La positividad automática empieza a cansar (y no es culpa mía)
La positividad automática, repetida sin contexto, genera cansancio emocional en lugar de bienestar
Civilization llega a Apple Arcade: así es Sid Meier’s Civilization VII Edición Arcade y los nuevos juegos que se estrenan en febrero
Los navegadores más usados del móvil son también los que más datos personales recopilan

El mensaje llega con frecuencia de parte de la misma persona casi a diario. A veces es por la mañana, como un clásico “buenos días”, pero otras aparece a la hora de comer o en mitad de la jornada. El contenido es siempre el mismo, amable, optimista, con buenos deseos «putiwonderful» y una imagen agradable. No hay mala intención detrás, ni ironía, ni reproche. Y, aun así, con el tiempo empiezo a notar una sensación incómoda que me cuesta verbalizar, más que acompañarme, parece exigir un estado de ánimo concreto, de positividad automática.
Cuando el optimismo pierde su momento
Uno de los detalles que más descoloca de la positividad automática es precisamente ese, no siempre llega cuando tiene sentido. Un mensaje pensado para empezar bien el día pierde parte de su razón de ser cuando aparece horas después, cuando el día ya está en marcha o incluso cuando ya ha pasado su tramo más complicado. Ahí es cuando el gesto deja de sentirse oportuno. No porque sea incorrecto, sino porque demuestra que no responde a un momento concreto, sino a una costumbre. Y cuando el afecto se convierte en rutina, empieza a perder fuerza.

Cuando el optimismo se convierte en rutina
La positividad automática no surge de la nada. En mi caso, la percibo como el resultado de una forma de comunicarnos cada vez más rápida, más simple y más repetitiva. Mensajes reenviados, frases motivacionales sin destinatario concreto y gestos que se repiten por pura inercia acaban convirtiendo lo que nació como un detalle bonito en una acción sin matices.
No me molesta que alguien quiera desearme un buen día, lo que empieza a chirriar es que ese deseo llegue sin contexto, sin una mínima escucha previa y sin preguntarse si ese mensaje encaja con mi momento vital.
El desgaste de los gestos repetidos
Todo gesto tiene valor mientras conserva intención. Cuando recibo el mismo mensaje una y otra vez, con el mismo tono y la misma forma, deja de sentirse personal. Y es que no hay una puñetera pregunta, no hay una referencia concreta, no hay espacio real para responder algo que vaya más allá de un emoji o un “pulgar arriba” automático.
Con el tiempo, ese mensaje empieza a percibirse como ruido. No porque sea negativo, sino porque ya no me aporta nada nuevo. Lo que pretendía animar se vuelve previsible, y lo previsible rara vez emociona.

No todos mis días son maravillosos
Aquí es donde la positividad automática se vuelve más delicada. No todos mis días son buenos, ni productivos, ni inspiradores. Hay días normales, días cansados y días especialmente difíciles o, directamente de mierda. Y aun así, el mensaje sigue llegando, idéntico, como si nada cambiara alrededor.
Incluso en momentos personales muy duros, como el que vivo ahora, con mi madre expirando de cáncer en un hospital, ese mensaje se repite sin variaciones. No porque quien lo envía no sepa lo que ocurre, sino porque la dinámica ya está establecida. Y es ahí donde el optimismo automático deja de acompañar y empieza a descolocar.
WhatsApp y la emocionalidad exprés
Aplicaciones como WhatsApp han convertido el afecto en algo inmediato, pero también en algo fácil de automatizar. Emojis, frases hechas e imágenes compartidas permiten cumplir con el gesto sin necesidad de conversación real. Decir algo no siempre significa estar presente, y en situaciones delicadas esa diferencia se nota más. La positividad automática funciona como un trámite emocional. Llega, la leo o incluso la ignoro y sigo adelante. No genera un conflicto abierto, pero tampoco crea cercanía ni consuelo real.
Por qué me molesta y por qué me siento culpable
Durante mucho tiempo me he sentido mal por sentirme así. Me molesta el mensaje, pero también me incomoda reconocer que me molesta. La buena intención de quien lo envía actúa como un freno para poner límites, incluso cuando el efecto no es positivo para mí. Aceptar que algo bienintencionado no me hace bien no me convierte en desagradecido. Solo significa que mis necesidades emocionales cambian según el momento que estoy viviendo.
Cuidar mejor, no menos
No creo que la solución pase por dejar de cuidar, sino por hacerlo con más atención. A veces un “¿cómo estás hoy?” o el enlace a una canción agradable vale más que una imagen bonita. A veces el silencio es más respetuoso que un optimismo impuesto. Y a veces, simplemente, no necesito que me digan que todo va a ir bien.
La positividad automática no es el problema en sí, este aparece cuando sustituye a la escucha real. Cuidar, al menos para mí, no es repetir un mensaje bonito, sino saber cuándo, cómo y a quién enviarlo.
Temas: