los muertos con prestigio y fama para cobrarse ellos medio segundo de gloria publicando fotos con el finado en las redes sociales.

Voy a escribir acerca de un compañero de oficio y un amigo con el que mantuve, sin alharacas ni efusiones impropias, una entrañable relación desde hace más de veinte años. Raúl del Pozo era un castellano conquense que venía del surco dotado de una inteligencia poco común y un sentido de la libertad como sólo la puede concebir un pastor guiando a su rebaño con el cielo como techo.

No voy a descubrir aquí su capacidad para el retruécano en el uso del lenguaje, ni su capacidad para interpretar la historia de España, país al que amaba tan profundamente como el desprecio que mantenía hacia aquellos que desean liquidarla. Sobre todo, lo que hizo que le buscase, especialmente durante la etapa del 2011 al 2023, es la contemplación en esencia de lo que es y representa la vida humana. Sufría comprobando en su propia carne que el tiempo profesional le había alcanzado de plano y, también, que esas generaciones que utilizan las nuevas tecnologías en los medios de comunicación para poner a caldo al escribidor desde el anonimato no eran de su generación. Le costaba entenderlo; finalmente, lo entendió y en el mismo acto lo repudió.

Cuando llegó a la altura vital de las ocho décadas, nació en Mariana (Cuenca) el mismo año en el que estalla la Guerra Civil; hablamos más de los novísimos que del presente. Jamás le pregunté cómo le hubiera gustado que le dieran tierra, ni siquiera el rito religioso, si es que le interesara alguno. Yo, que sí quiero ser oficiado, cuando me llegue la parca, como fiel hijo de la Iglesia Católica, siempre entendí, en el caso del que fue mi compañero durante varios años en la redacción de El Independiente —aquel con Pablo Sebastián, César Alonso de los Ríos, Miguel Ángel Mellado, Manuel Soriano—, que, con su bonhomía, era más que suficiente para abrir las verjas del Reino de los Cielos.

Comparto muchas de las cosas positivas que se han dicho o escrito por el que fuera maestro de escuela del general Félix Sanz Roldán, en el también conquense poblachón de Uclés. Su pluma en vertical, como la espada, su sentido épico de la existencia y su implacable deriva hacia las cosas que son de verdad le han conducido en viaje directo al eterno más allá.

Estoy harto de oír lo de «maestro». Fue casi más importante para él y para los demás las clases que daban en la posguerra manchega a los niños de aquellos lugares que todas las crónicas de las aventuras nocturnas en ese Madrid que resultaba inabarcable. Lo único que es cierto es que disfrutamos de un ser humano excepcional, hasta el punto de que en muerte ha tenido la virtualidad de mover la pluma de la reina Letizia. No seré yo quien se lo reproche, sin olvidar, señora, que una reina que se precie lo es de todos los columnistas, escritores, escribidores y demás ralea.

Estoy seguro de que, a partir de ahora, el sol siempre alumbrará el alma de un buen hombre, escrito sea, en el machadiano sentido de la palabra bueno.

Y con esto, Raúl, Raulito, estás servido. El resto sobra. O no.

¡Hasta que volvamos a encontrarnos!

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