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La ciencia lo confirma: los niños nacidos en estos meses son más inteligentes que la media y está avalado

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Blanca Espada

Durante años se ha repetido que la inteligencia de un niño depende sobre todo de la genética y del entorno en el que crece y lo cierto es que así es. Pero hay un detalle mucho más discreto que también influye, aunque pocas veces se tenga en cuenta y que tiene que ver con el mes en el que nace. A simple vista no parece algo importante, pero cuando se mira con un poco de calma empieza a encajar. Hay estudios que llevan años señalando lo mismo: los niños que nacen a final de año suelen desenvolverse mejor en el colegio, al menos en los primeros cursos.

No es que sean más inteligentes que el resto, ni mucho menos. Lo que ocurre es más sencillo ya que llegan a clase con unos meses más de desarrollo, y en esas edades eso pesa bastante más de lo que parece. Porque si se analiza al detalle, en una misma aula se mezclan alumnos que han nacido en enero con otros que lo han hecho en noviembre o diciembre. Sobre el papel tienen la misma edad, pero en la práctica no es así, y esa diferencia, aunque luego se iguala, al principio se nota y sí puede marcar la diferencia y confirmar la afirmación de que los niños que nacen en ciertos meses pueden ser más inteligentes.

Los niños nacidos en estos meses son más inteligentes que la media

La clave está en algo bastante sencillo y es que en una misma clase pueden coincidir niños que nacieron en enero con otros que lo hicieron en noviembre o diciembre del mismo año, de modo que tendrán la misma edad, pero en realidad uno estarán más desarrollados que otros y aunque sean sólo unos meses, la diferencia cuando se habla de niños en etapa infantil (de unos cinco años) puede ser bastante grande. El cerebro ha tenido más margen para madurar, el lenguaje está más trabajado y la capacidad de concentración suele ser mayor.

Por eso, los niños nacidos entre octubre y diciembre tienden a desenvolverse mejor en clase en comparación con compañeros más pequeños. No es que tengan más capacidad, sino que llegan un poco más preparados a ese momento concreto.

El efecto de edad relativa dentro del aula

A esto que ocurre en clase se le ha puesto el nombre del efecto de edad relativa, y lo cierto es que es algo bastante fácil de entender cuando lo ves en el día a día. En un mismo curso hay niños que, aunque en los papeles tengan la misma edad, no están en el mismo punto.

Los que han nacido a final de año suelen ir un poco por delante en esos primeros cursos. Se nota en cosas básicas, como leer mejor, concentrarse más tiempo o entender antes ciertos conceptos. No es algo que pase siempre, pero sí lo suficiente como para que los estudios lo hayan detectado una y otra vez. Y luego está la parte menos evidente. Sin querer, muchos profesores tienden a fijarse más en esos alumnos que responden mejor desde el principio. Eso puede hacer que reciban más atención o más estímulos, aunque no sea algo consciente.

Cómo esa pequeña ventaja va creciendo

A partir de ahí, lo que empieza siendo una diferencia pequeña puede ir creciendo con el tiempo. No de golpe, sino poco a poco. Un niño que desde el principio ve que le salen las cosas mejor suele participar más, se siente más seguro y acaba cogiendo mejores hábitos sin darse cuenta. Y eso, al final, se nota.

Claro, esto no es una regla fija ni mucho menos ya que hay mil factores que influyen y muchos niños más pequeños que acaban destacando igual o más. Pero lo que sí se ha visto es que ese pequeño empujón inicial, cuando se da, puede marcar bastante los primeros años de colegio.

El efecto desaparece con los años

A medida que los alumnos crecen, la diferencia de edad pierde importancia. Lo que a los seis años puede ser determinante, a los quince apenas tiene impacto. En etapas más avanzadas entran en juego otros factores mucho más relevantes. Y de este modo, la motivación personal, el entorno familiar, la calidad del profesorado o los recursos disponibles pasan a ser decisivos. Por eso, los expertos coinciden en algo importante: esta ventaja es temporal. No define la inteligencia de un niño ni determina su futuro académico.

Por ello, reducir el rendimiento de un niño a su mes de nacimiento sería simplificar demasiado. La realidad es bastante más compleja. El desarrollo cognitivo depende de múltiples factores. La alimentación, la estimulación en casa, el acceso a la educación o incluso el contexto social tienen un peso mucho mayor que el calendario. Y como no, también la genética juega su papel, como han señalado diferentes investigaciones sobre el desarrollo infantil, así que al final, lo que marca la diferencia es la combinación de todos estos elementos.

Un debate abierto en educación

De todos modos, y volviendo al fenómeno, podemos acabar diciendo que ha llevado a algunos países a plantear cambios en la forma de agrupar a los alumnos. Por ejemplo, organizarlos por trimestres de nacimiento en lugar de por año natural. Sin embargo, no es una solución sencilla. Cambiar el sistema puede reducir algunas desigualdades, pero también genera otras nuevas. Lo que sí parece claro es que los docentes deben tener en cuenta este factor. No todos los alumnos parten desde el mismo punto, y eso no siempre tiene que ver con su capacidad real.

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