‘L’Essència d’un camí’, un regalo soberbio para el patrimonio musical de bandas
El nuevo disco del compositor Joan Martorell constituye un hito discográfico difícilmente superable en Mallorca
La edición días pasados del álbum L’Essència d’un camí, constituye un hito discográfico difícilmente superable en Mallorca, al menos en lo que a este 2026 se refiere. Técnicamente estamos hablando de un recopilatorio y su título es, en sí mismo, una firme declaración de principios.
La génesis, en cambio, apunta en otra dirección porque no deja de ser un disco hecho por encargo de la Asociación de Bandas de Música de Baleares, basado el repertorio en composiciones que Joan Martorell escribió entre el 2011 y el 2016 pensando directamente en ser interpretadas por una banda de música.
Hablamos en cualquier caso de un disco de autor, y no uno cualquiera, pues en la trayectoria de Joan Martorell se dan circunstancias que le hacen único para llevar este proyecto a buen puerto. Él mismo se inició de muy joven en los atriles de una banda de música; después dedicó diez años a dirigirlas sin dudarlo cuando era reclamado, además de tener formación de Conservatorio Superior, de haber seguido una trayectoria plagada de éxitos, especialmente en los distintos formatos audiovisuales, y ser un arreglista de orquestación reconocido.
Pero es un disco de autor, fundamentalmente por ser él mismo el autor de todos los temas, previamente encargados por la Asociación. El disco lo grabó en el Auditori de Porreres la Banda Sinfónica de Baleares y el título de forma inequívoca refiere la propia trayectoria de Joan.
Llama la atención incluir en el repertorio una pieza nueva, El Rei Pepet y monumentales aproximaciones a dos de nuestros más insignes hombres en el devenir de lo que Mallorca ha aportado a la Historia de la Humanidad; el primero, Ramon Llull, robado por los catalanes, y el segundo, Fra Juníper Serra, derribadas de sus pedestales las estatuas que hasta ayer mismo nos contaban que fue uno de los Padres de la Patria en los EEUU, hasta llegar la subversión woke con su falsa y patética veneración por el indigenismo.
Me consta que antes de componer ambas piezas a modo de apologías tomó tiempo Joan Martorell en profundizar en el conocimiento de los personajes. Ramon Llull, con su Arts Magna, se adelantó siete siglos a los principios de la Informática y tal vez guiado por ello juega papel destacado el redoble de tambores y unos metales a veces pausados, otras acelerados, que juntos vienen a presagiar el avance imparable de las ideas.
En el arreglo sinfónico de Fra Juníper Serra, el creador de ciutats, el músico porrerenc opta por la suite, una inmensa reflexión para citar de forma resumida la vida del fraile franciscano poniendo especial énfasis en su particular obra magna echando mano a un relato épico, sosegado al comienzo y explosivo después.
Es esta suite en su cuarto movimiento, la descripción, también épica, de El Camino Real de California, 1.000 kilómetros que en parte recorrió a pie en el período entre 1769 y 1782 creando a su camino 21 misiones, algunas hoy ciudades californianas como San Diego, Carmel, San Francisco o Nuestra Señora Reina de los Ángeles del Río de la Porciúncula (Los Ángeles). Una odisea guiada por la cruz y un firme compromiso con los indígenas, lo que hace más indigna la conducta woke tan proclive a falsificar los hechos.
Todo el repertorio ha experimentado una revisión para adecuarlo al ideal sinfónico, exceptuando El Rei Pepet, que cabe suponer desde la partitura ser un trabajo en origen sinfónico, y en este caso, a modo de banda sonora. Una deformación que está en los genes del Martorell-compositor. Aclaro que Joan Martorell es un experimentado sinfonista, tanto desde su perfil de autor, como igualmente en la faceta de dirigir, y allí están para certificarlo, tarimas que le han acogido en las sedes de Prague Philarmonic, Synchron Stage de Viena, Budapest Symphony, Bratislava Symphoni, entre otras, e incluyendo también a la Orquesta Sinfónica de Baleares o la Filarmónica de Málaga que hoy dirige el palmesano José María Moreno.
Cuando le entrevisté en la presentación del disco me llamó la atención su enorme sencillez. En absoluto creyéndose el éxito de su trayectoria, como también admiré su proximidad, hasta el punto de hacerte sentir un igual. Es un mallorquín del interior, que jamás ha renunciado a sus raíces. Otra cosa es su trabajo, soberbio me atrevería a decir. Porque escuchando L’Essència d’un camí descubrí una orquestación fascinante de la que emerge asimismo una narrativa exuberante, a veces con delicados pasajes sonoros, sugiriendo miradas puntuales que acompañan armoniosas la continuidad del relato. Se abren, por doquier, paréntesis de delicadeza; antes de esa explosión furtiva de unos tuttis, verdaderamente enérgicos. Todo ello, es lo que hace de este álbum un hecho insólito y difícil de superar a corto plazo.
No digamos ya la manera que tiene de manifestar espontáneamente cuáles son los sonidos de la tierra que le vio nacer, llevando el fabiol y el tamboril a los márgenes exactos antes de adivinar la xeremia, hermana mediterránea de la gaita celta, que es manera leal de reivindicar las tradiciones.
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