La ex jefa jurídica de Podemos sobre Iglesias y su núcleo duro: «No van a romper con Dina porque le tienen miedo»
Elizo revela en el chat secreto que Iglesias mantenía a Dina cerca no por lealtad sino porque sabía demasiado
El mismo entorno que destruyó su tarjeta "porque no se fiaba de ella" se negó a romper con ella por temor a lo que pudiera contar
La ex diputada de Podemos Gloria Elizo reveló en el chat secreto de La Compañía que Pablo Iglesias, Irene Montero, Rafa Mayoral y Juan Manuel del Olmo mantenían a Dina Bousselham cerca no por lealtad, sino por temor a lo que la ex asesora sabía y podía revelar en cualquier momento.
En el chat de La Compañía, el grupo secreto en el que la cúpula jurídica de Podemos coordinaba su estrategia con el fiscal anticorrupción José Grinda, la entonces jefa jurídica del partido, Gloria Elizo, escribió algo que desmontaba de un plumazo la imagen de cohesión y lealtad que el entorno del secretario general proyectaba hacia el exterior: «No van a romper con Dina porque le tienen miedo». Tras el comentario de Elizo, otro miembro del chat conocido como Charlie 4 respondió: «En el pecado llevan la penitencia».
La frase de Elizo hay que leerla en su contexto. Dina Bousselham no era simplemente una ex asesora traicionada a la que Iglesias había ocultado su propia tarjeta durante meses y se la había devuelto destruida. Era, sobre todo, una testigo incómoda. Alguien que conocía desde dentro el funcionamiento real del núcleo duro de Podemos, que había compartido con Iglesias años de trabajo estrecho en el Parlamento Europeo y que guardaba en su memoria —y quizás en otros soportes— información que el secretario general no podía permitirse que saliera a la luz de forma incontrolada.
Según el análisis de Elizo, esa amenaza latente era precisamente lo que mantenía a Bousselham dentro del perímetro de protección del partido. Pablo Iglesias, Irene Montero, Rafa Mayoral y Juan Manuel del Olmo no se habían quedado a su lado por afecto ni por responsabilidad política. Se habían quedado por miedo. El mismo miedo que, según la confesión de la propia Elizo en ese mismo chat, les había llevado a destruir la tarjeta del móvil de su ex asesora antes de devolvérsela: «la destruyen porque no se fían de ella».
El miedo del núcleo duro
Lo que describe Elizo es una relación envenenada en la que ninguna de las partes confiaba plenamente en la otra pero ninguna podía permitirse romper. Iglesias y su entorno no confiaban en Dina —de ahí la destrucción de la tarjeta— pero tampoco podían distanciarse de ella sin asumir el riesgo de convertirla en una fuente abierta para sus adversarios. Bousselham, por su parte, se encontraba en una posición igualmente delicada: sabía demasiado para ser ignorada y demasiado poco para ser completamente neutralizada.
Esa dinámica de miedo mutuo es la que mejor explica los movimientos del entorno de Iglesias durante los años en que el caso Dina estuvo en el centro de la actualidad judicial y política. La estrategia no era de lealtad sino de contención: mantener a Bousselham lo suficientemente cerca como para controlar lo que pudiera decir, y lo suficientemente alejada de los centros de decisión reales como para que no supusiera una amenaza directa.
La ruptura que Elizo no vio venir
La ironía es que, pese al miedo que, según Elizo, atenazaba al núcleo duro de Podemos, Bousselham acabó declarando ante el juez Manuel García-Castellón en mayo de 2020 y contradijo casi por completo la versión de Iglesias. Admitió haber sido la autora de las capturas de pantalla comprometedoras, reconoció haberlas enviado a terceros y confirmó que la tarjeta que le devolvió el entonces secretario general llegó a sus manos destruida. Cada una de esas revelaciones dinamitó un fragmento del relato que Iglesias había construido durante años.
El miedo que Elizo describía en el chat de La Compañía no fue suficiente para evitar el derrumbe. Y la frase que la entonces número dos del partido escribió en ese foro secreto adquiere ahora, a la luz de lo que vino después, un significado que va más allá de la anécdota: era el diagnóstico lúcido de una relación construida sobre la desconfianza, que solo era cuestión de tiempo que se rompiera por sus costuras más débiles.