Manuel Viso, médico, sobre beber cerveza y su impacto en el cuerpo: «No es solo mareo, tu cerebro se desconecta»
Un médico explica en redes qué es lo que le ocurre realmente a tus neuronas al beber cerveza
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Beberse una cerveza puede parecer algo cotidiano, incluso inofensivo. De hecho es algo que parte de comidas, celebraciones o encuentros informales. Sin embargo, lo que ocurre en el cerebro tras varias cañas no es tan simple como un ligero mareo. El médico divulgador Manuel Viso, conocido en redes como @manuelvisothedoc, ha explicado con claridad qué sucede a nivel neurológico cuando la cerveza, o de hecho el alcohol en general entra en juego.
Viso, jefe de Servicio de Urgencias y especialista en Hematología, ha subido a su cuenta de Instagram, un vídeo en el que hace alusión a un estudio reciente de la Universidad de Minnesota que le permite describir cómo el alcohol altera la organización interna del cerebro. Y lo hace comparando el cerebro con una ciudad y como si esta, de repente, pierde sus grandes avenidas de comunicación. Según detalla, no hace falta una cantidad extrema. Tres o cuatro cervezas pueden ser suficientes para que esa desestructuración empiece a notarse.
Manuel Viso, médico, sobre beber cerveza y su impacto en el cuerpo
Como explica Viso en su vídeo, el cerebro funciona como una red compleja. Diferentes áreas especializadas trabajan de forma coordinada gracias a conexiones que permiten que la información viaje con rapidez entre regiones alejadas. Pero cuando se consume alcohol, esa conectividad global se reduce. Las neuronas siguen comunicándose, pero de forma más local. Es decir, interactúan sobre todo con las regiones vecinas, mientras que las conexiones a larga distancia se debilitan. Esto provoca que el cerebro deje de funcionar como un sistema integrado y pase a operar como pequeños núcleos menos coordinados. No es que las neuronas «se apaguen», sino que dejan de sincronizarse con la misma eficacia. La consecuencia es una menor coherencia en la actividad cerebral.
Por qué cuesta caminar recto
El médico explica que uno de los efectos más evidentes tras beber es la torpeza motora, de modo que caminar en línea recta o mantener el equilibrio puede convertirse en un desafío.
Esto ocurre porque las áreas encargadas de planificar el movimiento y las que ejecutan la coordinación muscular ya no trabajan con la misma sincronía. El cerebelo, clave en el control del equilibrio, necesita recibir información precisa de otras regiones. Cuando esa comunicación se fragmenta, aparecen los desajustes. La persona siente que controla sus movimientos, pero el cerebro está enviando señales menos coordinadas.
La visión también se ve afectada
El aislamiento relativo de ciertas áreas explica también la visión borrosa. La corteza visual requiere integración con otras regiones para procesar correctamente lo que percibimos. Si esas conexiones pierden fluidez, la interpretación de la imagen se vuelve menos precisa. Viso aclara que no es sólo una cuestión de «ver peor», sino de procesar peor la información visual. Por eso algunas personas notan dificultad para enfocar o perciben cierta inestabilidad en lo que observan.
Emociones desbordadas y menor autocontrol
En el vídeo se explica que el alcohol también influye en los circuitos responsables del control inhibitorio. Estas redes permiten filtrar impulsos y regular emociones. Cuando la conectividad se reduce, el freno emocional se debilita. De ahí que la risa aparezca con mayor facilidad, que las conversaciones se vuelvan más intensas o que algunas personas reaccionen de forma más impulsiva. No se trata sólo de desinhibición social. Hay una base neurológica detrás. Las áreas que moderan el comportamiento ya no están coordinadas de la misma manera con el resto del sistema.
Por qué cada persona vive la borrachera de forma distinta
Uno de los puntos más interesantes que plantea Viso es que no todos experimentan el alcohol igual, incluso con cantidades similares. Dos personas pueden tener niveles parecidos de alcohol en sangre y, sin embargo, una sentirse mucho más afectada que la otra.
La diferencia podría estar en cómo se fragmenta su red cerebral. Si la desconexión entre áreas es más intensa, la sensación subjetiva de embriaguez será mayor. Factores genéticos, tolerancia previa, descanso o alimentación pueden influir en esa respuesta. No es únicamente la cantidad ingerida, sino cómo responde cada cerebro.
No es sólo mareo
Reducir la borrachera a un simple mareo es quedarse corto. Desde el punto de vista científico, lo que ocurre es una alteración temporal en la arquitectura funcional del cerebro. Las áreas siguen activas, pero menos coordinadas. La información fluye de forma más caótica y menos integrada. Esa desorganización explica la suma de síntomas: torpeza, visión alterada, cambios emocionales y menor capacidad de juicio. El cerebro no deja de funcionar, pero funciona peor como conjunto.
En definitiva, y en un entorno donde la cerveza forma parte de la cultura social, entender lo que sucede internamente aporta perspectiva. No se trata de alarmar, sino de comprender que los efectos no son superficiales. Cada vez que se supera cierto umbral de consumo, la conectividad cerebral cambia. Esa modificación es reversible en episodios puntuales, pero repetida en el tiempo puede tener implicaciones más profundas.
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